Vista del Castillo de La Calahorra.
El bonito pueblo que conserva un castillo renacentista: con murallas imponentes y perfecto para una escapada
Mantiene la apariencia de una gran fortaleza medieval con murallas gruesas, torres defensivas y una silueta visible desde kilómetros.
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A los pies de Sierra Nevada y rodeado por los paisajes del Marquesado del Zenete se encuentra La Calahorra, un pequeño pueblo granadino que guarda una de las fortalezas más sorprendentes de Andalucía. Su gran símbolo es el Castillo de La Calahorra, una imponente construcción levantada sobre una colina a más de 1.200 metros de altitud.
Desde la distancia, el castillo mantiene la apariencia de una gran fortaleza medieval con murallas gruesas, torres defensivas y una silueta visible desde kilómetros. Sin embargo, tras su aspecto militar se esconde uno de los interiores renacentistas más importantes de España.
La fortaleza fue construida a comienzos del siglo XVI por Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, marqués del Cenete e hijo del cardenal Mendoza, sobre los restos de una antigua construcción andalusí. Después de viajar por Italia, el noble decidió levantar un palacio inspirado en el Renacimiento Italiano, importando artistas, técnicas y mármoles directamente desde Génova y Carrara.
El resultado fue una obra pionera para la arquitectura española de la época. El interior destaca por un espectacular patio renacentista rodeado de galerías de columnas corintias, decoración clásica e inscripciones humanistas que contrastan completamente con la imagen defensiva del exterior.
Además de su valor artístico, el castillo también posee una enorme importancia histórica. Durante siglos controló las comunicaciones del antiguo Marquesado de Zenete y llegó a desempeñar un papel clave durante la Rebelión de las Alpujarras en el siglo XVI.
Tras décadas prácticamente cerrado, el monumento pasó en 2025 a manos de la Diputación de Granada y lo abrió finalmente al público con visitas guiadas.
Más allá del castillo, La Calahorra conserva el encanto de los pequeños pueblos históricos granadinos. Sus calles estrechas, las casas blancas y las vistas constantes hacia Sierra Nevada crean una identidad muy diferente.
Pasear por el municipio permite descubrir pequeñas plazas, rincones tradicionales y miradores desde los que la fortaleza aparece alzándose sobre el cerro. Precisamente esa imagen del castillo se ha convertido en una de las estampas más famosas de la provincia de Granada.
La escapada también permite descubrir una cocina muy ligada a la tradición rural y a la herencia morisca de la comarca. El clima frío de la zona ha dado lugar durante siglos a recetas contundentes y muy vinculadas a los productos locales.
Entre los platos más típicos destacan las migas, las tajas adobadas, el rin ran o el tradicional sustento, elaborado con patatas, costillas, ajos y chorizo. También son muy conocidos los quesos artesanales de cabra y oveja, además de los embutidos tradicionales elaborados de manera artesanal.
Para los golosos, los dulces más típicos son los boladitos de calabaza, los roscos de huevo o los llamados falsos huevos, uno de los postres más curiosos y tradicionales de la comarca compuestos por bizcocho, flan y chocolate, y recubiertos por una capa de nata y melocotón.