Camarera de piso limpiando una habitación de hotel.

Camarera de piso limpiando una habitación de hotel. iStock

Estilo de vida

Marimar, limpiadora de hotel: "Nos obligan a fichar cuando se cumplen las 8 horas, pero luego tenemos que continuar"

Mientras que el turismo continúa batiendo récords, miles de mujeres siguen trabajando en condiciones que poco tiene que ver con ese éxito.

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Al llegar a un hotel o una vivienda turística solemos encontrar una imagen impecable, garantía del buen funcionamiento del servicio de limpieza del lugar. Camas perfectamente hechas, baños desinfectados y toallas dobladas al milímetro.

Pero, detrás de esa imagen que a todos nos agrada y nos aporta confianza sobre el alojamiento, la realidad es mucho menos idílica. Son miles de camareras de piso, también conocidas como "kelly's" las que sostienen el sector con su esfuerzo diario.

Marimar, una de ellas, ha puesto voz a una situación que, asegura, lleva años enquistada. "La hostelería ha subido un 40% y a nosotras nos siguen pagando 1,50 euros por habitación", denuncia.

El testimonio de esta trabajadora refleja el contraste entre el crecimiento del turismo en España y la precariedad laboral que sufren muchas trabajadoras del sector.

No se trata de exigir privilegios, sino condiciones dignas. Un reconocimiento real a un trabajo imprescindible que, hoy por hoy, continúa siendo invisible.

Éxito turístico

España vive su época dorada en términos turísticos. En 2025, el país alcanzó los 97 millones de visitantes internacionales, con un gasto que superó los 135.000 millones de euros. El turismo representa ya el 12,6% del PIB y genera millones de empleos.

Pero ese éxito no se traduce en mejoras para todos. Dentro de los hoteles, unas 100.000 camareras de piso trabajan a contrarreloj para mantener los estándares de calidad que exige el mercado.

Lo hacen, en muchos casos, con condiciones laborales que apenas han cambiado en la última década.

"Hace diez años nos pagaban lo mismo que ahora", lamenta Marimar. La sensación de estancamiento es generalizada en un colectivo que, pese a ser esencial, sigue sin ver reflejado el crecimiento del sector en sus nóminas.

Pérdida de derechos

Uno de los principales problemas, según denuncian las camareras de piso, es el modelo de subcontratación.

Antes, muchas de estas trabajadoras formaban parte directamente de la plantilla del hotel. Hoy, en cambio, predominan las empresas externas de servicios.

Este cambio tiene consecuencias directas en sus condiciones laborales. Al no regirse por el convenio de hostelería, sino por el de limpieza, sus salarios pueden ser hasta un 40% más bajos. Además, pierden derechos y estabilidad.

"No somos limpiadoras sin más, somos camareras de piso", reivindica Marimar. La diferencia también implica funciones específicas, cargas físicas elevadas y una responsabilidad directa en la experiencia del cliente.

A esto se suma la vulnerabilidad ante las bajas médicas. El desgaste físico es constante y muchas trabajadoras reconocen automedicarse para poder seguir el ritmo. Se estima que un alto porcentaje sufre dolencias crónicas derivadas del trabajo.

Jornadas invisibles

La rutina diaria de una camarera de piso está marcada por la presión del tiempo. Limpiar entre 20 y 25 habitaciones en una jornada es habitual.

El esfuerzo físico es enorme. Mover colchones, agacharse de forma repetitiva o levantar peso de manera continuada provoca lesiones frecuentes como hernias, bursitis o síndrome del túnel carpiano.

Pero la carga no termina ahí. Muchas trabajadoras con contratos parciales denuncian prácticas irregulares. "Nos dicen que bajemos a fichar cuando se cumplen las horas y luego volvamos a terminar", explica Marimar.

Esto se traduce en horas extra no pagadas ni cotizadas. Un tiempo de trabajo invisible que agrava aún más la precariedad y acelera el desgaste físico, especialmente a partir de cierta edad.

Dignidad laboral

A pesar de las iniciativas políticas anunciadas en los últimos años, como la implantación de camas elevables para reducir el esfuerzo físico, muchas trabajadoras denuncian que, en la práctica, estas medidas no siempre se aplican o carecen de mantenimiento.

El problema de fondo sigue sin abordarse: salarios bajos, exceso de carga de trabajo y falta de reconocimiento. "Somos las esclavas del siglo XXI", afirma con contundencia.

Su realidad también afecta a su vida personal. Tras jornadas extenuantes y con ingresos ajustados, el descanso o las vacaciones se convierten en un lujo inalcanzable. "No tengo dinero para irme en verano. Yo me voy siempre con el Imserso", confiesa.