Elma Correa, en un posado para Magas.
Elma Correa, la escritora mexicana que derriba fronteras: "La meritocracia son los papás de un privilegiado"
Correa ha ganado un importante galardón por su nuevo libro, Donde termina el verano, en el que analiza las desigualdades estructurales.
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Elma Correa es la escritora mexicana que ha sido reconocida con el Premio Biblioteca Breve 2026, con Donde termina el verano, una novela que sigue a dos amigas desde su infancia en la ciudad de Mexicali hasta la adultez, atravesando secretos, culpas y la violencia que marca la frontera.
La obra explora cómo los silencios, las decisiones impuestas y las desigualdades estructurales moldean la vida de quienes crecen en contextos hostiles, y cómo los vínculos de amistad y solidaridad se convierten en herramientas para sobrevivir y resistir.
Enhorabuena por el premio. ¿Cómo estás viviendo estos primeros días tras recibirlo?
Estoy muy contenta y emocionada.
En la novela, la violencia es algo cotidiano, casi parte del paisaje. ¿De qué manera se le explica a una niña o a un niño que el peligro es lo normal sin romperle la mirada para siempre?
No puedes... Es algo que ocurre, que te pasa por encima, que te desgarra. Es como una ola, como un maremoto. No hay modo de hacerle entender a un niño qué es eso, por qué nos pasa, por qué lo tenemos que soportar. Sólo se sobrevive, si se puede.
La frontera en Mexicali no es solo una valla, es un territorio. ¿De qué manera nacer en ese borde te fragmenta la identidad antes siquiera de saber quién eres?
Yo creo que las geografías nos determinan, que los territorios y los espacios tienen todo que ver con nuestra identidad: el lugar del que somos, el lugar que nos forma. Yo soy del desierto, de la frontera. He tenido la posibilidad de conocer otros lugares, pero hay algo, un arraigo extraño que nadie me inculcó, algo que me llama hacia ahí. Es algo inasible. Y sí, la frontera física como paisaje es muy potente. La naturalización de eso es tremenda: que sea normal que los países estén separados y que existan personas ilegales. Es espantoso y no debería normalizarse, pero lo es. Y me interesan también las fronteras simbólicas, las emocionales.
La escritora reflexiona sobre las fronteras y asegura que ningún ser humano debería ser ilegal.
¿Dónde está ese hilo en el que se es ilegal o se deja de serlo?
Es una invención que tiene que ver con los Estados-nación, algo que va más allá de nosotros como personas. Pero ningún ser humano debería ser ilegal en ninguna parte. El mundo ha de ser de todos. Puede sonar romántico, pero no tendría por qué ser de otra manera. Si una persona tiene una necesidad elemental, si ha sido obligada a salir de su lugar de origen por causas que no son culpa suya, no deberían impedirle la entrada a un lugar de refugio. Jamás.
Cuando el silencio se comparte, puede funcionar como un escudo, pero también como una losa. ¿Qué consecuencias tiene, a nivel colectivo, sostener aquello que no se dice?
Son tremendas. El silencio siempre hace daño, en cualquier contexto y lugar. Cuando como sociedad nos callamos y nos organizamos para ocultar o ignorar cosas, estamos siendo cómplices del horror, siempre.
¿En qué momento el sentimiento de pertenencia a un barrio o a una familia deja de ser refugio y se convierte en otra cosa cuando el entorno es dañino, violento, hostil?
Cuando lo comprendes, cuando entiendes que no está bien y que no es normal. Entonces deberías intentar, por lo menos, salir de ahí. Ahí es donde me interesa explorar las relaciones que no son familiares, como la amistad, los vínculos que están fuera de esos espacios donde nos han dicho que tenemos que estar siempre. Pero me interesa cómo se hace comunidad fuera de esos lugares para sobrevivir.
La amistad está en el origen del libro. Dos amigas que toman destinos diferentes. ¿Qué pasa diez años después? ¿Cuáles son las consecuencias?
Estas niñas son las mejores amigas, perfilan cierto futuro juntas, se enfrentan a un hecho trágico, son partícipes de él, se separan y las vemos veinte años después. Nos damos cuenta de cómo la culpa por lo sucedido, el secreto guardado y las historias que se contaron a sí mismas alrededor de aquello moldeó sus vidas y las convirtió en las personas que son en ese presente de la novela.
Una de ellas consiguió una beca de atletismo para estudiar fuera. ¿Se podría decir que la meritocracia es un mito cruel cuando naces en un lugar donde todo parece estar en tu contra?
Sí, por supuesto, la meritocracia no existe. Como los Reyes Magos: son los papás de alguien privilegiado.
Si cada personaje recuerda un verano distinto, ¿ese pasado construye una verdad común o estamos condenados a versiones parciales?
Yo creo que estamos abocados a lo segundo, porque es imposible encontrar una sola versión real y honesta de lo que haya ocurrido. Muchas veces nos conformamos con versiones colectivas que se terminan institucionalizando y oficializando.
