Martina Prieto Pariente continúa la tradición familiar con su empresa, Bodegas Prieto Pariente.

Martina Prieto Pariente continúa la tradición familiar con su empresa, Bodegas Prieto Pariente. Eva Calzadilla Magas

Lujos

Martina Prieto Pariente: “Un vino un miércoles con dos amigas seguramente te quite hasta alguna arruga”

Magas conversa con la cofundadora de Bodegas Prieto Pariente, que reflexiona sobre su empresa, la maternidad y prejuicios generacionales.

Más información: 25 Años en barrica, el verdejo que vincula las tres generaciones de la bodega José Pariente

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El vino. Qué cosa es. En su universo —a menudo inabarcable para los menos sensibles— hay apellidos que pesan, pero también trayectorias que se levantan con trabajo diario, vocación, pasión y dedicación.

En un sector históricamente dominado por hombres, cada vez más mujeres demuestran su talento y liderazgo con plena autoridad.

Un caso paradigmático es el de Martina Prieto Pariente (Valladolid, 1986), hoy responsable del rumbo técnico de la firma familiar mientras su hermano, Ignacio, lidera el área de negocio.

Martina Prieto Pariente, en Dani Brasserie, disfrutando de uno de sus vinos.

Martina Prieto Pariente, en Dani Brasserie, disfrutando de uno de sus vinos. Eva Calzadilla Magas

Juntos simbolizan la evolución de toda una generación en el mundo del vino y encabezan el sello Pariente Tradición Familiar, que integra la histórica bodega de Rueda, el proyecto Bodegas Prieto Pariente —con elaboraciones en Bierzo, Cebreros, Cigales y Vinos de la Tierra de Castilla y León— y la más reciente incorporación: A Vilerma, en Ribeiro.

Su figura encarna continuidad y apertura: raíces profundas y mirada hacia nuevos territorios y desafíos. Ingeniera agrónoma y enóloga, Martina creció entre vendimias y viñedos, heredando la pasión por la tierra que marcó a su abuelo, José Pariente, quien vendía vino verdejo en su fonda.

Martina Prieto Pariente estudió Ingeniería y se especializó en Enología.

Martina Prieto Pariente estudió Ingeniería y se especializó en Enología. Eva Calzadilla Magas

El amor congénito se consolidó con una formación firme: estudió en la Universidad Politécnica de Madrid, se especializó en Enología en la Universidad de Valladolid y amplió conocimientos en la Universidad de Burdeos antes de incorporarse en 2009 al proyecto familiar, donde su madre volvió a convertirse en su gran maestra.

Su trayectoria ha ido sumando horizontes y territorios hasta alcanzar una dimensión que hoy abarca tres proyectos vitivinícolas y 14 vinos. En Ribeiro, por ejemplo, ya han elaborado con éxito la primera añada de un ensamblaje de variedades autóctonas gallegas que ha recibido excelentes críticas, manteniendo el espíritu de la zona con un sello propio.

La ambición se combina con una formación constante —aspira a la prestigiosa certificación de Wine & Spirit Education Trust— y con una vida que no se detiene fuera del viñedo.

Madre de tres hijos, viajera incansable y deportista habitual, Martina entiende el vino como una carrera de fondo: una trayectoria construida con esfuerzo, curiosidad y la determinación de abrir camino a más mujeres en un sector tradicionalmente masculinizado.

Habla suave, muy bajito, como contando secretos, y su discurso, sólido—recuerden, lo contrario de líquido— mezcla ciencia, intuición, empresa y cultura mediterránea con una naturalidad que desmonta prejuicios: el vino no es lujo elitista, la ambición no es un defecto y el esfuerzo sigue siendo la única receta fiable.

Ante una copa de vino, rodeada de la magia del Four Seasons Hotel Madrid, Magas conversa con ella sobre su formación constante, su empresa familiar, maternidad, prejuicios generacionales y el caldo que elegiría para curar un corazón roto.

La enóloga y empresaria, en un momento de su conversación con Magas.

La enóloga y empresaria, en un momento de su conversación con Magas. Eva Calzadilla Magas

A los bodegueros les pasa como a los médicos: nunca dejan de estudiar. ¿Por qué ocurre eso?

Hace unos años, por la falta de información de lo que pasaba en el mundo, la gente estaba más centrada en lo que sucedía en su denominación, en su comunidad autónoma o, si me apuras, en España. Hoy la competencia es tan brutal que la globalización ha hecho que, para bien, podamos conocer vinos de todo el mundo y disfrutarlos en cualquier parte. Eso también te obliga a saber qué está ocurriendo fuera.

