Imagen de unas lentejas.

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Estilo de vida

Los cocineros vascos coinciden: "Las lentejas más ricas no llevan laurel, tienes que hacer un refrito de aceite de oliva y pimentón"

El refrito, muy apreciado en todo tipo de guisos, alcanza su máximo potencial cuando se aplica a las lentejas, donde logra realzar el sabor.

Más información: Los chefs coinciden: el caldo más rico no se hace con carne, lleva 1,5 kg de verduras, 2,5 litros de agua y un poco de soja

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La cocina vasca lleva décadas marcando el pulso de la gastronomía española, no solo por el prestigio de sus chefs, sino por una manera de cocinar que pone el producto en el centro.

Es una tradición que nace de lo cotidiano, donde el respeto por la temporada y una técnica precisa permiten que recetas aparentemente sencillas alcancen una intensidad de sabor notable.

Sin embargo, sus trucos más característicos no tienen nada de inalcanzables ni requieren técnicas complejas. Al contrario, se basan en gestos sencillos y bien medidos que cualquier persona puede aplicar en casa.

Entre ellos, encontramos uno que se repite con frecuencia: el refrito —preparado con aceite de oliva virgen extra, ajo y pimentón— no es un mero añadido, sino un recurso decisivo para dar profundidad a muchos platos de cuchara.

La técnica, muy apreciada en todo tipo de guisos, alcanza su máximo potencial cuando se aplica a las lentejas, donde logra realzar el sabor y aportar mayor profundidad al conjunto.

Mientras el aceite actúa como vehículo de los aromas, el ajo aporta un fondo suave y envolvente, y el pimentón introduce un matiz ahumado que eleva el conjunto sin necesidad de recurrir a ingredientes más pesados. Así se consigue un guiso con más personalidad, pero equilibrado.

Además, esta técnica permite afinar el resultado final con mayor precisión. Al incorporarse al final de la cocción, el refrito no se diluye, sino que se integra conservando su carácter, aportando un golpe de sabor reconocible en cada cucharada.

Imagen de unas lentejas.

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Este planteamiento, muy defendido por chefs como Martín Berasategui, no es único. Para los profesionales del norte es fundamental la importancia de la materia prima.

Elegir lentejas de calidad, frescas y con buena textura influye directamente en el resultado, tanto en sabor como en ligereza.

A ello se suma el cuidado en las proporciones, ya que la relación entre agua y legumbre determina la consistencia final del plato.

Con una base bien ajustada, el refrito funciona como el último paso, un detalle que no enmascara, sino que realza todos los matices. Eso sí, el ajo debe cocinarse con atención para evitar que un exceso de tostado aporte notas amargas.

Ingredientes para unas lentejas "vascas"

  • 300 g de lentejas (75 g por persona)
  • 800 ml de agua (o caldo suave)
  • 300 g de aguja de ternera en dados
  • 1 patata mediana
  • 1/2 cebolla
  • 1 pimiento verde
  • 1 zanahoria
  • 3–4 dientes de ajo
  • 1 hueso de jamón
  • 150 ml de cava
  • Aceite de oliva virgen extra
  • 1 cucharadita de pimentón de la Vera
  • Sal al gusto

Paso 1

Empieza comprobando la frescura de las lentejas. Si al morder un grano se rompe con facilidad, no hace falta ponerlas en remojo, lo que además ayudará a que mantengan mejor la textura durante la cocción.

Paso 2

En una cazuela amplia, añade un chorro de aceite de oliva y dora la aguja de ternera a fuego medio-alto. Este paso es importante porque genera una base de sabor más profunda que luego se integrará en todo el guiso.

Paso 3

Cuando la carne esté sellada, incorpora la cebolla, el pimiento verde, la zanahoria y un par de dientes de ajo picados. Cocina todo junto unos minutos hasta que las verduras empiecen a ablandarse y a soltar sus jugos.

Paso 4

En ese punto, añade los 150 ml de cava y deja que hierva unos minutos. Notarás que el aroma alcohólico desaparece y se vuelve más suave, señal de que el alcohol se ha evaporado y quedan solo los matices que interesan.

Paso 5

A continuación, incorpora la patata chascada, las lentejas, el hueso de jamón y el agua. Mezcla bien y deja cocinar a fuego medio durante unos 30–35 minutos, removiendo de vez en cuando y vigilando que no se queden secas.

Paso 6

Mientras las lentejas se están haciendo, prepara el refrito. En una sartén pequeña, añade aceite de oliva y caliéntalo suavemente. Incorpora dos dientes de ajo laminados y deja que se cocinen despacio, sin que lleguen a dorarse en exceso.

Paso 7

Cuando el ajo esté ligeramente dorado, retira la sartén del fuego y añade el pimentón. Remueve rápidamente para que no se queme y vierte este refrito directamente sobre las lentejas que están en la cazuela.

Paso 8

Deja que todo cueza unos minutos más para que el refrito se integre bien y aporte ese golpe final de sabor característico. Prueba el punto de sal y ajusta si es necesario.

Paso 9

Si al final quedan demasiado espesas, puedes añadir un poco de agua o caldo y dar un hervor. Si están demasiado líquidas, tritura un cucharón de lentejas y devuélvelo a la cazuela para conseguir una textura más melosa.

Otros trucos

Además del refrito, la tradición vasca también deja espacio para giros inesperados. Ahí aparece otro nombre clave, Karlos Arguiñano, quien introduce un ingrediente poco habitual en este tipo de platos: el cava. Lejos de ser un capricho, su uso tiene una lógica culinaria muy clara.

El cava aporta acidez y frescura, dos elementos fundamentales para equilibrar la densidad de un guiso de lentejas. Al incorporarlo durante el sofrito, ayuda a desglasar la base, es decir, a recuperar los jugos adheridos al fondo de la cazuela, concentrando así el sabor. Además, su ligera efervescencia contribuye a integrar mejor los ingredientes

Desde el punto de vista del resultado, el efecto es notable. Las lentejas ganan en ligereza, el conjunto se vuelve más aromático y se evita esa sensación pesada que a veces acompaña a los guisos tradicionales. No se trata de que el plato sepa a cava, sino de que el conjunto respire mejor en boca.

Estos 150 ml de cava, o lo que es lo mismo, dos copas, deben añadirse antes de la patata y hay que dejar que se cocinen unos minutos hasta que desaparezca ese aroma inicial a alcohol, momento en el que el sofrito se vuelve más suave y equilibrado y el líquido empieza a integrarse con el resto de ingredientes.

A esto se suma el uso de elementos como el hueso de jamón, que aporta colágeno y profundidad, redondeando el plato sin necesidad de añadir excesiva grasa. Todo se construye capa a capa, con pequeños gestos que, aunque parecen mínimos, marcan una diferencia clara en el resultado final.

Siguiendo los trucos de dos referentes de la cocina vasca como Berasategui y Arguiñano, es posible transformar un plato cotidiano en una receta de alto nivel. No hay magia, sino conocimiento aplicado con precisión.