Un gato en una caja.

Un gato en una caja.

Mascotario

Los veterinarios coinciden: los gatos pueden asumir roles dominantes cuando perciben que no hay suficientes recursos

Carlos Gutiérrez detalla cómo la escasez de recursos provoca que un felino bloquee o acose a sus compañeros, generándoles un estrés profundo.

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Angelica Rimini
Publicada

Cuando convivimos con varios gatos, es común observar que uno de ellos expulsa a los demás de las zonas de descanso o exige comer primero. Aunque la tendencia habitual es pensar que estamos ante un gato dominante o un "macho alfa", la realidad es distinta.

Según advierte el veterinario Carlos Gutiérrez, en un vídeo de YouTube, en la mayoría de las ocasiones nos encontramos ante un "gato abusón".

Este acoso constante somete a la víctima a niveles insostenibles de estrés, un problema grave al que muchas familias no prestan atención al asumir, erróneamente, que son simples "reglas de animales".

El origen del problema

El comportamiento de un gato "bully" no nace de la maldad, sino de la inseguridad. Gutiérrez explica que el desencadenante suele ser la percepción de que no hay suficientes recursos, lo que hace que el gato sienta su integridad territorial amenazada por el otro.

Al final, este conflicto se resume en una negociación social que ha fracasado por el acceso a:

  • Comida y agua.
  • Bandejas de arena (areneros).
  • Lugares de descanso.
  • Atención de los dueños (cuando el gato considera al humano como el "tesoro" de la casa).

Las señales

Según el experto, para entender quién es el abusador y quién la víctima, hay que destacar señales específicas para identificar los roles en el hogar.

El gato abusador utiliza el bloqueo, situándose en pasillos o puertas para impedir el acceso a recursos, convirtiendo las rutas de la casa en "auténticas trampas".

También recurre a las emboscadas, esperando al otro a la salida del arenero. A menudo no hay agresión física, sino un lenguaje corporal amenazante: orejas aplanadas, cuerpo pegado al suelo, pelo erizado y mirada fija.

El gato víctima evita el contacto y, cuando se desplaza, lo hace con gran inseguridad: pegado al suelo, con la cabeza baja y la cola paralela al firme. Su respuesta principal es el aislamiento.

El estrés crónico puede derivar en miedos graves, como el rechazo al arenero (provocando cistitis por retención de orina) y una nula afiliación social (incapacidad de jugar o dormir cerca de otros).

El plan de 3 pasos para restablecer la paz

La clave, según Gutiérrez, no es reprimir al abusador, sino cambiar el entorno.

  • Desactivar la competencia

El objetivo es que el gato controlador sienta que sus recursos están asegurados. Entonces, es útil repartir comederos y bebederos por toda la casa. Además, debe haber siempre un arenero más que el número total de gatos.

La verticalidad es un factor importante. Ofrecer árboles para gatos y repisas. Para una víctima, es más fácil sentirse segura y defenderse desde las alturas.

  • Entretener al controlador

Mantener al "bully" ocupado reduce su vigilancia. Se recomiendan juegos extenuantes para quemar energía y el uso de puzles de alimentación, logrando que invierta su tiempo en obtener comida en lugar de acosar.

  • Intervención inteligente

Gutiérrez subraya una regla de oro: "Nunca castigar ni reprimir al gato controlador", ya que esto solo aumenta su frustración.

Si detectas una emboscada, interrúmpela sin contacto físico, "haz un ruido suave o lanza un juguete a otra habitación para desviar su atención. Fomenta la tolerancia jugando con ambos simultáneamente —usando juguetes distintos— para que comprendan que no compiten por el afecto".

Si tras aplicar estas medidas la situación no mejora, es fundamental acudir a un veterinario etólogo. Como medida preventiva, Carlos Gutiérrez recuerda que, ante la llegada de un nuevo inquilino, es vital realizar una presentación gradual y multiplicar los recursos desde el primer día para evitar que el gato residente se sienta desplazado.