Natalia Moreno junto a su libro 'Madonna no nació en Wisconsin'.

Natalia Moreno junto a su libro 'Madonna no nació en Wisconsin'. Cedida

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Natalia Moreno: "La vida adulta no empieza con una boda ni con una hipoteca. Empieza con un yogur de limón"

Natalia Moreno
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La vida adulta no empieza con una boda ni con una hipoteca. Empieza con un yogur de limón.

Sucede en la cocina, a una hora sin épica, con el pelo aplastado por la almohada y la luz blanca de la nevera cayéndote encima como un interrogatorio. Abres la puerta y ahí está, el último yogur. El que nadie quiere. El que sabe a rendición y dentífrico.

Lo coges. Lo abres. Lo hueles. No es un olor. Es una sensación, como si alguien hubiera exprimido un lunes por la mañana dentro de un vaso de plástico.

Te lo comes igual. Con cuchara grande. Sin placer. Sin rabia. Como quien firma un papel sin leerlo. Y en ese gesto mínimo, ridículo, casi invisible, empieza a morir algo. Un temblor. Un deseo. Una mujer peligrosa. Porque nadie deja de ser peligrosa de golpe. Nadie se despierta un martes y piensa, “Hoy me convertiré en una persona razonable y aburrida”. La cosa es más lenta. Más de ir por casa.

Un día dices: “Bueno, me lo como yo”. Y ese “yo” empieza a ocupar todos los espacios incómodos. ¿Quién coge el trabajo aburrido de media jornada? Yo ¿Quién se queda en casa esta noche? Yo ¿Quién deja de hacer el ridículo para que todo funcione? Yo.

Y así, cucharada a cucharada, se construye una vida correcta. Una vida sin escándalo. Sin vértigo. Sin alas. Pero mientras me comía aquel yogur, frío como el corazón de una piedra, me pasó algo extraño. Me acordé de la niña que fui: la de las rodillas sucias.

Esa niña no comía yogures de limón. Esa niña habría lanzado el yogur contra la pared y se habría ido corriendo detrás de un pájaro.

Y entonces recordé el verano en el pueblo de las cabras. El polvo pegado a las piernas. Las siestas obligatorias con olor a colchón caliente. Las hormigas cruzando la sandía como si fuera una autopista roja. Los atardeceres en los que la música sonaba tan fuerte que parecía que el cielo se iba a partir.

Fue allí donde la niña tomó una decisión absurda, decidió llamarse Madonna. No por los conciertos. Ni por los sujetadores cónicos. Ni por la fama. Sino porque Madonna parecía una mujer sin peso. Una mujer que cambiaba de piel como quien cambia de chupa.

Y la niña entendió algo, si cambiaba su nombre, quizá también podría cambiar su destino. Llamarse Madonna era como coserse unas alas con purpurina y música demasiado alta. Era una forma de salirse del carril. De no pedir permiso. De abrir la puerta y echar a correr.

Luego crecí. Como crecen todas las niñas que querían otra vida, pagando facturas, ordenando la nevera, pronunciando frases como “es mejor ser sensata” y comprando yogures de limón porque estaban de oferta.

Hasta que una mañana, con la cuchara suspendida en el aire, entendí que no estaba desayunando un yogur. Estaba desayunando mi propia rendición. Y me acordé de la niña. La que se había cambiado el nombre para poder escapar de una vida que ya entonces le quedaba pequeña.

Así que hice lo único que me pareció lógico: escribí una novela. La hice como quien abre un agujero en el techo para ver si todavía entra el aire.

Madonna no nació en Wisconsin es eso, la historia de una niña que decide ponerse un nombre nuevo para no quedarse atrapada en la tierra. Y la historia de una mujer adulta que intenta recordar cómo se abría ese hueco en el mundo.

Porque todas tuvimos uno. Un nombre peligroso. Un nombre con tacones, polvo en las rodillas y canciones a todo volumen. Luego crecimos. Pagamos facturas. Firmamos con el nombre correcto. Y empezamos a comernos lo que nadie quería.

Pero ese otro nombre no desaparece. Se queda flotando dentro del cuerpo, como un globo atado al tobillo. Esperando a que un día, mientras abres la nevera, decidas hacer algo imprudente y maravilloso, dejar el yogur en su sitio, abrir la puerta, y salir a la calle con ese nombre otra vez. Aunque sea solo durante una canción.

Pensé esta historia con todos los aromas de mi infancia todavía pegados a la piel. Con el olor a polvo caliente del verano. Con el plástico del radiocasete. Con la colonia barata de las fiestas del pueblo. Con las cintas rebobinadas con un bolígrafo.

No es una biografía. No es un ajuste de cuentas con mi pasado ni un álbum de fotos disfrazado de novela. Es una ficción.

Una invención construida con recuerdos, sí, pero también con imaginación, exageración y deseo.

La memoria es un material literario extraño, mezcla lo que fue con lo que hubiera querido que fuera. Y ahí, en esa grieta entre verdad y fantasía, nació la novela.

Madonna no nació en Wisconsin está inspirada en los años 80, en su música, su exceso, su promesa de fuga. En esa década en la que parecía que todo podía reinventarse con un nombre nuevo y una canción más grande que el miedo.

Cuenta una posibilidad. La posibilidad de que una niña se invente a sí misma para no resignarse. Y de que una mujer adulta recuerde que todavía puede hacerlo.

Porque al final no escribí esta novela para explicar quién fui. La escribí para no olvidar quién podría volver a ser. Ojalá al leerla algo se encienda en ti y puedas también recordar lo mucho que fuiste. Ojalá la disfrutes tanto como yo al escribirla.

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