Francesca Clapcich.

Francesca Clapcich. Cedida

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La regatista Francesca Clapcich prepara la vuelta al mundo más dura del planeta: "Siempre sueño a lo grande"

Aunque la Vendée Globe empieza en 2028, la italiana comienza a prepararse el 3 de mayo con una regata más corta (1000 Race).

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La vida de Francesca Clapcich (Trieste, Italia, 1988) siempre ha estado marcada por el agua. Primero fue la vela olímpica, con la que representó a Italia en dos Juegos Olímpicos. Después, llegó la vela oceánica, un territorio mucho más impredecible y exigente, donde se enfrenta no sólo al mar, sino también a la soledad, al cansancio extremo y a decisiones que no admiten error.

Hoy, la atleta se alista para uno de los proyectos más ambiciosos de su trayectoria: la Vendée Globe 2028. Se trata de la legendaria vuelta al mundo en solitario y sin escalas. Si lo logra, podría convertirse en la primera persona en completar los llamados “cuatro grandes” de la vela profesional.

En conversación con Magas, la italiana insiste en que las lecciones más importantes van mucho más allá de ganar.

“La vela olímpica me enseñó, sobre todo, el trabajo. Ese despertarte cada día, ir al gimnasio, salir a navegar, aprender constantemente”, explica. Aquellos años, fueron el lugar donde se formó la ética que todavía hoy guía su carrera.

La italiana durante una regata.

La italiana durante una regata. Cedida

El salto a la vela oceánica supuso un cambio radical. Donde antes había rutinas estructuradas, ahora hay días —o semanas— enteras en el mar, lejos de tierra firme. “Es totalmente diferente. No vuelves al hotel cada noche, no tienes buena comida todos los días. Es mucho más aventura”, dice.

Sin embargo, ese carácter extremo es precisamente lo que más le ha enseñado sobre sí misma. “Pasas mucho tiempo en el barco y aprendes a conocerte mejor. Descubres cómo reaccionas cuando no duermes mucho, no comes demasiado y las cosas se ponen duras”, apunta.

En ese sentido, la vela oceánica le ha dado un tipo de aprendizaje muy distinto al del deporte olímpico: uno más íntimo y, a veces, más incómodo. “Al final estás ahí, contigo misma”, asegura.

Demasiada comunicación

La soledad, sin embargo, ya no es exactamente la misma que experimentaban los navegantes de hace unas décadas. La tecnología ha transformado profundamente la vida en el mar. “Hace muchos años casi no tenías comunicación con el exterior”, recuerda.

“Ahora, a veces es lo contrario: hay demasiada”, reconoce. Los sistemas de conexión satelital han convertido los barcos en espacios permanentemente conectados. “Tenemos Starlink y a veces el internet del barco funciona mejor que el de mi casa. Es un poco una locura”, comenta entre risas.

Pero esa hiperconectividad no elimina la esencia del desafío. Cuando llega el momento de actuar, sigue estando sola. “Las maniobras, las decisiones difíciles, los momentos complicados… todo eso lo haces tú. Eso no te lo va a quitar nadie”, afirma Francesca.

Es precisamente ahí donde está uno de los retos que tiene por delante: ganar más experiencia en navegación completamente en solitario. “Tengo experiencia en vela oceánica, pero no tanta en solitario. Eso es algo que debo aprender en los próximos años”, apunta.

El camino hacia la Vendée Globe ya está en marcha. Su equipo trabaja en un calendario intenso de regatas que servirán tanto de entrenamiento como de clasificación: “Ya empezamos con navegaciones técnicas para comprobar que todo esté bien”, indica.

El barco de 11th Hour Racing.

El barco de 11th Hour Racing. Cedida

A partir de ese punto, el ritmo se acelera. La primera regata (1000 Race) llegará el 3 de mayo, seguida por la Vendée Arctique-Les Sables d'Olonne el 7 de junio, una competición en solitario que forma parte del circuito de preparación para la gran vuelta al mundo.

También participará en TheOcean Race Atlantic el 2 de septiembre, una travesía que unirá Nueva York y Barcelona con tripulación a bordo. “Es un formato diferente, pero también viene bien cambiar un poco el ritmo y tener más gente en el barco, porque te da energía”, dice.

