Un perro y un gato.

Un perro y un gato. istock

Mascotario

Los veterinarios coinciden: perder a tu perro o gato puede generar estrés postraumático, hipervigilancia y reviviscencia

Decisiones como la eutanasia, una enfermedad fulminante, un accidente o ver a nuestros animales sufrir generan un impacto severo en tu sistema nervioso.

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Angelica Rimini
Publicada

En nuestra sociedad, el duelo por la pérdida de un animal de compañía sigue siendo, en gran medida, un dolor incomprendido y minimizado.

La psicóloga Ana Ramírez lo ha escuchado muchas veces: "es solo un animal", "ya te acostumbrarás", "puedes conseguir otro". Pero cada vez resopla y piensa lo mismo.

Detrás de esas frases bienintencionadas pero profundamente hirientes, se esconde un desconocimiento absoluto de la huella psicológica que estos seres dejan en nuestra vida.

La experta sostiene que el impacto va mucho más allá de una simple pena pasajera, advirtiendo que "nadie te cuenta que perder a tu compañero de vida puede generar estrés postraumático, igual que cualquier otra pérdida importante".

Un refugio

Para dimensionar la gravedad de este dolor, es necesario entender la naturaleza del lazo que se rompe. Para muchas personas, un animal no es solo una mascota: es un refugio, compañía, apoyo incondicional, testigo de los días buenos y malos.

La relación que se construye con ellos carece de los juicios, las expectativas y las complejidades que a menudo enturbian las relaciones humanas.

En palabras de Ramírez, "es ese vínculo puro que te hace sentir amado sin condiciones", lo que explica que su partida deje un vacío tan devastador y difícil de llenar en la rutina diaria.

El sufrimiento se intensifica de acuerdo a cómo se desencadenan los hechos, ya que perder a un compañero de vida no siempre es un proceso pacífico. Decisiones como la eutanasia, una enfermedad fulminante, un accidente o verlos sufrir genera un impacto tan severo en tu sistema nervioso que el cerebro lo procesa como un evento traumático, no solo como una tristeza.

La exposición al deterioro físico de la mascota o la responsabilidad de tener que elegir el momento de su muerte alteran la química cerebral, activando mecanismos de defensa biológicos que corresponden a situaciones de peligro extremo.

Es común que, en los días o semanas posteriores al fallecimiento, las personas experimenten sensaciones extrañas que confunden con la locura.

Hipervigilancia y reviviscencia

Según la psicóloga, sentir que todavía se escuchan sus pasos no es una señal de que se está perdiendo la cabeza. "Tu cerebro experimenta hipervigilancia y reviviscencia", afirma. Esta respuesta clínica es una consecuencia directa del cambio drástico en el entorno cotidiano.

La especialista explica que "están tan acostumbrados a protegerlo y a su presencia, que el vacío repentino hace que tu mente recree sus sonidos o repita en bucle los últimos momentos difíciles en la veterinaria", un fenómeno que no es más que el cerebro intentando asimilar una realidad para la que no estaba preparado.

Este estado de shock prolongado se manifiesta a través de dinámicas que alteran el comportamiento del doliente, donde la evitación y la culpa juegan un papel protagonista. El estrés postraumático puede llevar a dos extremos.

El cuerpo puede reaccionar evitando las fuentes de estimulación dolorosa como un mecanismo de supervivencia. Ana Ramírez señala que en este estado "no quieres pasar por la sala, recoger su plato o ver sus fotos porque el dolor es intolerable".

Por otro lado, se puede generar una culpa irracional que tortura los pensamientos de quien se queda. La experta detalla que en esta etapa "tu mente busca respuestas repitiendo el: ¿y si hubiera hecho algo más?", un bucle mental obsesivo que intenta desesperadamente cambiar un final que ya es inevitable.

El aislamiento

La recuperación de este colapso emocional es especialmente compleja debido al entorno en el que se desarrolla. El Trastorno por estrés postraumático (TEPT) es difícil de sanar porque se vive en aislamiento.

Al no ser una pérdida humana, la sociedad espera que te recuperes en tres días, lo que sumerge al doliente en la clandestinidad de su propio sufrimiento por miedo a ser juzgado o tachado de exagerado.

Esa falta de validación bloquea el proceso de tu cerebro para archivar el trauma, dejando la herida abierta y sensible por mucho más tiempo del habitual.

Sin embargo, la experta nos recuerda que el dolor es real, que el trauma es válido y que el sistema nervioso necesita tiempo para volver a sentirse seguro, un proceso que requiere paciencia, autocompasión y, sobre todo, el respeto al ritmo de cada corazón herido.