Tres ejemplo de la estética que está arransando en 'street style' y plataformas.

Tres ejemplo de la estética que está arransando en 'street style' y plataformas. IG vía @arianagrande | IG vía @therow | IG vía @roxanazurdo

Moda

Minimalismo, fe y rebeldía, los ingredientes que hacen de la moda modesta la tendencia más viral en las redes y la calle

La estética que cubre más de lo que muestra toma el centro de una conversación que más allá de lo que sucede en las semanas de la moda.

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Quizás una de las mejores y más adecuadas palabras para definir el contexto actual —en el plano político, social, económico o cultural— sea 'convulso'.

De hecho, la primera semana de este año se ha vivido como una especie de carrera de obstáculos a la que además cuesta encontrarle el sentido. Cuando nada más puede suceder, aparece el presidente de una de las mayores potencias mundiales y te sorprende. Aunque este último verbo bien se podría entrecomillar.

Ese caos generalizado se refleja también en el apartado fashion, donde las tendencias oscilan de un extremo a otro —al igual que la población, definida por su polarización— y las microtendencias cada vez son más fugaces y antitéticas.

Una estética que se encuentra ahora en auge es la de la moda modesta, que se alza como aliada del conservadurismo —el estilo favorito de las tradwives—, pero también como supuesta forma de reivindicación cultural.

Esta referencia es una forma desde la que se elige de forma recatada sin renunciar a verse bien: un equilibrio pensado entre discreción, buen gusto y comodidad que prioriza siluetas relajadas, piel menos expuesta y tejidos que acompañan el cuerpo sin marcarlo en exceso.

En un primer vistazo, se podría decir que se trata de una decisión consciente: salir a la calle con ropa y accesorios que representen los propios valores, que en este caso suelen estar alineados con conceptos como la fe, la intimidad o el simple pudor personal. Aquí, la visión más sensual y explícita no tiene cabida.

Una de las propuestas del pasado año de la codiciada firma minimalista y de lujo silencioso The Row, comandada por las hermanas Olsen.

Una de las propuestas del pasado año de la codiciada firma minimalista y de lujo silencioso The Row, comandada por las hermanas Olsen. IG @therow

Sin embargo —y parafraseando a Donatella Versace— "fashion is a weapon that you can use when you need it", es decir, la moda es un arma que puedes usar cuando necesites. Y esta sabia afirmación es un cuchillo de doble filo con el que se puede atacar y ser atacada. La modestia desfila cual funambulista en la fina línea que separa las dos acciones.

Cambio de rumbo

No hay que ser un experto en los azares del vestir y del diseño para caer en la manoseada expresión de que las tendencias —por definición, además— son cíclicas. Sin embargo, siempre son el fruto de algo, el reflejo de decisiones o la forma de pavimentar el camino. Un nuevo orden.

A mediados del siglo XIX, la mujer comenzó a zafarse del corsé. No fue algo repentino ni puntual, sino gradual. Su uso siguió extendiéndose hasta las primeras décadas del XX, cuando en los años 20 todo comenzó a fluir, incluida la silueta femenina. "Un movimiento de liberación", señala Ana Velasco, periodista y profesora de la Universidad Complutense de Madrid experta en Historia de la Moda.

En los 80 y los 90 —cómo olvidar los sujetadores cónicos de Madonna firmados por Jean Paul Gaultier— esta parte superior estructurada regresó y ahora se ha convertido en un must que pulula entre carritos de la compra, a ser posible además con estampados y guiños dosmileros. Cada cual lo emplea con una finalidad, pero no cabe duda de que se trata de una propuesta cargada de sensualidad.

Desde entonces, más o menos, hasta ahora, la estética de la mujer a la hora de vestir ha estado dominada por ese aire de seducción que carga outfits y que dispara miradas. Sin embargo, ahora el viento sopla en otra dirección: el conservadurismo y la fe se han apropiado de armarios, de las calles y de plataformas como Instagram o TikTok.

El hashtag modest fashion acumula más de 7 millones de publicaciones en Instagram. Al pulsar sobre él, aparecen chicas vestidas en una paleta de colores clara: tonos neutros y pasteles; algunas que llevan la cabeza cubierta por motivos religiosos; y otras que parecen tener muy interiorizado el concepto de old money, minimalismo y lujo silencioso.