¿Qué hay del cambio climático?

Por supuesto nos obliga a estudiar adaptaciones en viticultura, nuevas tendencias, nuevos recursos, optimización del agua… mil cosas que exigen formación constante. Y luego está el mercado, que también hay que estudiarlo. Hay muchas ramas: el I+D, la innovación… realmente son muchísimos frentes abiertos.

También desde el punto de vista empresarial, imagino.

Claro. Una bodega es una empresa muy curiosa porque es 360º: partimos del sector primario —la viticultura— hasta la venta final. Hay departamentos especializados en cada área, pero en nuestro caso, que somos mi hermano y yo quienes dirigimos la empresa, tenemos que estar al tanto de todo.

¿Qué hace cada uno?

Yo tengo una especialización más técnica —viticultura y elaboración— y mi hermano más de negocio, pero nos complementamos y ambos debemos estar informados de todo.

Usted nació entre viñas, pero… ¿bodeguero se nace o se hace?

En parte se nace, porque cuando lo vives lo integras en tu cultura. Siempre digo que el vino es algo que se enseña en casa. Muchas veces hablamos del descenso del consumo de vino, pero también es algo que se integra en los hogares. Ahora bien, dedicarte a ello de manera profesional también te hace.

De este tipo de trabajos siempre se ve la parte chic, ¿no? Pero también hay una parte en la que hay un trabajo extremo.

Así es. Desde fuera vemos el glamour del mundo del vino, como ocurre en la moda: vemos el desfile, pero no todo lo que hay detrás. En el vino pasa algo parecido. Respondiendo a lo que me preguntabas, si te gusta el campo y la bodega, como es mi caso, insisto: es una mezcla entre nacer y hacerse.

Todo llega con su madre, Victoria, que homenajeó a su padre, José. Y ahora están su hermano y usted, pero ¿qué parte de su familia vive hoy en sus vinos?

La fundadora de la bodega fue mi madre. El nombre de José Pariente fue un homenaje a mi abuelo, que era viticultor, pero la bodega no existía. Ella decide fundarla en 1997 y justo en ese momento mi abuelo fallece repentinamente, así que el nombre es un tributo.

Una mujer fundando una bodega en un sector de hombres. Una gran pionera y líder.

Totalmente. Y mi padre dejó su trabajo de alta dirección en Madrid para sumarse al proyecto. Me gusta decirlo porque suele ocurrir al revés: la mujer se incorpora al proyecto del hombre, pero aquí fue al contrario.

¿A qué se debió ese salto?

A mi madre le faltaba la parte empresarial y mi padre venía de la empresa privada, así que se sumó. En 2017 iniciamos la transición y desde 2019 mi hermano y yo estamos al frente de la bodega, que sigue siendo 100% familiar.

En la política —los Kennedy, los Bush— o en la música —los Flores— el apellido a veces pesa en las siguientes generaciones. ¿A usted le ha jugado a favor o en contra?

El balance es positivo. Sería poco agradecida si no lo dijese. Vivimos en una sociedad que funciona mucho por relaciones y he podido vivir experiencias únicas gracias a ello. El punto menos favorable es que a veces parece que tienes que demostrar más, porque da la sensación de que todo es heredado sin mérito propio. Por eso hicimos un protocolo familiar para evitarlo.

Martina Prieto Pariente en la terraza del Four Seasons Hotel Madrid.

Martina Prieto Pariente en la terraza del Four Seasons Hotel Madrid. Eva Calzadilla Magas

Las empresas familiares recuerdan a Succession: hermanos lanzándose puñales por la espalda.

(Ríe) En nuestro caso no. Es fruto del trabajo bien hecho de nuestros padres. Mi hermano y yo tenemos una relación excelente basada en la confianza. Y eso no significa llevarse siempre bien, sino decir la verdad y mantener la comunicación.

Dice en su biografía que usted es “madre, deportista y defensora de la cultura del esfuerzo”. ¿Cómo se enseña eso a tres hijos?

Primero con el ejemplo. Sigo estudiando, sigo formándome y madrugo cada día antes de que se despierten. Ellos lo ven y a veces me preguntan: “¿Por qué haces esto si eres la jefa?”. Me hace gracia, pero les digo que precisamente hay que dar ejemplo. Creo que vivimos en una sociedad donde el esfuerzo y la ambición están algo denostados.

