Un perro y un gato durmiendo en un sofá.

Un perro y un gato durmiendo en un sofá.

Mascotario

Los psicólogos coinciden: cuando un perro o un gato mueren, el duelo se vuelve físico y rutinario

Hay duelos que la sociedad entiende fácilmente y hay otros que todavía parecen necesitar una explicación. El duelo por un animal suele ser uno de ellos.

Más información: Jaume Fatjó, veterinario, sobre la interacción con animales en personas enfermas: "Ayuda a sobrellevar el dolor crónico"

Publicada

El perro de Carla murió un miércoles a las 18:15. A las 9:00 del día siguiente, ella ya estaba sentada en su oficina. No porque tuviera una fuerza sobrehumana, sino porque legal y socialmente no le correspondían días de baja por duelo.

La psicóloga Marta Panizo compartió esta historia en sus redes sociales para visibilizar una realidad silenciosa: la noche anterior, Carla había vuelto a casa con la correa vacía en la mano.

Había recogido la cama de su compañero, guardado sus juguetes y llorado desconsoladamente en el suelo de la cocina. Y aun así, menos de quince horas después, estaba respondiendo correos corporativos como si nada hubiera pasado.

Hay duelos que la sociedad entiende y abraza fácilmente; otros, todavía parecen necesitar una justificación. El duelo por un animal es, lamentablemente, uno de ellos.

La trampa del "era solo un perro"

Carla siguió yendo al trabajo sin contarle a nadie cómo se sentía realmente. No sabía cómo explicar ese vacío. Al llegar a su casa, seguía mirando de reojo hacia la puerta y creía escuchar sus pasos en el pasillo.

Cuando finalmente decidió acudir a terapia con Marta Panizo, las primeras palabras que salieron de su boca reflejaron la culpa que la sociedad nos impone: "Sé que parece exagerado".

Sin embargo, Carla había pasado trece años compartiendo cada día de su vida con él. Ante esto, la psicóloga le planteó una pregunta demoledora pero necesaria. "Si alguien forma parte de tu vida todos los días durante trece años y desaparece de repente, ¿por qué no iba a doler?".

El cerebro no mide el dolor por especies

Minimizar esta pérdida es ignorar cómo funciona nuestro mundo emocional. Como bien explica Panizo, Carla no había perdido "solo a una mascota"; había perdido a quien estuvo a su lado de forma incondicional, incluso durante aquella dolorosa ruptura amorosa que nadie vio venir.

"El cerebro no mide el dolor por especies. No calcula si quien falta tenía dos piernas o cuatro. Lo que registra es algo mucho más simple: antes estaba, ahora no está".

El motivo por el que este duelo suele deslegitimarse es que todavía nos cuesta valorar a los animales como seres sintientes, capaces de tejer conexiones tan profundas como las humanas.

Desde fuera, algunos solo ven a un perro o a un gato; pero quien lo ha querido sabe perfectamente que no está perdiendo a un animal: está perdiendo su vida cotidiana.

Lo que realmente se va cuando fallecen

Cuando una mascota muere, el duelo se vuelve físico y rutinario. La pérdida se siente en los pequeños detalles. Como la rutina: los paseos, las horas de la comida, los hábitos diarios.

El vacío absoluto en una casa que antes estaba llena de vida, pesa. Perder a quien te esperaba al llegar y estaba ahí, en los días buenos y en los malos, también. Por eso duele tanto mirar su rincón favorito por costumbre o sobresaltarse ante un ruido pensando, durante un milisegundo, que sigue ahí.

Al final, la conclusión de la psicóloga Marta Panizo nos invita a una profunda empatía colectiva: el duelo no depende de la especie de quien falta; depende, única y exclusivamente, del lugar que ocupaba en tu vida.