La escritora, en Madrid para presentar su libro.

La escritora, en Madrid para presentar su libro. Nieves Díaz

Protagonistas

Mirta Ojito escribe sobre el 'Titanic de los pobres': "Yo también salí de Cuba en barco y lo pasamos muy mal"

La periodista cubana afincada en EEUU publica La memoria de las olas, inspirada en el naufragio del Valbanera,

Más información: María Oruña explora el mundo del arte en su nuevo libro: "Si tienes un Matisse en el baño, parece que has triunfado"

Publicada

Mirta Ojito lleva décadas dedicada al periodismo.

A lo largo de su trayectoria ha trabajado en algunos de los principales medios de Estados Unidos y formó parte del equipo de The New York Times galardonado con el Premio Pulitzer por una serie de reportajes sobre las relaciones raciales en el país.

Ahora debuta en la ficción con La memoria de las olas, una novela inspirada en el naufragio del Valbanera que entrelaza emigración, memoria y secretos familiares a través de dos mujeres separadas por un siglo.

Si tuvieras que definir este libro, ¿cómo sería?

Es una historia de amor, pero de muchos amores. Hay romance, pero también amor a los hijos, a los padres y a la familia en general. Creo que ese es el tema principal.

Todo ello con el eje del terrible naufragio del Valbanera en 1919, donde 488 personas perdieron la vida. Eran inmigrantes que buscaban una vida mejor en las Américas.

También hay traumas familiares que, a veces sin saberlo, llevamos en el cuerpo y en la memoria.

La escritora, con 'La memoria de las olas'.

La escritora, con 'La memoria de las olas'. Nieves Díaz

Más de 400 personas desaparecen en el mar y, sin embargo, el suceso apenas ocupa un lugar en la memoria colectiva. ¿Qué te impresiona más: el naufragio o el olvido?

Ambos. El naufragio, porque yo también salí de mi país en barco y, aunque llegamos con vida, lo pasamos muy mal. Sé lo que es estar en el mar con mal tiempo y olas muchísimo más altas que nosotros y que la propia embarcación.

Sé lo que es sentir ese miedo cuando sólo te iluminan las estrellas, en un océano que no parece tener fin. Así que puedo imaginar lo que debieron de pasar ellos.

Pero también me sorprendió muchísimo el olvido. Sabemos mucho del Titanic, pero casi nada del Valbanera, al que se conoce como el Titanic de los pobres. Pienso que, en parte, es porque la mayoría de quienes viajaban en ese barco eran inmigrantes sin recursos.

La historia siempre es de quienes la cuentan y, como allí no sobrevivió nadie, aunque al principio el suceso tuvo mucha relevancia y apareció en todos los medios de la época, en Cuba y en Estados Unidos, después sencillamente pasó al olvido.

¿Ese olvido termina siendo una segunda tragedia?

Sin duda. Lo más importante es recordar lo que sucedió. A mí me sorprende —a lo mejor existe— que no haya un monumento, en algún lugar de Canarias o en Barcelona, de donde salió el barco, que recuerde a las víctimas del Valbanera.

Debiera haberlo, la verdad. Y considero un privilegio y un honor haber puesto mi granito de arena para que se siga recordando la historia.

Has mencionado aquel viaje en barco que viviste y de lo mal que lo pasaste. ¿Cuál fue el trayecto?

Del puerto del Mariel, al norte de La Habana, a Cayo Hueso, en Estados Unidos, en la conocida como flotilla del Mariel. En 1980 salimos más de 125.000 cubanos durante, más o menos, cinco meses. Yo llegué a Estados Unidos un Día de la Madre. Tenía 16 años.

Tu madre también está muy presente en la novela. ¿Escribirla te ha permitido conocerla mejor?

Sí, tremendamente. Para mí, el libro ha tenido dos beneficios muy importantes. Uno fue que, al terminarlo, sentí que la conocía y comprendía mucho mejor: sus traumas, sus supersticiones, sus miedos...

Siempre me dijo que estaba viva de milagro porque había vivido una vida en circunstancias muy difíciles, las cuales describo en la novela.

El otro es que ahora estoy haciendo lo que mi protagonista, Mara: tratar de encontrar, de cierta manera, mi familia canaria, mis antepasados.

He descubierto que tenía por lo menos un bisabuelo allí.

La autora, en un momento de la entrevista.

La autora, en un momento de la entrevista. Nieves Díaz

Digamos que, a través de esta novela, has dejado de tener una conversación pendiente con tu madre. ¿O sigues teniéndola?