¿Cree que la ambición está peor vista si la ejercen las mujeres?

Sí. Y si estás en época de tener hijos, se preguntan: “¿Por qué tiene la necesidad de…?”. Pero todo, en su justa medida, es positivo. Va en las inquietudes de cada uno.

¿Cuánta sensibilidad hay que tener para entender el vino?

Me hace gracia cuando la gente dice que no entiende de vinos. Es que no hace falta. Yo no entiendo de hornos y voy a restaurantes a disfrutar. El consumidor solo necesita saber si le gusta o no. La sensibilidad se entrena, pero hay narices tocadas por la mano de Dios. Todos tenemos memoria olfativa: cuando te interesas, empiezas a identificar aromas, como sucede con los perfumes.

¿Hay un vino para cada emoción?

Sí, yo creo que hay vinos para estados de ánimo, momentos y compañías. No es lo mismo celebrar en verano a 32 grados en una terraza que el vino que necesitas en una reunión formal.

¿Y para una ruptura sentimental?

No sé si hay mucha evidencia científica sobre esto, pero para una ruptura sentimental, yo elegiría un vino más etéreo, más fluido, que no te haga pensar demasiado y que te despierte placer.

¿El vino es más ciencia o más intuición?

Primero intuición —que viene de la experiencia— y también conocimiento. Como en la medicina: sentido común, sensibilidad hacia el paciente y formación.

¿Cuál es la decisión más dura que ha tenido que tomar o a la que se ha tenido que enfrentar desde que está al mando?

A veces son decisiones impuestas. Cuando el clima obliga a renunciar a una añada. Cuando graniza en un viñedo destinado a un vino de parcela y esa añada no ve la luz. Eso da mucha pena.

Claro, es que cada añada es un examen, ¿no? Tiene que llover, porque es necesario, pero no demasiado. ¿Cómo lo gestiona?

Depende del vino. Sufro especialmente con la salida al mercado de José Pariente Verdejo, nuestro icono. El Verdejo llega a todo el mundo y todos opinan. Y muchas veces ese consumidor es mucho más crítico que el formado porque no se deja influenciar por prescripción. Le da igual el efecto añada. Durante los primeros 15 o 20 días, ese es el que hace que me tiemble el ojo (ríe).

¿Qué es lo menos romántico de dirigir una bodega?

La carga administrativa. Es brutal.

¿Cómo ha vivido ser mujer en este sector, históricamente dominado por hombres?

Mi experiencia, en comparación a la de mi madre, es radicalmente diferente. Hoy hay muchas enólogas. Los puestos de alta dirección siguen estando muy reservados a los hombres, pero creo que es generacional. En 10 o 15 años, esto cambiará.

Martina es madre de tres hijos: una niña y unos mellizos. Su primogénita ya siente interés por el mundo de la enología.

Martina es madre de tres hijos: una niña y unos mellizos. Su primogénita ya siente interés por el mundo de la enología. Eva Calzadilla Magas

Martina, usted tiene dos niñas y un niño. ¿Alguna de sus dos hijas querría seguir sus pasos?

A la mayor le gusta. Yo, todas las noches, haciendo la cena, me tomo una copa de vino. Ellos lo ven, lo huelen, lo van preguntando. Con sentido común, como se ha hecho toda la vida.

¿Ha vivido el prejuicio por ser mujer? ¿En la bodega o en el mercado internacional?

No. Es un sector un poco envejecido en cuanto a los roles de responsabilidad, entonces chocaba que yo llegara a reuniones siendo tan joven. A veces me han preguntado: "¿Dónde está tu jefe?". Creo que lo decían más bien por la juventud, no porque fuera mujer.

¿Cuál es la botella más cara que tienen y cuál la más barata?

Nuestra botella más cara son 110 y la más barata, 13.

Son precios razonables. ¿Diría que el vino es un producto exclusivo para los ricos?

No. El vino es cultura mediterránea y punto de encuentro. Se puede hacer deporte, cuidarse y disfrutar de una copa de vino. Lo malo son los extremos. Estamos obsesionados con levantarnos a las cinco de la madrugada, hacer el saludo al sol y tomarnos el té con diez millones de complementos. Al final, acabas el día agotado cuando se supone que todo es autocuidado. Tomarse un vino un miércoles con dos amigas seguramente te quite hasta alguna arruga.

¿Qué es el lujo para usted?

Irme a la cama cada día con la conciencia tranquila.