Rosa Montero y Petra.

Rosa Montero y Petra. Isabel Wagemann

Mascotario

Rosa Montero, sobre su teckel de 10 años: "Hace poco tuve un virus fuerte y Petra no se despegó de mí durante 3 días"

La escritora cuenta cómo se forjó el vínculo con su perra, su historia y cómo se ha convertido en su mayor apoyo cotidiano.

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Petra no da la impresión de ser un personaje secundario en la vida de Rosa Montero. Teckel de pelo duro, miniatura de cinco kilos y medio, diez años y un carácter entre dulce y aprensivo.

Es "ñoña, mimosa, miedosa y buenísima", dice la escritora, en una entrevista con Mascotario, con esa mezcla de cariño y lucidez que también aparece en sus libros.

Sin embargo, no soporta las despedidas. "Estoy hartísima de que te vayas de viaje", es lo que le diría su perra si pudiera hablar.

Rosa tampoco disimula su apego: ha renunciado más de una vez a cenas, viajes o restaurantes que no admiten perros. No lo considera extravagante; simplemente, su vida está organizada en torno a esa compañía que no deja huecos.

Una parte de su familia

Confiesa que jamás la ha visto como una "mascota". De hecho, detesta la palabra. "Los animales siempre formaron parte de mi familia. Llevo viviendo con perros, normalmente dos, unos 45 años", explica.

Según ella, los animales de convivencia te dan algo que los humanos no pueden darte: "te reconectan con tu parte animal. Te serenan, te completan, te hacen sentir más armónico y más dentro de la vida".

Habla de Petra con un respeto casi filosófico, creyendo fuertemente en las evidencias ciéntificas que demuestran que convivir con un perro es terapéutico. "Quien no ha amado a un animal tiene parte del alma dormida", recuerda, citando a Anatole France.

Quizá por eso nunca se avergüenza de hablar con ella; lo hace tanto que ya forma parte del lenguaje cotidiano de su casa. Las rutinas entre ambas están llenas de gestos secretos.

Cuando Rosa hace gimnasia, Petra corre a buscar los juguetes para que se los lance sin descanso. Si oye la palabra "quieta" y ve la mano extendida, se inmoviliza al instante. No hay artificio en esa comunicación: solo la complicidad que da el tiempo.

'Plumas y pelos'

Han pasado diez años juntas, y las dos han desarrollado una sensibilidad común. "Hace poco tuve un virus fuerte y Petra no se despegó de mí durante tres días. Duerme conmigo, sí, pero normalmente no está tan pegada. Esta vez se convirtió en un pequeño parche de consuelo", cuenta, riendo. "Además, me encanta su olorcito acre a animalillo limpio".

En cuanto a virtudes, la escritora lo tiene clarísimo: "En generosidad, entrega, lealtad y amor, ella me gana por goleada". Y, añade, la supera también en plenitud: los perros te ayudan a reconciliarte con tu cuerpo, a volver a habitar el presente.

Petra la mira de mil formas: con amor total, pero también con irritación, expectación o curiosidad. Ambas disfrutan de la montaña, su refugio compartido. Y si su historia tuviera título, Rosa lo tiene pensado: Plumas y pelos.

Un agujero enorme

Piensa a menudo en el día en que Petra ya no esté. "Soy su mundo, así que me recordará como su universo entero. Yo llevaré en mi cabeza y en mi corazón a todos los perros que he tenido".

Para ella, Petra ha sido la más dependiente y eso no siempre es bueno… pero su dulzura la tiene absolutamente rendida. "Será un agujero muy grande".

Entre risas, confiesa la última norma doméstica que Petra ha impuesto: "Desde que llegó ya no puedo leer en la cama. En cuanto apago la luz, deja de gruñir".

Y así, entre páginas cerradas y respiraciones acompasadas, Rosa Montero vive con su teckel —mitad sombra, mitad maestra— convencida de una verdad simple y luminosa: que los animales nos devuelven a lo que somos, y que amarles es una forma de volver a casa.