Aun así, el gran objetivo del año está claro: la Route du Rhum (1ero de noviembre), una transatlántica en solitario que se disputa a finales de temporada. “Esa es una regata muy importante. Da muchos puntos para la clasificación del Vendée Globe”, explica.

En la naturaleza

Pasar tantos días en el océano también ha cambiado su manera de mirar el planeta. Clapcich siempre ha sentido una conexión profunda con la naturaleza. “Vivo en las montañas y trabajo en el mar. Para mí estar en la naturaleza es mi vida”, cuenta. Pero en los últimos años esa relación también ha traído momentos de preocupación.

“Ves cosas que no son bonitas —dice con franqueza—. Hay mucha basura en lugares donde no debería haberla, el agua está más sucia, ves cómo los animales sufren. Sabemos que muchas de estas cosas vienen de nosotros, de los humanos, que no hemos cuidado el planeta como deberíamos”.

Es una experiencia que le afecta profundamente y hace que se implique cada vez más en cuestiones ambientales. Su patrocinador principal, 11th Hour Racing, trabaja precisamente en proyectos de sostenibilidad ambiental y social.

La regatista dentro de la embarcación.

La regatista dentro de la embarcación. Cedida

“Para mí es un gran honor representar a un patrocinador que cree en las cosas que creo yo”, afirma. En su opinión, el deporte puede ser también una plataforma para generar conciencia: “Competir y ganar regatas es importante, pero tener la oportunidad de hablar de otras cosas, de lo que está pasando en el océano, también lo es”.

La regatista vive actualmente en Estados Unidos, con su hija y su esposa, aunque mantiene un vínculo constante con Europa. Esa vida entre dos continentes le ha permitido observar de cerca diferentes formas de afrontar los desafíos climáticos.

“En EEUU, hay momentos en los que sorprende ver que algunas personas todavía dudan de lo que está pasando. Cuando pasas tanto tiempo en el océano, es difícil no darse cuenta”, continúa.

La maternidad

En medio de los entrenamientos y las regatas, hay otra dimensión que define su vida: ser madre. Su pequeña, Harriet, tiene tres años y la logística de una carrera oceánica no siempre es sencilla. “Paso mucho tiempo fuera de casa y es complicado estar lejos de mi hija. Para mí y para ella”, asegura.

Siempre que puede, intenta integrarla en su mundo. Durante su preparación en Francia, por ejemplo, la pequeña ha estado a su lado: “La llevo al barco y al trabajo. Quiero que vea por qué mamá pasa tanto tiempo fuera”.

La idea no es sólo explicarlo, sino también ofrecerle un ejemplo. “Espero que algún día entienda que lo hago porque es un proyecto muy importante para mí”, sigue.

Francesca esquiando con su hija, Harriet.

Francesca esquiando con su hija, Harriet. Cedida

En un deporte históricamente dominado por hombres, Clapcich —llamada cariñosamente Frankie por su círculo cercano— también ha sido testigo de cambios importantes en los últimos años.

En su propio equipo, explica, hay una presencia femenina notable: “Lo curioso es que no fue algo planeado. Simplemente abrimos procesos de selección y muchos de los mejores currículos eran de mujeres”.

Para ella, esa evolución es una señal positiva de hacia dónde puede avanzar el deporte. Cuando piensa en las nuevas generaciones, su mensaje es sencillo: “No hay límites”.

Es una idea que arrastra desde la infancia. “Mi padre siempre me decía que daba igual si eras niña o niño. Si tienes un sueño y trabajas duro, puedes conseguirlo”, recuerda con una mezcla de nostalgia y emoción.

Antes de zarpar, no tiene rituales especiales ni supersticiones. “Soy italiana, pero no muy supersticiosa”, bromea. Lo único que realmente le importa es la preparación: “Quiero saber que el barco está listo y que todo está en su sitio”.

Si tuviera que elegir un puerto al que volvería una y otra vez, menciona Ciudad del Cabo en Sudáfrica, sin dudarlo: “La primera vez que llegué fue una sensación increíble. Tengo recuerdos muy especiales de ese lugar”.

Y si algún día escribe sus memorias, cree que la frase inicial sería simple: “Siempre he tenido sueños bastante grandes. Y he intentado empujar un poco más para conseguirlos”, dice. Porque, en el fondo, navegar —como vivir— consiste exactamente en eso.