Andrea, la española que vive en un contenedor junto a su pareja.

Andrea, la española que vive en un contenedor junto a su pareja.

Estilo de vida

Andrea, la española que vive en un contenedor marítimo para ahorrar: "No tenemos ni horno ni microondas para no gastar luz"

La joven vive, junto a su pareja, en un contenedor de 6 metros de largo por 2,40 metros de ancho en el que han invertido unos 25.000 euros.

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En España, el acceso a una vivienda digna se ha convertido en una de las principales crisis sociales de las últimas décadas. La subida continuada de los precios, tanto en compra como en alquiler, ha ampliado la brecha entre los ingresos medios y el coste de un hogar propio.

Según datos sectoriales recientes, más del 76% de los potenciales compradores en España —más de tres de cada cuatro— no puede acceder a una vivienda en la zona donde necesita residir. Y, en cuanto a los jóvenes, solo alrededor del 15 % espera poder comprar una casa en los próximos cinco años.

Las consecuencias son, en muchos casos, extremas. En grandes ciudades turísticas o metropolitanas, donde los alquileres y ventas alcanzan cifras estratosféricas, esta situación se ha agravado hasta el punto de vivir en cabañas, furgonetas o contenedores marítimos reconvertidos en viviendas, como Andrea y Emilio.

Los contenedores marítimos como nuevas viviendas

Los contenedores marítimos reutilizados son estructuras de acero pensadas originalmente para el transporte internacional de mercancías que, en los últimos años, han encontrado una segunda vida como viviendas modulares.

Su solidez y resistencia permiten adaptarlos para uso residencial mediante trabajos de aislamiento térmico y acústico, la instalación de sistemas eléctricos y de agua y una redistribución interior que aprovecha cada metro disponible.

En su versión más básica, estos habitáculos suelen contar con una única estancia principal que integra zona de descanso y estar, una pequeña cocina y un baño completo, todo concentrado en superficies de entre 15 y 20 metros cuadrados.

Su menor coste frente a la vivienda tradicional, la rapidez de ejecución y la posibilidad de instalarlos en terrenos rurales o periféricos han convertido a estos contenedores en una alternativa real para quienes no pueden acceder a una casa convencional.

Entre quienes han apostado por este modelo de vida se encuentran Andrea y Emilio, dos españoles que, tras enfrentarse a una crisis laboral que frustró su acceso a una vivienda convencional, se vieron obligados a buscar una alternativa fuera del mercado inmobiliario tradicional.

La inspiración para una solución diferente llegó a través de YouTube, donde Emilio seguía contenido sobre construcción de casas con contenedores marítimos. Al principio, la idea parecía una locura, especialmente para Andrea, que aunque estudiaba arquitectura no tenía experiencia práctica en construcción.

La historia de Andrea y Emilio viviendo en un contenedor.

Su conocimiento académico fue clave, pero la falta de experiencia en obra fue un reto: ninguno de los dos había puesto un ladrillo en su vida ni utilizado herramientas de obra. Aun así, decidieron embarcarse en la aventura, motivados por la posibilidad de independencia y un proyecto de vida propio.

Tras tomar la decisión, Andrea y Emilio compraron un contenedor marítimo de 6 metros de largo por 2,40 metros de ancho y para facilitar el proceso, colocaron el contenedor inicialmente en el terreno de un familiar, donde contaban con luz y agua.

El diseño interior recayó en gran medida en Andrea, su formación en arquitectura le permitió planificar la distribución, elegir colores y materiales, y transformar el espacio en algo habitable y estéticamente agradable.

El coste total del proyecto rondó los 25.000 euros, una cantidad muy inferior a la entrada que hoy se exige para comprar un piso convencional. La mayor parte del presupuesto se destinó a la compra del terreno, por el que pagaron unos 15.000 euros.

Se trata de una parcela rústica con olivos y almendros, situada a apenas siete minutos del pueblo, que les permite vivir en plena naturaleza sin quedar totalmente aislados.

A la adecuación del contenedor destinaron alrededor de 7.000 euros, invertidos en aislamiento, suelos, paredes y pintura, trabajos que realizaron íntegramente ellos mismos para reducir costes. El contenedor marítimo y los dos transportes necesarios para trasladarlo costaron en conjunto unos 2.000 euros.

A esto se sumaron 1.500 euros para una instalación solar básica que cubre sus necesidades eléctricas mínimas y unos 820 euros para el sistema de agua, que incluye depósitos, bomba y calentador. El mobiliario se resolvió con soluciones económicas y reutilizadas, con un gasto aproximado de 650 euros.

La vida en un contenedor marítimo

A pesar de que vivir en un contenedor marítimo resulta mucho más asequible que cualquier vivienda convencional, la vida en el campo ha implicado ajustes significativos, el primero de ellos la conexión a la red.

Andrea y Emilio disponen de un sistema de placas solares básico que condiciona su consumo eléctrico diario. Esta limitación les ha llevado a prescindir de electrodomésticos de alto consumo como el horno, el microondas o la vitrocerámica, ya que su uso vaciaría las baterías en poco tiempo.

Su electricidad se destina a lo esencial —una nevera de bajo consumo, cargar dispositivos móviles y el ordenador— y, en días nublados, se ven obligados a depender de una batería portátil para evitar quedarse sin luz.

Por otro lado, su gestión del agua depende de tres depósitos de 1.000 litros que se rellenan periódicamente y que deben proteger del sol para evitar la proliferación de algas.

El baño incluye un inodoro químico portátil que deben vaciar en puntos limpios; sin embargo, reconocen abiertamente que, para ahorrar químicos y aligerar su uso, a veces optan por hacer sus necesidades al aire libre, transformándolo en abono.

El espacio interior de 15 m² integra dormitorio, cocina, baño y despacho, y en la actualidad están pensando en instalar una cama plegable para ganar espacio durante el día, así como armarios hasta el techo para maximizar la capacidad de almacenamiento.

Fuera del contenedor, el trabajo continúa. Han tenido que acondicionar el terreno, gestionar zonas donde la lluvia genera charcos y barro, cavar zanjas y mover piedras para drenar agua.

También han creado áreas de ocio con un saco de boxeo colgado de un árbol, una barra de dominadas, zonas de compostaje y planes para un huerto y una futura terraza. Una antigua caseta de piedra en ruinas en el terreno sirve ahora como espacio de almacenamiento y puede ser objeto de reforma en el futuro.

Su canal en redes sociales documenta el proceso con honestidad, reflejando errores, aprendizajes y avances. Andrea y Emilio insisten en que no son expertos ni pretenden convertirse en referentes: su objetivo principal es mostrar que existen alternativas a la hipoteca tradicional.