Dua Lipa es fan de los maquillajes naturales y jugosos.

Dua Lipa es fan de los maquillajes naturales y jugosos. IG vía @dualipa

Belleza

Cuando un postre japonés se convierte en la gran tendencia de belleza del año: así es el 'mochi make up'

En 2024 el término se acopló al de skin care. Ahora, también copa neceseres para ofrecer un acabado natural, jugoso y que respeta la textura de la tez.

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En 2024 el vocabulario de la belleza empezó a ablandarse, pero de forma literal. A la piel glow, glass o cloud —esa lista de anglicismos que normalmente van precedidos de una almohadilla en redes sociales— se sumó una nueva palabra: mochi. Y sí, es una referencia al postre japonés.

En primera instancia, cuando se comenzó a asociar al universo beauty aparecía como adjetivo, acompañando a la palabra skin. Ahora, en 2026, —aunque se inició en 2025— ha encontrado su traducción natural en el apartado de color: el mochi make up.

Es habitual asociar corrientes de este tipo a influencers o celebrities. Por ejemplo, Hailey Bieber, modelo, empresaria y una multitud de cosas más, ha hecho suyos guiños estéticos como el efecto besada por el sol o la acción de dibujarse pecas. Por su parte, la cantante Sabrina Carpenter se ha aficionado al colorete sobremanera y cuando se habla de blush blindness —'ceguera' por el uso de este producto— la mente viaja directamente a ella.

Sin embargo, aquí la referencia se esconde en la nevera. En uno de los momentos más dulces y esperados: el postre. Y es que es la propuesta nipona la que sirve como base de este estilo de trabajar el rostro. Medios internacionales como Coveteur ya se han hecho eco de la moda. Esta publicación en concreto la ha tildado como "la mayor tendencia de belleza del 2026".

¿Qué características definen a esta estética? Se podría decir que la justa medida de muchos otros términos que han inundado el sector en los últimos años. Se busca un aspecto y una textura que recuerden a la del postre.

El brillo de la piel, en este caso, no es exagerado, pero tampoco se acerca al efecto mate. Se quiere que la tez parezca viva, real, flexible. Una jovialidad que tampoco parezca impostada.

En este caso, no se espera un rostro impecable ni ultratransformado, sino uno que emane los beneficios de la hidratación desde dentro, con volumen natural y un punto de frescura constante. Hay que cuidar, no disfrazar.

Para lograrlo, la rutina cobra más importancia que el maquillaje en sí: limpiezas —dobles— suave, capas ligeras, ese extra de nutrición, fórmulas que refuerzan la barrera cutánea y evitan la tirantez —la sequedad es tan propia de los días fríos como de aquellos que se pasan junto al rumor de las olas—.

El resultado no es brillante en exceso, pero tampoco plano. Es esa luminosidad que se asocia al tan ansiado descanso y al bienestar real. Ese aspecto glowy que va de la mano de la felicidad del turista en vacaciones. Cuando se duermen siete u ocho horas sin sobresaltos, se come de forma pausada y de verdad se saborea la vida.

Para conseguir esto —además de disponer de tiempo de calidad— es interesante explorar propuestas que partan de unos cuidados personalizados.

Teniendo esto en cuenta, aquí entran en juego accesorios como las máscaras LED, las gafas para mejorar el aspecto de la mirada o los parches que acaban con la inflamación de las ojeras. Toda la corriente de llevar la tecnología de la belleza a casa resulta una gran aliada.

Partiendo de esa base, el salto al mochi make up era casi inevitable. Si la piel es blanda y flexible —definirla así recuerda a las características del postre de forma inevitable—, el maquillaje no puede ser rígido. La tendencia propone abandonar texturas secas, polvos pesados y líneas duras para abrazar productos cremosos, modulables y fáciles de difuminar.

En este enfoque, la base pierde protagonismo. Muchas veces se reduce a una BB cream, una propuesta muy ligera o simplemente corrector en puntos concretos. Lo importante es que la tez siga pareciendo real. Se da una especie de celebración de esos detalles que también hacen de ella algo único.

El rubor se convierte en el gesto central: tonos rosados, melocotón o cereza clara, aplicados con suavidad. Tiene que obtenerse una estética parecida a la de después de hacer ejercicio, por ejemplo. Hay que darle vida a las mejillas.

Los iluminadores siguen presentes en la rutina, pero con otra lógica. Son cremosos, sutiles y se integran a la perfección. Se busca un todo, no elementos que destacan de forma necesaria por encima de los demás. Que nada sea evidente para que así todo brille y parezca bien hidratado, pero sobre todo lo esté.

En los ojos, las sombras satinadas o en crema sustituyen a los acabados secos. Los colores de la paleta que dominan la tendencia son los suaves y luminosos, que no endurecen la mirada. La calidez tonal también hace acto de presencia. Las cejas se peinan y se rellenan lo justo, sin arquitecturas marcadas. O que no lo parezcan, al menos.

Los labios siguen la misma filosofía: bálsamos con color, tintes, glosses ligeros. Texturas que nutren y aportan brillo sin definir en exceso el contorno. Ya hace unos meses los labios con acabado blurred sentaron cátedra el pasado verano.

Frente a años de maquillajes estratégicos, contouring preciso y pieles casi irreales, el mochi make up propone una estética más relajada. No renuncia al efecto buena cara, pero lo consigue desde una sutileza aún mayor.

También hay un cambio de fondo en cómo se entiende el plano beauty. El mochi make up y la mochi skin no aspiran a la perfección ni a la duración extrema, por lo que quizás no sean los cuidados ni las técnicas más idóneas para determinados eventos.

No parece casualidad que en el contexto actual esta técnica esté calando, cuando los autocuidados y la cosmética sensorial ganan peso. La belleza se desprende de la coraza que a veces arma sobre el rostro y destila naturalidad.