Sin embargo, si hay un referente que materializa a la perfección este cambio de rumbo estético, ese es Rosalía. Desde que comenzara la promoción de su último trabajo, LUX, su transformación de estilo —al igual que sus polémicas estratégicamente escogidas— no ha pasado desapercibida.

Como Coral Herrera Gómez, profesora del departamento de Análisis e Intervención Psicosocioeducativa de la Facultad de Educación y Trabajo Social de Vigo y escritora feminista, comentó para este medio "durante años ha llevado unos looks que representan a las actrices de la industria del porno".

Ahora, esas uñas largas, las minifaldas de uniforme asociadas con la ingenuidad e incluso con el hentai y las botas altas han pasado a mejor vida. El halo dibujado en su cabellera con decoloración es la prueba máxima de ello, así como sus propuestas discretas y muchos de sus discursos. La voz calmada y sosegada que tiene acompaña bien este mensaje. Lo mismo sucede —en otra dimensión— con Ariana Grande.

No obstante, detrás de estos giros de guion y nuevas apuestas, ¿qué es lo que hay verdaderamente?, ¿se trata simplemente de un vaivén fashion o hay un prisma que lleva el movimiento más allá? Jesús Reyes, periodista experto en moda, Casa Real, estilista y autor de libros como la guía Alter Ego o Leonor. Estilo de una Borbón y Ortiz, se pronuncia al respecto:

"Creo que es algo que se produce cuando esta corriente deja de explicarse desde la obligación y empieza a leerse desde la elección. Se da cuando diseñadores, estilistas y creadoras de contenido empezamos —yo incluido— a utilizar siluetas cubiertas, capas, volúmenes amplios o cuellos altos no como imposición cultural o religiosa, sino como recurso creativo. Es ahí cuando se convierte en un lenguaje universal", destaca.

"Teniendo esto en cuenta, el street style y las redes sociales han sido clave: han demostrado que cubrir el cuerpo no está reñido con la modernidad ni con el deseo. Ahí es cuando este concepto deja de ser un nicho —debido a que antes era algo que sólo se asociaba a mujeres que profesaban ciertas religiones— identitario para convertirse en una herramienta más dentro del sistema moda", especifica.

La diseñadora Úrsula Hurtado comenta que para ella este movimiento inició su expansión precisamente al decirle adiós a las etiquetas. "Ahora se sitúa en el terreno de la creación y la intención, no del origen. No nace de una agenda concreta, sino de un cansancio colectivo ante la saturación visual y la necesidad de volver a una estética más pausada, más reflexiva", detalla.

No obstante, Mariola Fernández, doctora en Psicología por la Universidad de Jaén y profesora de la Universidad Europea, sí que hace una lectura mucho más cercana al auge de determinadas convicciones políticas:

"Hay una idea clave en psicología social y estudios de género. Es esta: no toda elección es libre por el hecho de ser individual", aclara, para continuar con la afirmación de que el punto relevante no es si quiere vestir de una forma u otra, sino en qué contexto simbólico y material esa elección se vuelve deseable, premiada o visible. Desde dónde se ejerce esa libertad.

"La moda modesta, cuando se presenta como tendencia cool, neutral o elegante —creando así también un estigma, al igual que sucede con conceptos de la industria como la logomanía o las 'inspiraciones'—, no cuestiona la norma, la desplaza. Cambia qué se considera aceptable, pero no elimina ni la vigilancia sobre el cuerpo femenino ni la obligación de significar algo con él o la expectativa de coherencia estética-moral", añade.

Según sus palabras, desde este enfoque no estamos ante una liberación, sino ante una reconfiguración del control.

La profesora también toma a Rosalía como ejemplo para ilustrar su discurso. "Que figuras públicas como ella legitimen esto no lo hace subversivo. Desde la psicología social se explica como conformidad normativa de alto estatus: no imitas a cualquiera, imitas a quien marca el nuevo capital cultural", detalla.

Este que comenta la experta es lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu llamaría una estrategia de distinción. Fernández destaca que implica que cuando las clases populares pueden acceder a estéticas llamativas, las élites se desplazan hacia lo discreto, lo difícil de leer y lo aparentemente austero.

Una vez más, aparece el concepto de lujo silencioso. Si todo el mundo puede tener un bolso con el monograma de Louis Vuitton —ya sea por una cuestión económica o por apostar por las falsificaciones— habrá que buscar otra forma de diferenciarse.

