La escritora, activista y periodista mexicana Lydia Cacho

La escritora, activista y periodista mexicana Lydia Cacho Imagen cedida

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Lydia Cacho se rebela contra la incertidumbre: “No quiero que la mafia se invente mi pasado”

La escritora mexicana responde a las preguntas que no le han hecho sobre su último libro 'Cartas de amor y rebeldía' y que siempre quiso responder. 

11 agosto, 2022 00:51

Mi querida Cruz (Cruz Sánchez de Lara) me ha pedido que reflexione sobre mi más reciente libro titulado Cartas de Amor y Rebeldía (Ed.Debate, 2022). He decidido jugar un poco en este espacio veraniego, lo haré en una auto-entrevista planteando preguntas que no me han hecho y cuyas respuestas se han quedado en las comisuras de mis labios como un beso que no he dado todavía. 

Una autobiografía más, ¿no es un poco narcisista?

Toda autobiografía tiene su dosis de narcisismo, negarlo es pura soberbia. 

Ahora bien, preguntar qué hay detrás de ese primer impulso por contar la propia historia como si fuese importante, es lo que me interesa. Llevo sobre el lomo cuarenta años de activismo y periodismo; durante esas cuatro décadas, mis lectoras me han preguntado los secretos de esa formación. Aprendí a reinventar las fórmulas de mi periodismo y activismo para descubrir el mundo a través de las palabras e historias de las y los otros. Por eso, este libro no es un recuento caviloso del pasado, es la prueba documental de una vida común, marcada por algunos eventos excepcionales. 

¿Has tenido una vida excepcional?

No lo creo, y esa es una de las razones por las que publiqué este libro. La misma razón por la cual hace unos años produje y dirigí la serie documental Somos Valientes; es un proyecto educativo que resultó de la inquietud que me provoca esa incómoda insistencia de personas con liderazgo intelectual para señalarme como una especie de heroína inusual.

Con la miniserie quise desmitificar la valentía y la fuerza moral que tenemos en la adolescencia, digamos que de alguna forma intento hacer lo mismo con este libro, es decir, poner en relieve el valor de la indignación que nos produce la injusticia y cómo el fortalecimiento de la empatía no tienen nada que ver con la vanidad de salvar a las otras personas, es más bien una urgencia vital por entender el caos del mundo, por encontrar alguna forma de esperanza en la alteridad. Es huir de la individualidad, hallarme en lo colectivo como una especie de neurona en un cerebro lleno de ellas. Sin la conectividad no existes.

¿Eras una niña rara?

No. No más rara que millones de chicas del mundo que se resisten a ser estereotipadas, silenciadas, manipuladas (disculpen la cacofonía de la frase). Lo que es cierto es que fui una niña libre, un poco por mi temperamento innato y otro tanto por el entorno plural en el que crecí: la familia, el barrio, el país, las personas adultas que marcaron la forma en que aprendí a estructurar mi pensamiento y acción rebelde.

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¿Por qué no te consideras una intelectual?

Nuestra sociedad sobrevalora, hasta el ridículo, la melancolía solitaria y soberbia de los intelectuales, porque los propios señores han dado por crear una cultura de la excepcionalidad exclusiva de quienes dedican su vida a pensar y reflexionar sobre el mundo, particularmente desde la escritura. Yo por eso me rehúso a ser catalogada como intelectual.

Soy una mujer que documenta historias humanas, que vive obsesionada por aprender nuevas formas de aproximarse a los problemas. Soy —y en mis diarios de infancia lo redescubro— una necia obsesionada por comprender el sentido profundo de la alteridad.

No me interesa mi propia vida, sino lo que sucede a partir de descubrir que somos comunidad, que nadie es excepcional. Simplemente de vez en cuando las personas llevamos a cabo tareas o actos de rebeldía que son señalados como algo más allá de lo ordinario y la trampa radica en hacer sentir a las demás personas que no todas podemos, que no todas debemos rebelarnos frente a lo injusto y que no todas soportaremos el castigo de los patriarcas crueles, dueños del sistema. 

¿Eres una escritora exitosa? Tus libros son Best Sellers según las editoriales.

El éxito es una fanfarronada de mercadotecnia, a los 59 años me conformo con decir que soy congruente y que tengo cierto prestigio por hacer bien mi trabajo y por ser una buena persona. Para mí es más importante tratar bien a la gente, a la naturaleza y a los animales que ganar mucho dinero entrando en el perverso juego de los medios de comunicación que te hacen famosa a costa de la verdad, y bajo el cobijo del postureo, de la censura y la manipulación política.

El éxito es tener dinero y poder; yo no los tengo por las elecciones de vida que he hecho, y no me jacto de ello. Me jode mucho porque vivimos en una sociedad capitalista que le pone precio a la supervivencia. Por desgracia, no tengo temperamento de misántropa de cueva, así que vivo en el exilio rodeada de personas esclavas del estado del bienestar que me es ajeno y al que me someto por no tener más opción.  

Lydia Cacho firmando un ejemplar de su último libro.

Lydia Cacho firmando un ejemplar de su último libro. Imagen cedida

¿Qué pretendes lograr con este libro?

Nada, no hay pretensión de logro alguna. Para mi este libro es una especie de conjuro contra el silencio en un momento en que están asesinando y persiguiendo a periodistas y activistas de los derechos humanos en una poderosa guerra contra la verdad y la justicia.