Sigo teniéndola: decirle que la entendí. Pero el libro refleja todas las que mantuve con ella. Durante toda mi vida me contó cuentos de su niñez y de su vida en Cuba. Yo, de alguna manera, los llevaba dentro de mí mucho más de lo que creía.

En el último año de su vida me repitió esas historias y me contó otras nuevas, hasta el mismo día que murió.

Pienso que, consciente de que yo estaba escribiendo el libro y sabiendo cuál era el tema, de alguna manera quiso hacerme un último regalo.

Catalina, otra de las protagonistas, no es una heroína en el sentido clásico. Lo que haces es reivindicar esa forma silenciosa de valentía.

Sí, y también la vida tan difícil que llevaban las mujeres, sobre todo en las zonas rurales, a principios del siglo XX, en Cuba, pero también en Canarias. Y, de cierta manera, la que siguen viviendo en muchos lugares del mundo, Estados Unidos incluido. El peso del hogar sigue cayendo, por lo general, en ellas.

Mi país, Cuba, en este momento tiene personas que pasan 48 horas sin electricidad. ¿Cómo se vive, en pleno siglo XXI, así? No lo sé, no me lo quiero imaginar. Es muy difícil.

Yo trato de contar esas historias un poco olvidadas de esas mujeres en el campo, que tenían que ocuparse de sus maridos, de sus hijos, del ganado, de la huerta, de la comida, de lavar la ropa a mano... Son vidas complicadas.

Mi abuela no duró mucho. Murió a los 40 años. Se llamaba Catalina Quintana. Pienso que todas esas heridas se somatizan en el cuerpo y, de alguna forma, los que somos conscientes de esas huellas todavía las llevamos en nosotros.

Catalina y Mara viven experiencias muy distintas y pertenecen a épocas diferentes. Pero, al final, tienen un mismo hilo conductor.

Ambas comparten la emigración. Catalina va de Canarias a Cuba y Mara de Cuba a Estados Unidos, un recorrido que refleja la historia de mi propia familia y la de tantas otras que partieron también hacia Venezuela, Argentina o México.

Y ahora asistimos al fenómeno inverso: el regreso a España de hijos, nietos y bisnietos de aquellas personas. Ese es el primer gran vínculo entre ambas historias.

El segundo eje, igualmente importante, es la maternidad. Cada una de las protagonistas la vive de una manera distinta y debe enfrentarse a las circunstancias que le han tocado, tomando decisiones que ponen a prueba su fortaleza y su capacidad para salir adelante.

¿Hasta qué punto construimos nuestra identidad sobre relatos familiares que nunca nos atrevimos a cuestionar?

Sobre todo porque, además, muchas veces ni siquiera nos enteramos. Desde que salió la novela, primero en Estados Unidos y ahora aquí, he hablado con varias personas que me han dicho: "En mi familia hay una historia similar y tampoco se habla de esto. No se cuenta si alguien tuvo un bebé antes de estar casada, de si lo adoptaron o de si se lo dieron a no sé quién".

Y otra cosa que me ha sorprendido muchísimo son los embarazos malogrados que aparecen en el libro. Llegué a pensar que exageraba, pero no.

Esas mujeres tenían una fuerza increíble. Perdían hijos antes de que nacieran y después de nacer, y seguían adelante por el bien de la familia y de los que sí lograban sacar adelante. Es un sufrimiento de un dolor muy profundo. Y me he dado cuenta, después de escribir el libro, de que la realidad supera a la ficción.

Mira Ojito lleva décadas en el periodismo.

Mira Ojito lleva décadas en el periodismo. Nieves Díaz

Hoy seguimos viendo embarcaciones que llegan a Canarias, a la península o a Estados Unidos. ¿Crees que todavía nos cuesta ponernos en la piel de quienes emprenden ese viaje y entender por qué arriesgan la vida para emigrar?

Depende mucho de la situación económica y política que un país esté atravesando. Cuando es solvente, la emigración siempre se acepta más. En caso contrario tendemos a aceptarla menos y a culpar al que llega de quitarnos los trabajos o, sencillamente, de ser diferente.

Yo lo viví en carne propia, en mi propio éxodo cuando vine de Cuba, y lo he reportado muchas veces de manera cíclica. Llevo muchos años en el periodismo, desde 1987, y lo he visto casi todo: aceptación y rechazo.

No es un fenómeno único de Estados Unidos ni de España; es global y, además, con historia. Ha pasado antes y va a volver a ocurrir.

Naciste en Cuba, vives en Estados Unidos y ahora publicas una novela vinculada a España. ¿Qué significa para ti el sentido de la pertenencia?

