La artista durante su cautiverio.

La artista durante su cautiverio. Cedida

Actualidad

Mariam Bustos, la artista que se encerró 15 días ante la vista de todos: "No estaba más sola dentro que los demás fuera"

La propuesta artística Te doy mi vida tuvo como eje central el miedo, la soledad y la exposición constante ante la mirada ajena.

Más información: Marta Carrasco Ferrer, la profesora que revoluciona las Humanidades: "Su utilidad se mide en calidad democrática"

Publicada
Actualizada

Se trata de una performance de encierro y exposición pública. La actriz y artista Mariam Bustos vivió 15 días aislada en un local con escaparate en el Barrio de las Letras de Madrid, siempre a la vista de los transeúntes.

La idea surgió hace aproximadamente un año. Aunque la protagonista ya trabajaba en distintas representaciones, sentía que no existía un hilo conductor claro. Según explica, el proyecto nació desde una motivación muy personal: "Siempre desde el miedo, porque es para mí un motor artístico que me ha llevado también a la escritura".

Cuando apareció la oportunidad de ocupar el espacio, todo se organizó rápidamente y el montaje se preparó en apenas dos semanas.

El eje fue la soledad, pero entendida como algo complejo y contradictorio. Para ella, no se trataba simplemente de estar aislada, sino de experimentar una soledad observada.

Reflexiona sobre cómo hoy incluso cuando estamos solos rara vez lo estamos en silencio: "Este sentimiento para mí también venía de vivir sin ruido… Llegaba a casa, encendía la tele, vas al baño, vas con el móvil". El proyecto implicaba desconectarse de esos estímulos y enfrentarse a una introspección forzada.

Confiesa que los primeros días fueron especialmente duros: "La tercera jornada pensé que iba a ser imposible aguantarlo". Sin embargo, logró continuar cambiando la estrategia mental y enfocándose en el presente.

La artista tras 'Te doy mi vida'.

La artista tras 'Te doy mi vida'. Cedida

Con el tiempo, comprendió que no había superado todos sus temores, pero sí transformó su relación con ellos: "Creo que sí que he vencido el miedo al miedo… ya no me da pavor la soledad". Esa aceptación marcó uno de los aprendizajes más profundos de la experiencia.

Otro cambio importante fue la forma en la que se percibía a sí misma. Reconoce que antes podía ser más exigente y destructiva en su autocrítica, mientras que tras la experiencia desarrolló una actitud más compasiva: "Hay una autoaceptación que nace desde un respeto y desde un cariño que antes no era así".

Durante los 15 días, la interacción con el público fue parte esencial del proyecto. Las personas se acercaban al cristal, observaban y dejaban mensajes en un buzón donde compartían sus propias inseguridades.

Esa dinámica la llevó a una reflexión inesperada: "Me he dado cuenta de que en realidad yo tampoco estaba mucho más sola ahí dentro de lo que el resto lo estaba fuera". Para ella, esa constatación reveló que la sensación de soledad es más colectiva de lo que parece.

Muchos visitantes le transmitían empatía y admiración. Ese intercambio generó una conexión emocional profunda y reforzó la idea de que la escucha —tanto hacia uno mismo como hacia los demás— puede convertirse en un acto transformador.

También hubo momentos incómodos. Algunas personas acudieron en horarios nocturnos con actitudes poco respetuosas, pero ella lo describe sin dramatizar: "Sí que ha habido gente impertinente… pero no he recibido odio desde ahí, la verdad". Más que conflictos graves, predominó la curiosidad —a veces excesiva— del público. "Me sentía como en el zoo", cuenta.

Uno de los aspectos más difíciles fue la exposición constante. Para ella, el mayor reto no era estar sola, sino estarlo mientras era observada: "Lo que peor llevaba era eso".

Incluso situaciones cotidianas se volvían incómodas por la mirada externa: "Hay cosas que haces en tu casa… que de repente, ¡ay!".

Dormir ante la vista de los demás era algo complicado para la actriz.

Dormir ante la vista de los demás era algo complicado para la actriz. Cedida

Especialmente complicado era dormir sabiendo que cualquiera podía verla y que en ocasiones la despertaban para que no olvidase que estaba siendo vigilada: "Venían a recordártelo, a hacerte saber que tienen claro que estás ahí".

