Susanna Griso y Luis Enríquez el día de su boda.
El sábado pensé que una semana había terminado.
No la de Ceuta. Esa sigue ahí, imponiendo su gravedad y reclamando la inteligencia, la serenidad y el trabajo de quienes tienen la responsabilidad de conducirla y de quienes la seguimos muy de cerca.
Pensé que había terminado otra semana.
La de la guayabera.
Creí que, siete días después de la boda de Luis Enríquez y Susanna, aquella conversación habría agotado su recorrido natural. Me equivoqué. El sábado seguían llegando mensajes. Algunos de amigos. Otros de personas con altas responsabilidades en el Estado. Todos con el mismo tono entre la ironía y el afecto: que si debía abrir una tienda de guayaberas, que si había provocado una inesperada fiebre nacional, que compartiera el nombre de la camisería porque había despertado más de una vocación caribeña.
Es curioso cómo funciona un país.
Mientras una crisis internacional continúa exigiendo toda nuestra atención, una camisa puede conquistar, durante unos días, la conversación colectiva.
Sí, fui yo quien se la regaló a Luis Enríquez. Lo conté el martes en Espejo Público, con Lorena García Díez. No hay misterio alguno. Un amigo escoge la ropa con la que quiere casarse. Otra amiga decide regalársela. Eso es todo.
O, mejor dicho, eso debería haber sido todo.
Porque la historia nunca fue una prenda de lino.
La historia es otra.
Es la velocidad con la que convertimos cualquier detalle en símbolo. Es la facilidad con la que confundimos el foco con la importancia. Es esa extraña capacidad de nuestro tiempo para elevar lo anecdótico a categoría de conversación nacional sin que por ello deje de existir lo verdaderamente importante.
Luis Enríquez hizo exactamente lo contrario de lo que suele hacerse cuando alguien quiere llamar la atención. No buscó construir un personaje. No quiso inaugurar una tendencia. Ni siquiera quiso ser el protagonista de su propia boda. Toda la luz debía recaer sobre Susanna, que estaba sencillamente deslumbrante. Él sólo quería celebrar el amor rodeado de quienes forman parte de su vida.
Y, sin embargo, acabó protagonizando una de las conversaciones más improbables del verano.
Hace muchos años viví mi primera gran tormenta mediática. Almorzaba en Nueva York con mi querida amiga Luz Miriam Toro. Yo estaba abatida. Pensaba que aquella exposición pública era un fracaso. Ella me escuchó en silencio y, cuando terminé, me dijo una frase que entonces me desconcertó y que hoy considero una lección magistral sobre la naturaleza de la opinión pública.
—Salir así en el Page Six cuesta un millón de dólares.
No hablaba de dinero.
Hablaba de la atención.
Con los años he entendido que la atención es uno de los bienes más escasos de nuestro tiempo y, al mismo tiempo, uno de los más arbitrarios. No siempre se dirige hacia lo más importante. Se dirige hacia aquello que, por razones difíciles de explicar, consigue despertar una emoción compartida.
Esta semana esa emoción tuvo forma de guayabera.
Y dejó una consecuencia inesperada. Miles de españoles que nunca habían oído hablar de Luis Enríquez saben hoy quién es. Saben que dirige uno de los grupos de comunicación más importantes de España. Saben que se casó con la mujer que ama. Y saben, también, que decidió hacerlo siendo fiel a sí mismo, sin dejarse dictar el uniforme por ninguna convención.
No me parece un mal legado para una camisa.
Dentro de unos días desaparecerán los memes, los enlaces, las bromas y las imitaciones. Como desaparecen siempre las conversaciones virales.
Lo que permanecerá será otra cosa.
Permanecerá la felicidad de una boda que fue exactamente como sus protagonistas soñaron que fuera. Permanecerá la libertad de haber hecho las cosas sin pedir permiso. Y permanecerá, quizá, una enseñanza que conviene recordar de vez en cuando: la conversación pública raramente coincide con la importancia de los hechos, pero siempre dice algo sobre la sociedad que la sostiene.
Así que ahora, Luis, descansa.
Descansa con Susanna. Ama mucho. Y cuando llegue septiembre, vuelve a hacer lo que mejor sabes hacer: trabajar con inteligencia, dirigir con serenidad y vivir con la misma libertad con la que elegiste cómo querías casarte.
Y, si estas vacaciones encuentras un rato, pásate por la camisería.
Tengo la intuición de que les has regalado el mejor verano de su historia.
Sí.
Soy yo la de la guayabera.