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Belleza

La IA complementa el nuevo cuidado estético: "Bien empleada, es muy útil. Si se hace mal, genera errores"

Datos, algoritmos y supervisión dermatológica: cómo la inteligencia artificial transforma la personalización del apartado beauty.

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Matéo Dutfoy
Publicada

La belleza ha entrado en la era de los datos. Aplicaciones que analizan la piel, algoritmos que sugieren tratamientos capilares, herramientas capaces de interpretar una imagen en segundos y generar recomendaciones personalizadas…

La inteligencia artificial ya forma parte del universo estético, pero ¿está transformando realmente el sector o sólo la manera en que hablamos de él?

Para la periodista especializada en esta área desde hace 25 años, Silvia Capafons, el cambio ha sido progresivo. "Primero fue en la forma en la que se hablaba de belleza y ahora está empezando a transformar el sector", explica.

El primer contacto con la IA llegó a través de filtros en redes sociales y simuladores en cirugía plástica que permitían visualizar el resultado de una intervención.

Más tarde, estas herramientas se integraron en centros de estética y consultas, con diagnósticos faciales y corporales cada vez más sofisticados.

Hoy, la inteligencia artificial ya no es sólo marketing digital: forma parte del I+D y del análisis dermatológico.

Permite procesar imágenes con una capacidad superior a la humana para generar información. No se cansa, no se distrae, automatiza procesos y agiliza diagnósticos.

Sin embargo, esta evolución tecnológica también ha modificado nuestra relación con el cuidado personal. "Nos hace más conscientes de lo que necesitamos, pero también más hipervigilantes", señala Silvia.

La hiperpersonalización permite adaptar tratamientos a la edad, al estilo de vida o a necesidades concretas. Pero también puede generar una presión añadida: hemos pasado de la generalidad a lo extremadamente específico. Ahora todo se mide.

"Dormimos con aplicaciones que cuantifican el descanso, controlamos las calorías, el ciclo hormonal, el microbioma o el estado de la piel", añade la periodista. El cuidado intuitivo deja paso a uno basado en datos.

En el ámbito empresarial, Pablo Nueno, cofundador y CEO de Olistic —una marca de nutracéuticos enfocada en la salud capilar y el bienestar integral—, explica que la compañía integra la inteligencia artificial en distintos niveles de su actividad.

La utilizan en la atención al cliente, automatizando parte del diálogo y adaptando respuestas. También en el ámbito científico, donde analizan millones de datos para identificar principios activos relacionados con el crecimiento capilar.

Sin embargo, los estudios clínicos siguen realizándose con estándares propios de la industria farmacéutica, pese a que la normativa española no exige ese nivel de ensayo en el ámbito nutracéutico.

Además, emplean la IA en la captación y comunicación a través de canales como WhatsApp, facilitando el primer contacto y la orientación personalizada.

La empresa trabaja con más de 1.200 dermatólogos, 2.700 farmacéuticos y más de 270 ginecólogos, y remite al especialista pertinente cuando la consulta supera el ámbito cosmético habitual.

Según Nueno, el futuro del sector pasa por una adaptación cada vez mayor a las necesidades del cliente, apoyada en datos pero siempre complementada por el criterio profesional.

Desde el punto de vista médico, el Dr. Antonio Martorell, dermatólogo del GEDET (Grupo Español de Dermatología Estética y Terapéutica), del Hospital de Manises y de la Clínica RBE de Valencia, la situación está clara: "Estas herramientas vienen a ayudar al especialista, no a sustituirlo".

"La inteligencia artificial aumenta la información disponible para la toma de decisiones. Tiene una capacidad mayor que el ser humano para generar datos a partir de una imagen y no se cansa como nosotros", explica.

En dermatología estética, donde cada detalle cuenta, disponer de más detalles puede marcar la diferencia en la personalización de un tratamiento.

Pero el doctor insiste en que siempre debe complementarse con una evaluación clínica. "Van a ser un accesorio. Bien empleadas, son muy útiles. Si se hace mal, pueden generar errores". La IA tiene la capacidad de mejorar la función diagnóstica del dermatólogo, pero no reemplazar la exploración presencial.

Curiosamente, en su consulta no percibe que los pacientes confíen más en un algoritmo que en un profesional. Más bien al contrario. "Muchos pacientes llegan porque la inteligencia artificial les ha sugerido consultar a un especialista", aclara.

No acuden con un citodiagnóstico cerrado, sino con una preocupación: desde una mancha en la piel a una caída de cabello que quizá antes no habrían valorado. La herramienta digital actúa como primer filtro, no como sentencia.

El límite entre orientación cosmética personalizada y acto médico sigue siendo clave. En el ámbito estético, la IA ayuda a diseñar tratamientos a medida, pero la parte médica implica considerar múltiples factores antes de elegir una técnica adecuada.

"Cada paciente es diferente. Esta tecnología genera información complementaria a partir de datos que antes no utilizábamos, pero la decisión final requiere experiencia clínica".

En medio de esta cultura del dato surge una pregunta inevitable: ¿se está convirtiendo la belleza en algo medible?

Martorell responde con una reflexión que remite a los clásicos: "Se hablaba de la cara perfecta, de la estructura perfecta… Pero lo que hace perfecto al ser humano es la imperfección; si no, todos seríamos iguales".

La obsesión por la simetría absoluta puede borrar aquello que nos hace únicos. El dermatólogo recuerda el caso de la actriz Jennifer Grey, de Dirty Dancing (Vestron Pictures, 1988), cuya nariz, lejos de ser 'ideal', le daba personalidad.

Tras someterse a una cirugía para corregirla, perdió parte de esa identidad que la diferenciaba en pantalla. La perfección estandarizada puede resultar paradójicamente invisible.

Porque la belleza, más que una fórmula matemática, depende de cada individuo. "Todo el mundo es bello. Lo que hay que conseguir es tratar esa belleza", subraya el especialista.

Y en ese proceso, la inteligencia artificial puede ser una aliada, siempre que no imponga un molde único.

Las diferencias generacionales también marcan el uso de estas herramientas. Según el doctor, existe una brecha clara. Los mayores de 40 años recurren menos a la IA y confían más en profesionales sanitarios.

Entre los 20 y los 40, la tecnología se asume como complemento. Y por debajo de los 20, la generación nativa digital adopta estas herramientas con naturalidad y busca optimizar su imagen con todas las opciones disponibles.

Pero esa búsqueda constante puede derivar en presión. La hiperpersonalización responde a una necesidad real de autocuidado y longevidad, pero también se ve influida por la exigencia de las redes sociales.

La comparación permanente, la búsqueda de likes y la falsa perfección pueden afectar a la autoestima, especialmente en jóvenes.

La inteligencia artificial ha llegado para quedarse en el ámbito de la estética. Aporta datos, precisión y nuevas posibilidades de adaptación a cada caso.

Sin embargo, ni sustituye al criterio profesional ni redefine por completo el concepto de belleza. La tecnología mide, analiza y orienta. Pero la esencia, esa imperfección que nos hace únicos, sigue escapando a cualquier algoritmo.