Charles Vinick y Keiko, la orca macho que protagoniza la película Free Willy, en Islandia.

Charles Vinick y Keiko, la orca macho que protagoniza la película "Free Willy", en Islandia. Charles Vinick

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Charles Vinick (78), científico y dueño del primer santuario para cetáceos: 80 hectáreas de mar para refugiar a 10 ballenas

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Liberad a Willy (1993) no fue solo una película que marcó una nueva narrativa en el panorama cinematográfico: fue una historia real que significó un antes y un después en la defensa de los derechos animales.

Keiko era el nombre de esa orca macho que se convirtió en una estrella mundial cuya vida estuvo marcada por el cautiverio. Capturada en Islandia en 1979, se transformó en un fenómeno de diversión familiar en los acuarios de Islandia, Canadá y México.

La pobre criatura vivió décadas en un tanque de pocos metros, sufriendo problemas de piel y dientes por la falta de agua salada y condiciones adecuadas. Pasó la mayor parte de su vida sola, sin relacionarse con otros de su especie, mirando hacia arriba, hacia ese público que quería verla "bailar".

Hasta que activistas, entrenadores e investigadores conocieron sus condiciones, y ya no se pudo mirar hacia otro lado. Su vida cambió drásticamente en 1993 con el estreno de la película, que impulsó una campaña global para su liberación.

Charles Vinick, director ejecutivo del Whale Sanctuary Project, lideró el esfuerzo para devolver a Keiko a Islandia hace 27 años. "Aprendimos, al llevarlo de vuelta, que era muy difícil devolver una ballena a sus orígenes", cuenta en una entrevista con Mascotario.

"Sabíamos lo fácil que era capturar una, pero devolverla al océano abierto fue muy difícil". Vinick recuerda que Keiko amaba el océano: creció siete pulgadas y aumentó 900 kilos tras su liberación. Se convirtió en un animal robusto y saludable.

Una soledad perpetúa

Le encantaba salir a nadar y parecía prosperar en ese entorno oceánico. "Pero no pudimos encontrar a su familia, y no se unió a otra manada de ballenas", explica. Siempre se mantenía a unos 100 metros de distancia cuando nadaba junto a las de su especie en libertad.

"Lo que realmente aprendimos durante esos cinco años en Islandia y Noruega fue que necesitábamos encontrar una manera de cuidar a esos animales en el océano abierto". Aunque libre, Keiko seguía dependiendo del ser humano.

Cuando le presentaron por primera vez pescado vivo, lo tomaba suavemente y se lo devolvía. "Pensó que eso era lo que debía hacer, por su entrenamiento", recuerda Vinick. Le costó tiempo aprender a vivir fuera de las prisiones donde trabajaba para el entretenimiento humano. No conocía la libertad ni la vida sin mandatos.

Tristemente, Keiko murió a los 27 años, en 2003, a causa de una neumonía aguda, provocada por un resfriado que se agravó debido a su debilitado sistema inmunológico tras años de cautiverio.

Un nuevo proyecto

A pesar de los esfuerzos por su liberación, nunca logró adaptarse completamente a la vida salvaje y buscó repetidamente el contacto humano. Con su historia, Vinick y su equipo comprendieron que, después de tanto tiempo de maltrato, una liberación inmediata no era posible.

Era necesario seguir proveyéndoles alimento, atención veterinaria y estimulación, pero también ofrecerles aguas profundas, espacio para alejarse cuando lo desearan y cierto nivel de autonomía. "Eso llevó a diseñar el primer santuario de ballenas, donde la naturaleza existe dentro de un entorno seguro y controlado".

Hoy, Vinick tiene casi 80 años y sigue más activo que nunca. Trabajó con Jacques y Jean-Michel Cousteau, los famosos oceanógrafos que transformaron un viejo dragaminas en el icónico barco de investigación Calypso. Exploraron el mundo submarino, documentando sus maravillas. Desde que Vinick tuvo la oportunidad de trabajar con ballenas en libertad y observar cómo viven, nunca volvió atrás.

"Necesitamos centrarnos en el planeta y en los animales. Las ballenas no tienen pasaportes: son globales. Tenemos que aprender de ellas". Así nació el Whale Sanctuary Project.

Crear un santuario

La fundadora del proyecto, la Dra. Lori Marino, es una de las expertas más reconocidas del mundo en el estudio de los cerebros de ballenas y delfines. Fue la primera en demostrar científicamente que estos animales poseen autoconciencia. Lo llamó "el experimento del espejo", porque los animales demostraron que podían reconocerse a sí mismos.

Desde entonces, la neurocientífica se comprometió a estudiar sus comportamientos en parques marinos. "Sintió que ese ambiente no era real para ellos y que no podían desarrollar su comportamiento natural", cuenta Vinick. El cautiverio genera estrés, desintegra sus estructuras sociales, debilita su sistema inmunológico y anula sus instintos.

