Un toro, sufriendo durante una corrida.

Un toro, sufriendo durante una corrida. istock

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El hilo invisible del maltrato a los toros en España: "Los que sobreviven a los encierros, terminan muertos igualmente"

Detrás de los focos de las grandes ferias se esconde un laberinto de tradiciones locales marcadas por el sufrimiento animal.

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"Lo crudo de San Fermín, realmente, es que termina en una corrida de toros, aparte de lo que es el recorrido en sí, que es muy estresante para cualquier tipo de bovino", afirma Yolanda, portavoz del Partido Animalista Con el Medio Ambiente (PACMA).

España es la tierra de los festejos taurinos y, aunque desde las agrupaciones animalistas se consideran injustificados, los sanfermines tienen una particularidad: son más aceptados que el resto porque se conciben como una fiesta multitudinaria.

"Es una de las más famosas del país y acude gente de todas partes", añade Yolanda. Incluso personas que se consideran antitaurinas viajan a Pamplona porque lo ven como un gran acto social con amigos respaldado por un despliegue de medios enorme.

Esa masa acude al encierro o a la fiesta que lo rodea, pero muchos evitan la corrida de la tarde por ser la parte violenta y, quizás, la menos conocida internacionalmente. Existen participantes que forman parte de la festividad sin saber cuál es el destino final de los animales.

Piensan que únicamente hacen el recorrido y luego vuelven a la dehesa. Pero la realidad es otra: todos los toros del encierro acaban lidiados y muertos en la plaza. Este año participarán 48 toros y, como indica la portavoz, los indultos son irrisorios, representando apenas el 0,1% del total.

Bous a la mar: el agobio como entretenimiento

Lejos de Navarra, en la costa mediterránea, se celebran los bous a la mar (toros al mar), una festividad típica de la provincia de Alicante en localidades como Dénia, Xàbia y Moraira.

"La pintan como si fuera una tradición de hace muchísimos años, pero en realidad, según lo que está fechado hasta el momento, no tiene tanta antigüedad", cuenta Irina Vega, colaboradora de la organización Animals Movement.

Se trata de una de tantas tradiciones españolas ligadas a festividades religiosas; algo que la activista califica de "bastante paradójico, porque se supone que el cristianismo promueve el respeto a todos los seres, pero aquí se les tortura muchas veces hasta la muerte".

Para llevarlo a cabo, se monta una plaza portátil en el puerto donde uno de los laterales da directamente al mar. El objetivo es conseguir que el toro caiga al agua a base de perseguirle, gritarle y empujarle.

Un toro en el mar.

Un toro en el mar. istock

Antiguamente se permitía golpear al animal con palos que tenían clavos en la punta, hasta que se aprobaron normas que lo prohibían. Hoy en día, esos garrotes se han sustituido por tubos de espuma como los que se usan en las piscinas.

"Vale, eso no hace tanto daño físico, pero si tienes a 100 personas detrás atosigándote y dándote con objetos, hay que mirar el contexto completo", denuncia Vega. "Debemos ponernos en la piel del pobre animal, al que han sacado de su hábitat natural para llevarlo a un sitio donde lo persiguen, lo humillan, le gritan y le agobian bajo un calor extremo".

Al final, la única vía de escape que encuentra el toro para huir de la muchedumbre es tirarse al mar.

Una vida de sufrimiento

"Todavía hay gente que piensa que el toro se divierte o que esto forma parte de un juego", lamenta la colaboradora. Los animales llegan sofocados del campo en camiones, hacinados en cajones cerrados durante trayectos que pueden superar la media hora.

Vega asegura que ha habido casos de toros que, al abrir el contenedor, ya han aparecido muertos por asfixia debido a las altas temperaturas veraniegas.

Los que llegan vivos se enfrentan a horas de agobio. Al caer al agua tratando de escapar, surge otro factor crítico: un toro no sabe nadar; no es un animal acuático y ni sus patas ni su peso están adaptados para el mar. Como caen en la zona del puerto, el animal no hace pie.

En ese momento, unos barqueros se encargan de "ayudarle": le sujetan por los cuernos y reman con él hasta la orilla para sacarlo del agua y volverlo a meter a la plaza, repitiendo el proceso durante horas.

El problema es que, por el propio susto de caer a un medio desconocido y con la multitud gritando a su alrededor, el toro pega bocanadas de aire, traga agua salada y se le encharcan los pulmones.

Debido a esto, se han llegado a ahogar animales en varias ocasiones, por mucho que los operarios intenten rescatarlos de una situación que ellos mismos han provocado. "Lo más indignante es que a la plaza solo caben entre 500 y 600 personas, pero en Dénia somos una población de más de 50.000 habitantes".

"Todos los demás estamos pagando con nuestros impuestos unas fiestas para el disfrute de unos pocos que, con perdón, son unos maltratadores", critica Vega, quien añade que "hoy en día hay información de sobra" para que la sociedad se conciencie.

El año pasado, Animals Movement investigó las cuentas municipales y descubrió que el Ayuntamiento invirtió unos 100.000 euros en este festejo. "Es alucinante que se destine ese dinero a esto mientras en la localidad hay niños estudiando en barracones, muriéndose de calor porque no tienen ni para aire acondicionado".

Los bous al carrer: el sufrimiento por persecución

Además de los toros al mar, en la Comunidad Valenciana son muy comunes los bous al carrer (toros a la calle), donde se libera a los animales por la vía pública. El sufrimiento por persecución y sofoco es idéntico, con la única diferencia de que no implica el agua.