Esa fue, durante muchos años, una de las cosas que más me costó. Yo me seguía sintiendo, y todavía me siento, cubana. Cuando pensaba en mi casa, pensaba en la que había dejado atrás.

Eso cambió cuando tuve hijos. Entonces entendí que mi hogar era el lugar donde estuviera mi familia. La vida que he construido en Estados Unidos me ha ayudado a reconciliarme con esa idea y a sentir que pertenezco allí donde están ellos.

Aun así, emigrar deja una herida que nunca termina de cerrarse. Aprendes a adaptarte, pero es difícil volver a sentirte completamente de un lugar. Y cuando regresas al país que dejaste, descubres que también has cambiado.

A mí me ocurrió cuando volví a Cuba en 1998. Me sentía en casa, pero muchas personas me miraban como si fuera extranjera. En ese momento te preguntas: "Si ya no soy del todo de aquí, pero tampoco de allá, ¿de dónde soy?".

Es una experiencia que comparten muchos emigrantes y que forma parte del precio que pagamos por haber dejado nuestro país.

¿Cómo ves la situación de Cuba y de EEUU ahora mismo?

Desde el punto de vista de las noticias, que es lo que yo manejo, la isla está viviendo un momento muy bueno, puesto que otra vez se le está prestando atención. Todo es cíclico. Llega un momento en que pasa algo y se le pone un foco encima. Después deja de pasar y el foco se va.

He pasado muchos años en Estados Unidos en los que no salía ni una historia de Cuba en casi ningún lugar. Miami es diferente, porque cubrir lo que pasa allí, de cierta manera, es hablar de Cuba; tienes que tenerlo muy presente.

Pero, a nivel nacional, han pasado años sin que apenas saliera un artículo o nada sobre el tema. Ahora, sin embargo, están publicando muchas cosas.

Cuando se habla del naufragio del Valbanera, casi siempre se pone el foco en quienes murieron. Sin embargo, vosotros también recuperáis la historia de quienes decidieron subir a ese barco. ¿Era importante rescatar también esa parte?

Sí. De hecho, eso que dices es muy interesante, porque yo misma siempre me he enfocado en los muertos. Pero hay que pensar que en el barco iban unas 1.200 personas, incluidos los tripulantes. Hubo quienes tuvieron una enorme suerte, ya fuera porque tenían pasaje sólo hasta San Juan de Puerto Rico o Santiago de Cuba, o porque, aún llevando billete para La Habana, Nueva Orleans o Texas, decidieron quedarse antes por distintas razones, incluso por superstición. Dijeron: "No puedo más", y se quedaron. Así salvaron sus vidas.

Creo que también hay que poner el énfasis en ellos, porque seguramente tuvieron vidas calladas, de trabajo y sacrificio. Pero siempre debieron de llevar dentro aquello de "yo iba en el último viaje del Valbanera", y eso tuvo que pesarles.

Es como quienes sobreviven a un accidente de avión: muchas veces viven con culpa. No sé si ellos la sintieron, pero debió de ser muy extraño haber sobrevivido, casi milagrosamente, a ese último viaje.

A mí me sigue pareciendo muy curioso que no haya un monumento que recuerde todo aquello. Al final, salir de tu país para empezar de nuevo en otro requiere un valor incalculable. Y quienes subieron a ese barco, tanto los que murieron como los que sobrevivieron, sin duda lo tenían.

Como periodista has recibido numerosos premios contando historias reales. ¿Qué te permitió la novela que no te permitía el periodismo?

Licencia mental. Originalmente, pensé que iba a escribir un libro de no ficción, no una novela. Pero descubrí que la investigación histórica ya estaba hecha, así que entendí que tenía que serlo.

La inspiración llegó cuando tuve una visión. Vi a una mujer corriendo descalza por el barco, buscando a su hija. La vi con una melena pelirroja y un vestido malva. Fue muy real, como un sueño, y supe que tenía que contar su historia.

Enseguida supe que se llamaría Catalina Quintana, que era también el nombre de mi abuela materna. Y tenía que ser Canarias. No sé por qué, porque el barco salió de Barcelona y podría haber situado allí la historia. Pero una amiga dice que ese es el susurro de los antepasados: cuando quieren que los encuentres, te mandan señales. Si fue así, la señal fue muy fuerte.

El libro se me dio completo. Cuando me senté a escribir, vino todo: principio, medio y fin. Fue, en esencia, como me lo imaginé.

Escucha Autoras de palabra con Rosa en tu plataforma favorita:

Spotify | Ivoox | Apple | Google | Spreaker |