La culpa individual a veces se convierte en un peso colectivo. ¿Cómo responde la sociedad ante esa carga?
Debería reaccionar de muchos modos. En la novela, lo que ocurre tiene que ver con lo que les alcanza a los personajes, con sus recursos y con las herramientas emocionales que tienen para gestionar lo que pasa.
Estamos ante familias atravesadas por el prejuicio, la pobreza, la falta de oportunidades y el deseo de una vida mejor que no saben cómo conseguir o que, en el fondo, saben que no van a lograr.
Y esa es una frustración muy grande. En ese escenario, la manera de gestionar las situaciones es compleja.
¿Qué tipo de fuerza colectiva emerge cuando las mujeres generan sus propias reglas al margen de los hombres?
Creo que la solidaridad, la sororidad, como un frente común ante las adversidades de un mundo tan misógino y tan tremendamente machista.
Pero también va más allá de las mujeres. No sólo son ellas quienes hacen comunidad en la novela, sino todos aquellos que son vulnerados y tratados como ciudadanos de segunda clase: las disidencias, las infancias, todo aquel que no es un hombre blanco heterosexual.
Es una apuesta por ver cómo esas redes que tejemos pueden sostenernos de verdad.
Proteger significa exponerse en ciertos lugares. ¿Cómo se redefine la idea de cuidado cuando deja de ser un gesto tierno y pasa a ser algo de alto riesgo?
No lo sé. La idea de los cuidados históricamente ha estado asociada a lo femenino. Somos quienes nos hacemos cargo de los hijos, de la casa, del marido; en la sociedad occidental ha funcionado así.
A veces se nos va de las manos. No podemos abarcarlo todo, no podemos controlarlo ni protegerlo. Es muy difícil, se nos exige demasiado.
Tu novela habla de las madres que callan. ¿Ese silencio es una forma de protección o es casi una última violencia que se hereda?
Ambas. Creo que muchas mujeres de ciertas generaciones, como las que están representadas en el libro, luchan contra una carga histórica y familiar que quizá ni siquiera reflexionan, pero que viven continuamente. Hacen lo que pueden con lo que tienen.
Es lo que hay y tienen que sobrevivir al día a día. Si eso implica callar, hay que callar. Y cuando hay que hablar, hay que hablar, pero muchas veces es una inercia.
Cuando la violencia está en el polvo y en el calor, ¿cómo se vive en el día a día sin que se anestesie el corazón?
Yo no soy psicóloga, soy narradora, cuento historias. Habría que preguntarle a especialistas. Pero sí creo que cuando estás en una situación muy difícil o abusiva, el adormecimiento puede ser una respuesta, una estrategia de supervivencia.
Creemos que nuestras decisiones son libres, pero en Donde termina el verano parece que no lo son. ¿Hasta qué punto los personajes pueden elegir?
Es difícil en ciertos contextos. Hay una situación estructural en la historia que, como en la vida, nos ahoga. Todos ocupamos un lugar en la cadena alimenticia. Es muy difícil salir de ahí.
Puedes tener deseos y trabajar muchísimo, y no significa que lo vayas a conseguir. Volvemos a la idea de la meritocracia: que el esfuerzo individual te llevará a lograr algo es una mentira, porque no depende solo de ti. Hay muchas cosas alrededor que pueden impedirte avanzar.
Las emociones como la vergüenza marcan la vida. ¿De dónde se viene? ¿Cuánto cambia la identidad?
En la novela está muy asociada a la culpa, que es interna, algo que los personajes guardan y que los ahoga. La vergüenza es hacia afuera: cómo me ve el otro, qué dice de mí. En un barrio cerrado, donde todo el mundo sabe todo, es fundamental.
Muchas de las cosas que les pasan a estas niñas tienen que ver con eso. Lo que hacen o dejan de hacer, también.
Dices que escribes desde la escucha. ¿Qué ha sido lo más difícil que has escuchado?
Como mujer, cualquier cosa. Creo que todas nosotras, en México y en el mundo, vivimos cosas muy tremendas, estamos en constante modo supervivencia. Tiene que ver con eso, con el darte cuenta de que por el hecho de ser un género específico, tu vida vale menos o más que la de otro ser humano. Eso es tremendo.
Salvando las distancias geográficas y la exposición a la violencia, ¿cómo se le devuelve la infancia a quien la ha perdido?
Es durísimo. No tengo ni idea de cómo puede hacerse, pero quizá con mucho amor. Yo no soy hippie para nada, pero creo que tratando de ofrecerle eso que la violencia le ha quitado, un espacio seguro, un lugar de confianza, donde sepa que ya no será lastimado tal vez.
Para terminar, con tu premio Biblioteca Breve, ¿sientes que también es una victoria para las voces que escriben desde la periferia y no desde el centro?
Sí, por supuesto. Si gana una, ganamos todas. Es extraordinario que esta novela haya gustado al jurado y que hayan encontrado algo ahí. Estoy maravillada y agradecida.
¿Dónde termina el verano?
No termina. Siempre es verano.