Transforma a un animal libre en un esclavo. "Entonces, en 2016 —hace nueve años— varios de nosotros decidimos que era hora de pasar de hablar de santuarios a crearlos", recuerda. Fundaron el Whale Sanctuary Project en 2017 y comenzaron la búsqueda de un lugar en Norteamérica. Evaluaron sitios en Columbia Británica, Nueva Escocia, el estado de Washington y Maine.

"Nos enfocamos en las ballenas más grandes en cautiverio: belugas y orcas. Ellas prefieren aguas frías, así que buscamos entornos adecuados para sus necesidades".

Un destino que no se elige

Los animales que provienen del cautiverio nunca se recuperan del todo. "Cuando llevamos a Keiko a Islandia, pensamos que en uno o dos años se uniría a una manada y se internaría en el océano por su cuenta", explica Vinick.

"No lo logramos, y las personas que nos ayudaban debieron volver a casa, con sus familias". Esa experiencia les mostró la necesidad de un santuario que combinara la paz del entorno natural con la cercanía de la socialización humana.

El fundador explica que seguirán alimentando a los animales y realizando controles veterinarios regulares. "Tendremos contacto táctil con ellos cuando lo deseen, si lo desean. La gran diferencia es que ellos eligen".

En el santuario, los mamíferos marinos tienen autonomía para decidir cuándo acercarse y cuándo mantenerse alejados. Pueden hacerlo, pero seguirán interactuando, porque esa estimulación también forma parte de su bienestar.

Mirar hacia arriba

Charles y su equipo buscan cambiar su orientación. "En la naturaleza, las ballenas pasan la mayor parte del tiempo mirando bajo el agua, buscando presas y explorando el mundo submarino", dice Vinick.

"En los parques marinos pasan todo el tiempo mirando al público. Queremos cambiar eso". Por ello, les ofrecen estímulos naturales debajo del agua: flora, fauna, cangrejos y peces planos.

El santuario es 150 veces más grande que un tanque de exhibición. Es más profundo y contiene agua viva que se mueve naturalmente con olas, corrientes, lluvia y nieve. Aún están finalizando su construcción.

Tras tres años de estudios ambientales, recibieron en concesión 80 hectáreas de espacio acuático por parte del gobierno de Nueva Escocia, y esperan dar la bienvenida a las primeras ballenas en el verano de 2026.

Las orcas de Francia y belugas de Canadá

En una primera etapa, acogerán un máximo de diez animales, para evaluar la capacidad del entorno. "Es nuestra estimación basada en estudios hidrodinámicos y en el comportamiento natural de las mareas", explica.

Ahora su prioridad es recaudar los fondos restantes para completar la infraestructura. El presupuesto total es de 15 millones de dólares, que necesitan invertir rápidamente para recibir a orcas de Francia y belugas de Canadá.

"Ambas poblaciones están en crisis y estamos tratando de colaborar lo más posible con ambos gobiernos por el bienestar de estos animales". Muchas de estas ballenas viven en un limbo.

El dueño de algunas de ellas llegó a amenazar con matarlas si no se le permitía venderlas a China, lo cual viola la ley canadiense. "Queremos ofrecer una solución y traer algunas al santuario, si nos lo permiten", afirma Vinick.

Sin dueños y sin leyes

Cree que este es uno de los grandes problemas actuales. Aunque las leyes han avanzado para prohibir el cautiverio de ballenas y delfines, aún no hay una solución para los animales que ya viven atrapados.

"Los parques cierran, pero los animales se quedan sin cuidados. Están atrapados entre dueños que no los quieren y leyes que exigen su traslado", advierte.

Por eso, crear santuarios no es una opción, sino una necesidad vital. Además del de Nueva Escocia, se están abriendo refugios de delfines en Italia, Puerto Rico y Grecia. "Ahora necesitamos hacerlo juntos", insiste.

"Esperamos que el modelo que hemos creado sea un referente. Compartiremos el diseño, la información y colaboraremos en todo el mundo por un movimiento global que proteja a las ballenas".

Los refugios de los océanos

Al igual que existen santuarios para elefantes, chimpancés o grandes felinos, también los océanos necesitan sus propios refugios. Al menos, hasta que cierren todos los zoológicos y parques acuáticos.

Vinick estima que hay más de 3.000 ballenas y delfines en cautiverio, la mayoría en China, donde se siguen construyendo parques marinos. Pero ya nadie los captura en la naturaleza.

En 2019, estuvo en Rusia durante la captura más grande de la historia: 87 belugas y 10 orcas. "Los activistas presionaron al gobierno y logramos que las devolvieran al mar". Fue la liberación más grande jamás registrada, y desde entonces Rusia prohibió nuevas capturas.

"Hoy debemos aprender de los animales, no rechazarlos", dice Vinick. "En la naturaleza, nunca se atacan entre sí. Solo matan lo que comen. Y nosotros no podemos decir lo mismo. ¿Cuál es la cultura más avanzada?", se pregunta irónicamente. Trabajar con los animales no es una experiencia a corto plazo, sino un compromiso de por vida.