La retransmisión en YouTube añadió otra capa de exposición. Reconoce que tenía "mucho menos control" sobre quién la observaba en línea y que la sensación de ser vista se multiplicaba sin poder identificar a los espectadores.

Esa dimensión digital intensificó la experiencia y amplió el alcance del proyecto más allá del espacio físico.

Con el paso de los días, el lugar dejó de resultarle extraño y comenzó a generar un vínculo afectivo con él.

Cuando salió de aquel local en el barrio de Las Letras, experimentó una mezcla de alivio y emoción: "Se me cayó hasta una lágrima… supongo que porque ahí me reencontré con algo de mí que llevaba tiempo sin reconocer". Habla de que le surgió una especie de síndrome de Estocolmo.

Sin embargo, al regresar posteriormente, la percepción cambió: "Ahora entro y me parece un espacio como muy frío… y digo, ¿cómo he podido estar ahí a gusto?".

Esa transformación muestra cómo el contexto emocional redefine la percepción del entorno.

La mirada del transeúnte también se convirtió en parte activa del experimento. Con el tiempo, comenzó a observar las rutinas de quienes pasaban por delante y a idear sus vidas: "Empezaba a desarrollarlas… supongo que ahí el imaginario ha sido muy interesante".

Algunos visitantes regresaban y otros se despedían con notas y conversaciones, creando una comunidad espontánea en torno al proyecto.

Las performances estructuradas —realizadas tres días por semana a las ocho de la tarde— exploraban miedos concretos. Entre ellos estaban el que se desarrolla a lo desconocido, al abandono o a la muerte.

En una de las acciones utilizó un ataúd; en otra, relacionada con la locura, llegó a comerse un corazón de cerdo crudo.

Eran propuestas técnicamente preparadas, pero abiertas a la improvisación emocional.

Las 'performances' se daban en tres días cada semana.

Las 'performances' se daban en tres días cada semana. Cedida

Aunque las acciones podían resultar impactantes, estaban acompañadas por textos poéticos locutados que no pretendían explicar literalmente lo que ocurría, sino generar una atmósfera interpretativa.

Para ella, ese equilibrio entre estructura y espontaneidad era clave: "Antes de cada interpretación lo que yo me decía era: explóralo, disfrútalo… Luego me salió una cosa mucho más desgarradora".

Antes de comenzar, se preparó también desde el cuidado mental. "Lo hablé con mi terapeuta… estuve meditando bastante para tener mucho control mental", dice. Esa preparación le permitió sostener la exposición sin perder el equilibrio emocional.

El proyecto funciona también como cuestionamiento social. Una crítica a las máscaras que todos nos ponemos de manera cotidiana.

Considera que vivimos en una cultura saturada de estímulos y obsesionada con la validación externa: "Estamos sobreinformados… llegar a casa y no encender algo es raro".

También señala que actividades del día a día como comer o desplazarse suelen estar acompañadas por pantallas: "Es una desconexión muy grande con nosotros mismos y con los que nos rodean".

Una vez transcurridos los 15 días, la experiencia dejó una huella profunda. Al salir, los sonidos y las sensaciones le parecían diferentes y más intensos. "Esa tarde me fui al parque y estaba fascinada mirando unas ramas y unos pájaros", expresa.

La cotidianidad adquirió un nuevo valor y apreciación: la observación de detalles simples se volvió significativa.

Bustos durante su encierro leyendo un libro.

Bustos durante su encierro leyendo un libro. Cedida

El proyecto continúa, ahora en otros formatos. Se ha desarrollado un cortometraje documental que recoge la experiencia desde fuera. Igualmente, Mariam está escribiendo un monólogo de teatro con elementos performativos.

Guardando las distancias, recuerda a otro experimento que en su momento llevó a cabo la deportista Beatriz Flamini. Ella pasó 500 días aislada en una cueva en Granada y también fue documentado. Allí leyó 60 libros y bebió mil litros de agua.

En definitiva, Te doy mi vida no fue sólo un encierro artístico, sino un proceso transformador que convirtió el miedo en herramienta creativa y la exposición en espacio de autoconocimiento.