Ilustración de Angélique du Coudray.

Ilustración de Angélique du Coudray. Clara Moreno Gaspar

Magas-Mujeres en la Historia

Angélique du Coudray, la matrona que inventó el maniquí de partos en el s. XVII y evitó miles de muertes

La médica profesionalizó el oficio de partera en una época marcada por el analfabetismo, las supersticiones y el machismo.

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En la Francia del siglo XVII, nacer era casi un acto de fe. La mayoría de las mujeres que asistían los partos en los pueblos apenas sabían leer y nunca habían visto el interior de un cuerpo humano.

No contaban con libros ilustrados, ni hospitales cercanos, ni instrucción reglada; sólo disponían de la experiencia transmitida boca a boca por sus antecesoras, mezclada con supersticiones y creencias populares.

En esa época, la mortalidad infantil rondaba el 30 % en las zonas rurales, con tasas aún más altas para madres primerizas debido a prácticas como el uso de fórceps no estandarizados o remedios herbales ineficientes.

Una complicación en el parto, un bebé en una postura difícil o incluso la llegada de gemelos amenazaban con convertirse en tragedia, por lo que las defunciones neonatales eran dolorosamente habituales en las regiones rurales más pobres.

En este contexto, en el año 1714 nace Angélique Coudray en la ciudad francesa de Clermont-Ferrand, en el seno de una familia de médicos franceses. Esta influencia de cuna la llevó a formarse en la École de Chirurgie París, una institución histórica en la capital del país creada para profesionalizar la cirugía como disciplina médica.

Obtuvo su diploma de matrona el 26 de septiembre de 1739, destacando por su habilidad en técnicas avanzadas pese a las barreras de género.

Tras superar sus exámenes, alcanzó un puesto de liderazgo en el Hôtel-Dieu, uno de los hospitales más importantes de la época. Allí, ejerció durante 16 años, hasta que en 1754 regresó a su región natal con un propósito: instruir a las parteras rurales para poder atender mejor los alumbramientos y reducir así la tasa de mortandad infantil en las zonas con menos recursos.

La máquina

Angélique era consciente de que enfrentar el analfabetismo sería su principal desafío. La mayoría de sus alumnas no contaba con formación y, cuando lo hacían, el nivel era bastante bajo. Por ello, decidió enseñar con algo que pudieran ver y, sobre todo, tocar.

Con este pretexto inventó La máquina en torno a 1756, un maniquí obstétrico a tamaño real fabricado con trapos, telas, cartón, algodón, madera, lino y cuero, al que dotó incluso de una pelvis humana para aportar realismo.

En 1758, la Academia de Cirugía reconoció oficialmente su invento ese año, validando su uso en algunas provincias francesas. Este artefacto reproducía la parte inferior del cuerpo de una mujer, incluyendo el útero, los ligamentos, la vagina y el recto. Además, incluía un bebé de tamaño real, flexible, con placenta y cordón umbilical.

En 1759 publicó también su manual Abrégé de l’art des accouchements, una recopilación ilustrada de su conocimiento con grabados coloreados que se convirtió en un texto esencial para las aprendices.

Con su creación, las matronas y alumnas podían practicar partos de todo tipo: de gemelos, prematuros, de nalgas, etc. Destaca su atención a los detalles; sus pequeños muñecos tenían ojos, orejas, pelo pintado, boca con lengua en la que se podía introducir un dedo para practicar la maniobra de Mauricea, entre otros.

Además, la tripa que unía al recién nacido con la madre estaba construida sobre cuero por el que circulaba líquido simulando sangre y diseñó sistemas de correas y cadenas para imitar la dilatación, haciendo que sus lecciones fueran verdaderamente palpables.

Sus clases se impartían durante seis días a la semana, mañana y tarde, combinando teoría y práctica intensiva, y alcanzaron tal éxito que el monarca Luis XV emitió una carta real, autorizando a Angélique a impartir su curso por todo el reino.

Con su permiso, recorrió Francia y parte de Bélgica entre 1759 y 1783, instruyendo a más de 5.000 mujeres y alrededor de 500 cirujanos en cerca de 40 ciudades.

Sin embargo, no todo fue fácil, pues además de sufrir gota y obesidad, en su camino tuvo que enfrentarse a matronas supersticiosas que desconfiaban de sus métodos y médicos recelosos de su respaldo institucional.

Aun así, su enfoque y empeño en la educación sistemática le permitieron alcanzar su objetivo, la disminución de la mortalidad infantil en las regiones donde ofreció sus lecciones.

Angélique du Coudray fue pionera en enseñar el arte del parto en público. En una época marcada por el analfabetismo y la falta de recursos, hizo de una maraña de trapos y tela una herramienta que salvó la vida de incontables mujeres y bebés.

Murió el 17 de abril de 1794 en Burdeos. Recordarla hoy es reconocer a un referente en educación sanitaria, una figura que llevó la ciencia hasta donde más se necesitaba.

Actualmente, sólo se conserva uno de sus maniquíes expuesto en el Musée Flaubert et d’Histoire de la Médecine de Rouen. Un instrumento considerado precedente directo de los simuladores obstétricos modernos.