Ahora la validación se busca en otros puntos como la sobriedad, la discreción, la naturalidad... "En mi opinión, no es algo que elimine la presión sobre el cuerpo femenino, la reformula y la hace compatible con un contexto de desigualdad y precariedad", señala Mariola Fernández.

Doble cara

Sin duda, esta democratización de la moda modesta abre la veda a interpretaciones. La diseñadora Úrsula Hurtado comenta que "la clave está en entenderla como una herramienta de expresión, no como un código moral. Desde una lectura feminista, vestir con más cobertura puede ser tan empoderador como mostrar el cuerpo, siempre que la decisión sea propia".

Ella dice que esta tendencia no se trata de algo efímero, sino de un cambio de sensibilidad. "Supone una nueva forma de relacionarnos con el cuerpo, el deseo y el tiempo, donde menos exposición no significa fuerza, sino otro tipo de presencia", señala haciendo referencia a la maraña informativa a la que cualquiera se ve expuesto por el mero hecho de existir.

En esta línea también se manifiesta Jesús Reyes, que destaca que en un mundo saturado de imágenes, la discreción se convierte en una forma de poder. "Esta estética no sólo habla de ropa, sino que también lo hace de tiempo y de mirada. Cuando llega a ese punto, se convierte en un síntoma cultural", añade el experto.

Igualmente, también alude a ese poder escoger un camino u otro. La capacidad de cambiar una narrativa o un relato, dependiendo de aquel que escriba la historia: "Cubrir el cuerpo no es lo contrario de la libertad; lo contrario de la libertad es no poder decidir. La moda, como el feminismo, es compleja, contradictoria y diversa. Ahí está su riqueza", afirma, guiando una idea que se mueve más en la rebeldía que en otro plano.

Esta alusión hace que ejemplos que pululan por redes sociales salten a la mente. Deslizarse por el perfil de TikTok de la creadora de contenido Roxana Zurdo es descubrir una serie de comentarios que la acusan de haber cambiado su estilo cuando comenzó a salir con su actual pareja, que se dedica al toreo.

@roxanazurdo

Nos vamos a SICAB a juego :)

♬ Reliquia - ROSALÍA

Los usuarios suelen comentar que sus prendas se han vuelto mucho más clásicas, tapadas y que además no le corresponden de acuerdo a la edad que tienen. Otros señalan que es pura elegancia.

Ejemplo del 'feedback' que recibe la 'influencer'.

Ejemplo del 'feedback' que recibe la 'influencer'.

Sobre adoptar nuevos estilos también se pronuncia Mariola Fernández: "Cuando una estética con origen cultural o religioso se convierte en tendencia puede generar efectos psicológicos opuestos. En quienes la llevan como moda, suele reforzar el sentimiento de coherencia y pertenencia, al alinearse con normas socialmente validadas sin asumir el coste histórico que haya tenido en ese plano".

Por otro lado, expresa que para los que la han vivido como parte de su identidad —algunas mujeres que pertenecen a la religión musulmana o judía, por ejemplo— esta popularización puede desembocar en una disonancia psicológica. "Supone un choque entre haber sido sancionadas previamente por ese rasgo que ahora ven validado en otros cuerpos", dice.

Aquí, quizá, convenga detenerse y bajar el volumen. La moda modesta no es una respuesta cerrada ni una consigna inequívoca, sino un síntoma.

Habla del cansancio ante la hipersexualización, del deseo de control —propio o impuesto—, de la necesidad de distinguirse cuando todo parece estar ya visto.

Puede ser refugio o vitrina, gesto íntimo o estrategia social, elección consciente o norma reconfigurada. Como casi todo en esta industria, funciona por capas: estética, política, psicológica y simbólica.

Cubrir el cuerpo no libera automáticamente, del mismo modo que mostrarlo no garantiza emancipación. Lo verdaderamente relevante no es cuánto se enseña, sino desde dónde se decide y a qué lógicas se responde.

En este nuevo orden convulso, la discreción se vuelve lenguaje y el silencio, mensaje. La moda modesta no clausura el debate: lo desplaza. Y en ese movimiento incómodo —entre poder, deseo y mirada— se juega, una vez más, la relación de las mujeres con su cuerpo y con el mundo heteropatriarcal.