Agricultores en la recogida de patatas.

Agricultores en la recogida de patatas. iStock

Estilo de vida

Los agricultores españoles coinciden: "Preferimos tirar la cosecha a que nos paguen 80 céntimos el kilo de tomates"

Se trata de la base de la cadena alimenticia y, sin embargo, es uno de los sectores de la economía más castigados.

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El campo español atraviesa uno de sus momentos más delicados. A pesar de que más de medio millón de personas trabajan en la agricultura, cada vez son menos quienes logran vivir dignamente de ella.

Los precios en origen, la presión de intermediarios y la competencia exterior han llevado a muchos productores a una situación límite. "Estamos vendiendo a pérdidas", denuncian desde el sector.

Clara Sarramián es uno de los ejemplos más claros de nuestro país. Es agricultora autónoma en Logroño. Lleva algo más de cuatro años al frente de una pequeña explotación familiar de alrededor de una hectárea y media, heredada de sus padres y abuelos.

"Me daba mucha rabia dejarlo. Tenía los recursos para seguir y quise mantener la tradición", explica. Sin embargo, la realidad que ha encontrado dista mucho de la que conocieron generaciones anteriores.

Su día a día transcurre entre semilleros de tomates, melones y sandías. Gran parte del trabajo lo realiza de forma manual, con azadón y esfuerzo constante. "Físicamente es duro, pero te acostumbras. Lo peor es lo mental", reconoce.

La incertidumbre climática marca su rutina. "No puedes dormir cuando anuncian tormentas. Un granizo te arruina tres meses en cuestión de minutos", afirma.

Pero el mayor golpe llega al intentar vender su producción. Clara recuerda especialmente una campaña reciente: "Me querían pagar la mitad que el año anterior. Preferí tirarla. Si todos pasamos por el aro, vamos en nuestra contra".

Su decisión resume el hartazgo de muchos agricultores que se ven obligados a elegir entre perder dinero o aceptar precios que consideran abusivos.

Márgenes imposibles

Uno de los grandes problemas del campo es la enorme diferencia entre lo que se paga en origen y lo que finalmente abona el consumidor.

Clara lo explica con un ejemplo claro: "Un kilo de tomate me lo han llegado a pagar a 80 céntimos o 1 euro como mucho. Luego lo ves en tienda a tres euros y medio".

En muchos casos, los costes de producción, que se sitúa entre 35 y 40 céntimos por kilo, dejan márgenes mínimos o incluso negativos. "Estamos vendiendo por debajo de coste", insiste.

La presencia de intermediarios agrava esta situación. Cada paso en la cadena encarece el producto, pero no repercute en quien lo produce.

Agricultora trabajando.

Agricultora trabajando. iStock

"Cuantas más manos pasan, peor. Y no es solo el precio, también la calidad. Las cámaras hacen mucho daño al producto", señala.

Ante este escenario, muchos agricultores optan por regalar o incluso tirar sus cosechas. Una imagen que se ha repetido en protestas recientes y que refleja el nivel de desesperación del sector.

Sin relevo generacional

A los problemas económicos se suman otros factores que complican aún más la supervivencia del campo. Uno de los más preocupantes es la falta de relevo generacional.

Más del 90% de los agricultores supera los 60 años, mientras que los jóvenes apenas representan una mínima parte del sector.

Clara lo tiene claro: "A mí me encanta, pero empezar desde cero hoy es prácticamente imposible".

También denuncia la competencia de productos procedentes de fuera de la Unión Europea. "No se puede competir. Allí no tienen las mismas normas y llegan a precios mucho más bajos", explica.

A esto se suma una burocracia que, según muchos productores, ahoga a las pequeñas explotaciones. "Hay muchísimo papeleo y requisitos que no podemos asumir sin perder dinero", añade.

El clima es otro enemigo constante. Granizadas, inundaciones o sequías pueden arrasar meses de trabajo. "He tenido años de invertir todo un invierno y no sacar nada. Cero euros", recuerda.

Clara, agricultora, explica las condiciones laborales del sector.

Incluso los robos forman parte de la realidad del campo. "Nos han entrado en la finca y hasta en el almacén. Es otro problema más", lamenta.

Pese a todo, Clara ha encontrado una pequeña salida en la venta directa. A través del boca a boca y redes sociales, vende sus productos sin intermediarios.

"Económicamente compensa un poco más, pero lo mejor es cuando la gente te dice que hacía años que no probaba algo con ese sabor", cuenta.

Sin embargo, su visión de futuro es incierta. "Me encantaría seguir, pero lo veo muy complicado. Parece que quieren acabar con el pequeño agricultor", afirma.

El campo español, concluye, está al límite. Y su situación no solo afecta a quienes trabajan la tierra, sino a toda la cadena alimentaria. Como recuerda Clara, "estamos hablando de lo más básico: la comida que llega a nuestras mesas cada día".