La Isleta del Moro
La villa marinera ideal para comer pescado fresco: con 200 habitantes y playas con aguas cristalinas
El conjunto permanece protegido dentro de uno de los espacios naturales más valiosos de Europa, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1997.
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Andalucía guarda pequeñas localidades que parecen inmunes al paso del tiempo. La Isleta del Moro, enclavada en el corazón del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, es una de ellas. Con 200 habitantes en un puñado de casas blancas que se agolpan junto al mar, este islote es una de las joyas del pueblo de Níjar, en Almería.
El conjunto, a unos 43 kilómetros de la capital almeriense, permanece protegido dentro de uno de los espacios naturales más valiosos de Europa, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1997.
El pueblo debe su nombre singular a una historia cargada de leyenda. La pequeña isleta de roca que asoma frente a la orilla fue, según los relatos históricos, refugio habitual de piratas árabes y berberiscos que asolaban las costas almerienses durante los siglos XVII y XVIII.
Los restaurantes de La Isleta del Moro llevan décadas sirviendo lo que los propios marineros traen cada mañana: sargo, breca, pollico, lecha, gallo pedro, además de mariscos frescos.
La oferta es sencilla, como lo exige la tradición pesquera artesanal que sostiene la economía del pueblo desde el siglo XIX, cuando el núcleo surgió para abastecer de proteína marina a los mineros de oro de Rodalquilar, a poco menos de cinco kilómetros.
La Playa del Peñón Blanco, la más extensa del pueblo con 400 metros de arena fina, recibe su nombre de la roca clara que preside su extremo. Sus aguas cristalinas son ideales para el baño y el snorkel.
A media hora a pie, la Cala de los Toros reserva una pequeña ensenada de aguas aún más vírgenes. El pueblo cuenta además con dos centros de buceo, y el principal destino de inmersión es el Arrecife de las Sirenas, donde la biodiversidad marina del parque se muestra en toda su plenitud.
Quien visita La Isleta del Moro acaba, inevitablemente, en el embarcadero. El espigón junto al que reposan las barcas de colores es el eje gravitacional de la vida local.
Desde allí, girando hacia la izquierda, se divisa el islote que da nombre al lugar: una mole rocosa que parece flotar sobre el agua a pocos metros de la orilla. El pueblo, escenario de varias producciones audiovisuales, ha visto crecer su popularidad turística en los últimos años.