Imagino mi libro como un objeto que me coloca frente a quienes lo leen y les pregunta ¿y a ti qué rebeldía te hizo valiente en la niñez? Tomar un café o una cerveza y seguir preguntando si las heridas te hicieron cruel o empático, si te dijeron loca y temes a la locura, si te sientes impostor por ser un humano falible, si te has comprado ese argumento imbécil del marketing que propone que seas 'tú misma o tú mismo' cuando no se puede ser más nadie (excepto si te dedicas a la actuación).

El libro es una extensión de mí que se entrega proponiendo compartir saberes, conocimientos, experiencias que no son únicas más que en la forma en que son nombradas.

¿Eres cínica o crees que la sociedad puede ser feliz y no violenta?

Soy más bien una realista que alimenta la inocencia de la esperanza, tal vez porque soy proclive a sentir una abrumadora tristeza frente a la crueldad humana contra las víctimas, en especial contra la niñez del mundo. Hay una niña que vive en mí, esa que narra el mundo en mi libro y que se pregunta para qué nacemos si no es para cuidarnos mutuamente.

No creo en la felicidad que decretan los dictadores de la igualdad artificiosa, creo en esos retazos de alegría y paz interior que nos regalan la vida y las personas y me parece que todas y todos merecemos vivir sin ser violentadas por existir resistiendo a la homologación de lo políticamente correcto. 

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¿Cómo llevas las redes y la ciberviolencia?

Yo con las redes sociales me entretengo. Instagram lo abrí para conectarme con la niñez cuando produje la miniserie Somos Valientes y luego la lleno de un caos estético y vano de lo cotidiano. En cambio en Twitter intento mover temas serios, aunque ya sabemos que es una pradera de incendios infecundos. En Twitter me retiro de una discusión cuando lo que dispara un comentario mío es enardecimiento estéril.

Generalmente, las personas que no quieren enterarse o complejizar el análisis de algún asunto político o social simplifican desde la ignorancia del 'matar o morir por la causa'. La violencia es siempre hija de la ignorancia, quienes carecen de argumentos, de capacidad para crear puentes para dialogar, para aceptar una disculpa frente a un error o una puntualización que ayuda a articular desde el pensamiento científico, desde el conocimiento de lo real y concreto, y distinguirlo de lo deseable y posible en el futuro, disparan insultos virulentos porque temen que sus deseos o libertades no se cumplan.

Cuando los nuevos saberes se decretan sin posibilidad de analizar aristas de conocimiento, se convierten en dogma y dinamitan el aprendizaje colectivo. Venimos de siglos de patriarcado que nos ha enseñado a usar la violencia descalificativa como herramienta para imponer una visión del mundo —nueva o vieja— y Twitter se convirtió en el reino del escupitajo verbal. Desmontar las malas prácticas patriarcales es difícil, incluso para quienes dicen estar desmontando al patriarcado víctimas del algoritmo comercial.

Cartas de amor y rebeldía exhibe tu vida privada ¿por qué?

¿Y por qué no? Cuando se vive como yo, reportera errante, feminista insurrecta, se aprende a sobrevivir bajo el fuego incesante de la diatriba como instrumento para el descrédito. Es muy sencillo: si yo no cuento mi verdadera historia para ese puñado de personas interesadas, la habrán de inventar mis enemigos, que no son, como en una obra shakesperiana, interesantes amantes dolidos, hijos abandonados o reyes destronados por mi virtud, son mafiosos que asesinan y secuestran, que encarcelan y persiguen hasta el hartazgo a quienes les evidencian.

No quiero que la mafia invente mi pasado. Además, estoy segura de que mis pecados y locuras reales son mucho más entretenidas que las que podría adjudicarme algún fantasma literario pagado por un rabioso tratante de niñas o un político pedófilo. 

¿Qué consejo les darías a las jóvenes que quieren seguir tus pasos?

No les diría nada. A la gente joven le decimos demasiadas cosas inútiles y le escuchamos muy poco. Les hemos entregado el mundo hecho una mierda y luego les preguntamos por qué prefieren estar metidas en Tik Tok en lugar de hacer algo productivo. Pues porque los dueños del discurso de la productividad y el éxito han causado una crisis política y climática que les aterra y encima les alecciona para obedecer.

Los maestros de la corrupción y el enriquecimiento ilícito les gobiernan con discursos de probidad y cultura cuando les retiran los fondos para ocio y cultura. Yo, cuando puedo, le regalo libros a la gente joven y si me piden consejo les digo que busquen la manera de encontrar retazos de felicidad, esperanza y alegría en sus vidas y que cuando se descubran internamente felices recuerden ese sentimiento porque compartirlo y ayudar a otras personas a sentirse seguras y suficientes, le puede dar sentido a sus vidas.

Aprender a gestionar la ignorancia y prepararse para la vida es difícil, requiere de disciplina, de un deseo de adquirir conocimiento; las y los adolescentes no son responsables de esta crisis que les entregamos como manzana envenenada. La adultocracia que les gobierna es soberbia e irresponsable. Yo a los 23 años descubrí que para encontrarle sentido a la vida necesitaba aprender y cuestionar, eso lo cuento en el libro, a escuchar lo doble de lo que hablo, leer cien veces más de las que escribo y, dicho esto, me voy a leer a Simone Weil.