Alana S. Portero, autora de 'La Mala Costumbre'.

Alana S. Portero, autora de 'La Mala Costumbre'.

Protagonistas

Alana S. Portero (escritora): "Siempre que una mujer es firme, se recurre a la burla"

La escritora publica La mala costumbre (Seix Barral, 2023), donde cuenta el desgarrador viaje vital de una niña atrapada en un cuerpo que no sabe habitar.

26 mayo, 2023 02:15

“Autoras de palabra con Rosa” se cita con Alana S. Portero, medievalista, escritora, dramaturga y directora escénica. De clase obrera, escribe sobre cultura, feminismo y activismo LGTBIQ+. Debuta en la novela con La mala costumbre publicada con la editorial Seix Barral.

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Alana escribe mordaz, con la crudeza y la realidad necesaria para situarnos en ese momento de la historia. Con la belleza y la rabia de un barrio en el que vive una niña atrapada en un cuerpo que no sabe habitar. 

“Yo, niña lista, marica encubierta, tartamuda, con un parche cubriéndome el ojo izquierdo y llevando unas gafas más grandes de lo deseable. Intento comprenderme a mí misma y al mundo en el que vivo. Uno donde habita la heroína en adolescentes de piel gris a los que les faltan los dientes, huelen a amoniaco y a orina”. Porque aun no siendo una historia autobiográfica, Alana, escribe en primera persona.

El gran San Blas. El Cerro de la Vaca, nombre que debía olerles a sudor y a mierda a las autoridades fascistas. Este barrio es uno de los pilares que sustenta la historia. Un gran proyecto franquista de construcción de 30.000 mil viviendas en tres o cuatro años, donde no había agua corriente, ni mercados donde abastecerse, ni colegios.

Un barrio que supo construir una identidad muy fuerte, un tejido vecinal muy férreo, con grandes lazos de vecindad, con sus contradicciones y sus problemas, del que se puede hacer, muy buena literatura. Abandono, lentitud y dejadez de las cosas que no le importan a quién son responsables de ellas.

“Un ángel caído, un heroinómano menos”. Una madre que abraza a sus hijos muertos y lo hace volcada sobre sus cuerpos a gritos, despeinada, arropándoles como bestias desesperadas, yéndose con ellos de alguna manera. La pérdida de los hijos, con la gran crisis de la heroína de los años 80 y esa rabia por la injusticia social, y el cansancio de muchas injusticias, hacían de ese duelo algo sobre cogedor y terrible.

Acabar siendo mujer a través de los ejemplos que tiene una cerca, de esa necesidad de participar en la herencia que unas mujeres se dejan a otras y que es ajena a los hombres. Alana ha utilizado muchas mimbres de su vida para construir esta parte del relato del mundo femenino, donde al personaje le pasa una realidad a la que no puede acceder y tiene que observarla desde fuera.

Alana S. Portero, autora de 'La mala costumbre'

Alana S. Portero, autora de 'La mala costumbre'

Eso hace que la idolatre y la convierta en algo sobrenatural, y esa genealogía de mujeres, esa construcción de la feminidad a través de los gestos simbólicos y de conocimientos, es lo que la protagonista entiende que solo se dan entre mujeres.

Porque los hombres no se desarrollan en la masculinidad, sino que se instruyen en la masculinidad. Y crea entonces un mundo interior de lo femenino que, además de anhelarlo, se convierte en algo más prohibido.

La autora se refiere a los lazos familiares en los barrios de aquella época, donde los hombres y las mujeres estaban reventados a trabajar. No había tiempo para construir relaciones maternofiliales basadas en el diálogo o en la comprensión. Era un amor muy instintivo, poco reposado y muy poco dialogado. Era algo muy animal en el buen sentido.

No se debe confundir la incomprensión con el rechazo. No entender una situación no significa que la inadmitas. Simplemente, no tienes herramientas para comprenderla. No ha habido tiempo suficiente para establecer esa confianza. Alana quería contar cómo se comunica la gente que no sabe comunicarse. Barreras invisibles y muy sólidas que no se pueden superar, pero que, aun así, te hacen saber que no te va a fallar pase lo que pase.

Portero resalta también los puntos fronterizos de los diferentes madriles. Obreros considerados como bestias de carga y una juventud enganchada a una jeringuilla que tenían que vivir en barrios como el de San Blas porque salían peor en la foto.

El maltrato, las palizas de puertas adentro en unos muros de nulo grosor y la ayuda de las vecinas en silencio sin atreverse a entrar. Esa masculinidad obrera que pelea por sus derechos, pero no se mete en la casa de otro hombre por mucho que lo detesten. Ese comportamiento, como si fuesen compañeros, pero sin afear al otro hombre, al maltratador, es una especie de esquirolaje incomprensible.

Y el mundo de las mujeres que no pueden intervenir de otra manera en un mundo donde la policía tampoco hace caso, más que acompañando después y haciendo ver que están con ella, aunque sea a su manera de proceder, cuidando y acompañando.

Alana estaba convencida de que a cada intento de reivindicarse como la niña, la joven o la mujer que era, le seguía algún correctivo insoportable.

La autora homenajea a las mujeres trans que han trabajado en la calle toda la vida.

Las mujeres que me precedieron se llevaron la peor parte de la ley de peligrosidad social. Mujeres que han estado en cárceles masculinas, donde los héroes obreros y políticos de la izquierda, presos que salían a la calle recibidos como héroes, eran quienes las violaban, al igual que lo hacían los guardias y los presos comunes. Igual que lo hacía todo el mundo.

Esas mujeres se llevaron la peor parte de la vida imaginable, y aún así he conocido a muchas de ellas que son auténticas mujeres sabias, duras, dulces, divertidas.

Siempre que una mujer es firme, se recurre a algún tipo de burla o de caricaturización porque se las teme. Porque no es lo que se esperaba de las mujeres y encuentran ese lugar de dar temor, se hacen fuertes en las grietas que los demás pretenden abrirles, en el espíritu y en la carne y me interesa muchísimo porque es una de las grandes fortalezas. Precisamente eso; hacernos más fuertes donde los demás contemplan algo que se sale de la norma. 

Nadie tan hermoso como las mujeres que lo han sacrificado todo para alcanzar esa belleza indescifrable a ojos de idiotas

Rosa Sánchez de la Vega.

Rosa Sánchez de la Vega.

A mis padres les escuché las primeras frases que me habían convencido de ser una criatura torcida. Alguien que debía esconderse debajo de otra cosa, aunque me querían como bestias y siempre supieron transmitirlo. Los niños y las niñas siempre están escuchando. Hay que tener mucho cuidado con lo que se dice porque seguro que todos hemos escuchado una frase a nuestros padres, un profesor o una vecina.

Para quien lo escucha tiene mucha importancia, tanta que se convierte en una especie de puñal y se instala en tus miedos. Los padres de aquella generación no tenían herramientas para una conversación y decían burradas. Podían decir una frase hecha sin importancia, pero para quien la recibía, no la olvidaba nunca.

Ser trans me obligó a madurar demasiado rápido en lo tocante a mi acontecimiento.