"En Xàbia cambiaron algunas calles para el recorrido, pero me parece una locura que se suelten toros por los centros históricos. Son calles muy estrechas y antiguas donde vive gente muy mayor que a veces no puede ni entrar a sus casas porque el toro está suelto en su puerta. Es una auténtica locura que esto siga permitiéndose a día de hoy", concluye la activista.

La opacidad de los datos y el negocio taurino

Uno de los grandes muros con los que se topa el sector animalista es la falta de transparencia. "No se encuentran datos oficiales por ninguna parte", explica la portavoz de PACMA.

No existe una suma total de animales afectados a nivel nacional, ni tampoco datos claros relativos a la cantidad de dinero público que se invierte.

Según Yolanda, para conocer el impacto económico real habría que auditar ayuntamiento por ayuntamiento, diputaciones, comunidades autónomas e incluso los fondos que llegan desde Europa a través de la PAC (Política Agraria Común) para la cría del toro de lidia.

Llevar un registro es una tarea casi imposible porque muchos encierros, especialmente los de campo, ocurren en pueblos muy pequeños que solo anuncian los festejos en sus tablones municipales o en licitaciones muy específicas de su sede electrónica.

Además, el daño colateral se extiende a otros animales: en estos espectáculos participan caballos que sufren graves accidentes, y muchos toros que logran sobrevivir a los encierros terminan muriendo días después debido a infecciones.

A pesar de ello, la variedad de festejos en la geografía española sigue siendo enorme: toros ensogados, toros embolados, toro al pilón, correbaus, toros de fuego o las llamadas discovacas.

"La mayoría de la gente que disfruta de estas fiestas no lo hace por el sufrimiento en sí, sino que lo aceptan como parte de la diversión: les renta", argumenta Yolanda.

Desde su perspectiva, es difícil que los aficionados reconozcan activamente que disfrutan con el dolor ajeno porque se han criado en entornos donde esto siempre ha sido lo normal y habitual, lo que genera una disociación total con la capacidad de sintiencia del animal.

"Además, cuando reciben comentarios negativos, se lo toman como un ataque personal a sus tradiciones y a su identidad. No entienden que el reproche es por el maltrato animal, no contra ellos".

El misticismo del toro de lidia

Existe, además, un profundo misticismo construido alrededor del toro de lidia. "Los taurinos insisten en que es una raza específica y única para poder justificar las subvenciones europeas destinadas a proteger razas vulnerables o en peligro de extinción, aunque el toro de lidia sea biológicamente un Bos taurus, como cualquier otro".

Asimismo, la portavoz indica que el sector utiliza el argumento de su "carácter bravo" natural para legitimar el trato, bajo la premisa de que el propio animal busca la confrontación: "Es una justificación absurda, similar a la que se usa con los gallos de pelea".

El toro nace y se cría en la dehesa, disfrutando de una buena calidad de vida en comparación con los animales de la ganadería industrial intensiva; una ventaja que el sector taurino utiliza constantemente como campaña de imagen.

Sin embargo, la tortura se concentra al final de sus días. Existen numerosos mitos y secretos a voces sobre las horas previas a salir al ruedo, que van desde dejarlos a oscuras hasta aplicarles vaselina en los ojos o pincharles para alterar su temperamento.

En el argot taurino se dice que el toro "da juego" según lo cabreado que salte a la arena. Aunque ningún profesional del sector lo ha reconocido oficialmente, Yolanda se muestra firme: "Yo no lo puedo afirmar categóricamente, pero conociendo los nulos escrúpulos del sector, no me extrañaría en absoluto".

El blindaje político y cultural

"Desde PACMA hemos hecho todo lo legalmente factible para acabar con las corridas y los diferentes festejos", explica la portavoz.

El principal obstáculo es que muchas de estas prácticas están blindadas culturalmente y amparadas por las leyes de Patrimonio Cultural, una "varita mágica" institucional que impide a las administraciones locales suspender los eventos de forma directa.

A esto se suma la falta de voluntad política generalizada. Aunque se suela asociar la tauromaquia a los partidos de derecha, el mapa municipal demuestra que el escenario es compartido.

Existen multitud de pueblos gobernados por el PSOE que mantienen activos festejos de alta crueldad, incluidos los bous a la mar. "Todos se ponen de perfil para no perder votos", denuncian desde el partido animalista.

Por ello, la vía judicial se convierte en un laberinto burocrático enfocado en revisar licitaciones, falta de permisos o fallos técnicos, ya que los jueces no suelen aceptar las medidas cautelares por maltrato.

A pesar de las trabas, las coaliciones animalistas han logrado hitos históricos en la última década. Uno de ellos fue el del Toro de la Vega en Tordesillas (Valladolid), un torneo medieval donde se perseguía al animal con lanzas en campo abierto.

En 2016, tras años de presión social, se logró que el Decreto de festejos taurinos de Castilla y León prohibiera la muerte del animal en público.

Aunque el municipio intentó reconvertir el torneo usando lanzas más pequeñas, la justicia ratificó que el animal no puede ser herido ni ejecutado ante la multitud (si bien su destino final sigue siendo el matadero).

Por el contrario, otros festejos han reforzado su protección, como el Toro Júbilo de Medinaceli (Soria), un toro de fuego donde se colocan bolas de resina encendida directamente en las astas del animal.

A pesar de que los colectivos lograron una suspensión cautelar hace unos años, finalmente fue declarado de Interés Cultural para asegurar su blindaje legal. "La protección institucional que tiene la tauromaquia en este país da miedo", concluye la portavoz de PACMA.

"Es tristísimo que España presuma de ser un país del primer mundo en derechos sociales y que países en vías de desarrollo nos estén adelantando en bienestar animal; por ejemplo, Egipto acaba de prohibir los paseos turísticos en camello, mientras que en este país los seguimos manteniendo y fomentando".