El perro de Maya.

El perro de Maya. Instagram

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Maya, educadora canina, sobre la realidad de los perros reactivos: "No están enfadados, tienen miedo: es diferente"

La reactividad no es agresividad, los canes reactivos esconden un miedo y una inseguridad que los hace sentir nerviosos y desbordados por las situaciones.

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Un perro reactivo no es un perro agresivo, aunque a menudo se le perciba así. La reactividad es, sobre todo, una reacción exagerada ante determinados estímulos, una respuesta intensa a algo que el perro vive como demasiado. Así lo explica Maya, educadora canina especializada en perros reactivos, que dedica su trabajo a cambiar la mirada que la sociedad tiene sobre ellos.

En sus redes sociales, Maya defiende abiertamente la tenencia de estos animales, subrayando su dulzura, su lealtad y su enorme capacidad de aprendizaje. Lejos de la imagen de "perro problemático", insiste en que muchos de ellos son auténticos compañeros de vida, sensibles y cariñosos con su entorno cercano.

Una defensa

La reactividad no es un defecto de carácter ni una "maldad", sino una manera intensa de responder a lo que les rodea. Algunos signos habituales son ladrar, lanzarse hacia adelante, gemir, gruñir o quedarse completamente inmóviles cuando aparece un estímulo que les supera. En esos momentos, el perro no está "montando un numerito": se siente inseguro, nervioso o desbordado por la situación.

Maya explica que la mayoría de estos perros, fuera de esos momentos críticos, son tremendamente dulces con las personas y animales que conocen bien. "No están enfadados, tienen miedo: es una gran diferencia", recalca. Su reacción es, muchas veces, una forma de comunicar que necesitan espacio, que algo les preocupa o que no se sienten seguros.

El umbral

Un concepto clave para convivir con un perro reactivo es el del umbral. Mantener al perro "por debajo de su umbral" significa que todavía puede pensar, aprender y atender a su guía sin desbordarse. Cuando está "por encima del umbral", ya ha entrado en modo reacción: ladra, se tensa, tira de la correa o parece "desconectarse" de todo lo demás.

"Al evitar los estímulos desencadenantes, ayudas a que un perro reactivo se mantenga por debajo de su umbral. Estar por encima del umbral es cuando reacciona", explica Maya. Esto no implica vivir en una burbuja, sino planificar mejor los paseos, escoger horarios y rutas más tranquilas, ofrecer distancia de seguridad y enseñarle alternativas (mirarte, olfatear el suelo, cambiar de dirección).

No están rotos: están asustados

Tener un perro reactivo no significa que no esté entrenado ni que haya "fracasado" su educación. Todos los perros reaccionan a los estímulos; simplemente, algunos son más sensibles, más rápidos a la hora de responder y más instintivos. Su reactividad puede venir del miedo, la frustración, la falta de experiencias seguras o incluso la excesiva excitación, pero no tiene nada que ver con ser "malo" o "maleducado".

"Nos tenemos que quitar la idea de que están rotos: no lo están, solo necesitan sentirse seguros", insiste la educadora. Con paciencia, entrenamiento respetuoso y una buena gestión del entorno, muchos perros reactivos mejoran notablemente su calidad de vida. Aprenden a tolerar mejor aquello que antes les disparaba, y sus tutores aprenden a anticiparse y acompañarlos sin castigos ni gritos.

Aprender a tener paciencia

Quien convive con un perro reactivo descubre pronto que no está solo. Hay una comunidad entera de personas viviendo lo mismo, compartiendo miedos, avances y estrategias. Si tienes un can reactivo, es importante recordar que pedir ayuda profesional no es un fracaso, sino un acto de amor hacia tu perro.

Maya insiste también en los aspectos positivos de compartir la vida con estos animales. Se forma un vínculo único con su persona de referencia: te conviertes en su espacio seguro, en quien le da calma, comprensión y estructura. Cada pequeño paso adelante se vive como una enorme victoria. Donde otros solo ven "un perro que ladra", tú ves la primera vez que consiguió pasar junto a otro perro sin tirar, o el día que pudo esperar tranquilo en una terraza.

"Con un perro reactivo aprendes a celebrar lo que otros ni siquiera perciben". Maya cuenta que te enseña a tener paciencia, a respirar hondo, a ajustar expectativas y a valorar el proceso más que el resultado perfecto. Poco a poco, te vuelves experto en leer el lenguaje corporal: notas cuándo se tensa, cuándo desvía la mirada, cuándo necesita girar y alejarse antes de que la situación le supere.

"También te conviertes en su defensor". Aprendes a decir "no" a saludos invasivos, a acercamientos sin permiso y a comentarios injustos. Te vuelves su voz cuando él no puede explicar que lo que necesita es distancia, tiempo y respeto. "Estás más presente en los paseos, más atento al entorno y a cómo lo vive tu perro".

Son perros increíblemente observadores e inteligentes, capaces de aprender mucho cuando se sienten seguros. A cambio de tu dedicación, te regalan lealtad, confianza y una relación profunda que se construye día a día. Lejos de ser "un problema", un perro reactivo puede convertirse en el compañero que más te enseñe sobre empatía, paciencia y amor incondicional.