En casa estamos de vísperas, porque en la madrugada del 23 de septiembre nos vamos los cinco a Gdansk, la ciudad de Lech Walesa y su mítico sindicato Solidarnosc, con las dos últimas letras acentuadas en la palabra original polaca, paladín de la libertad y los derechos de los trabajadores en la oscura Polonia de los primeros ochenta del siglo XX, dominada por aquel general de gafas oscuras que respondía al nombre temible de Jaruzelski.

Los que fuimos jóvenes entonces y espectadores de telediarios y programas informativos no hemos olvidado aquellas noticias, ni las imágenes de las movilizaciones multitudinarias contra un régimen que debía proteger a los trabajadores y a las clases populares, pero que vivía contra ellas. Así que el viaje a Gdansk, desde donde nos desplazaremos a Olsztyn, destino final, se ha convertido en un ejercicio de memoria, que no de nostalgia.

Pero no se trata de un viaje turístico, no. Uno de nuestros hijos pasará un año Erasmus en aquella lejana ciudad polaca, y allá que nos vamos todos porque nos apetecía acompañarlo y pasar unos días juntos en familia.

Este viaje y todas sus ramificaciones me han hecho recordar que yo mismo, en 1989, pude irme de Erasmus, apenas dos años después de la primera convocatoria, cuando en la Universidad de Málaga buscaban alumnos para beneficiarse del programa.

Y aunque recuerdo las palabras de ánimo para que me fuese de uno de mis profesores, Paco González Fajardo, y también una escena similar con Tomás Pérez Benz, compañero de estudios en el colegio de los Maristas, en Económicas y ahora en estas columnas semanales en El Español de Málaga, lo cierto es que no me fui, por una mezcla de cobardía y comodidad.

Y es que yo vivía muy bien en Málaga en aquellos momentos, y andaba demasiado entretenido, con mi novia Nuria, que leerá este artículo, o con mis aventuras en la Asociación Internacional de Estudiantes de Ciencias Económicas y Empresariales, la mítica AIESEC que hizo de sus miembros una suerte de vanguardia de los intercambios internacionales de estudiantes.

Por no hablar de la delegación de alumnos, del departamento de actividades culturales, del bar de Económicas, las fiestas en los aparcamientos y todo el frenesí de estímulos de aquella época.

Así que fui cobarde y no me atreví ni a intentarlo, por mi inseguridad con el inglés como excusa formal de cara a mí mismo, pero con la idea (in)consciente de que no merecía la pena complicarme la vida, con todas mis inquietudes cubiertas y arrastrando asignaturas pendientes con cierta despreocupación. Porque, a fin de cuentas, ¿quién piensa en el futuro cuando tiene 20 años?

Craso error, del que me he arrepentido toda la vida. Tomás Pérez Benz reniega de la conversación que recuerdo que tuvimos para apuntarnos los dos a la prueba de idiomas, así que he comprobado en Google que la Universidad de Málaga participa en el programa Erasmus desde 1987, año de su primera convocatoria, y que seis alumnos de la UMA vivieron aquella pionera aventura inolvidable, algunos de ellos conocidos: Rocío Claros, Salomé Castellanos, Mercedes Varona, Francisco Jiménez, Rafael García y Pedro Vigil, a quienes el Diario SUR dedicó un reportaje en 2017, treinta años después. Así que mis recuerdos de 1989 tienen sentido y parecen veraces.

Ahora algunas cosas son más fáciles, pero otras no. Hay más vuelos, y más baratos; las combinaciones son mejores; la oferta es mucho más amplia y creo que hay más familias que pueden afrontar los gastos que conlleva un año Erasmus, que son altos pese a las becas. Por otra parte, en ciudades asediadas por el turismo es cada vez más difícil encontrar vivienda, y hay quien tiene que renunciar por este motivo.

En todo caso, se trata de una oportunidad magnífica que cambiará la vida de quienes la aprovechen, porque se puede conocer a gente de todo el mundo y ese año fuera de casa supone el primer paso en ese proceso de emancipación que en España ha sido dinamitado por la mala planificación, el precio de la vivienda y las pobres e inestables condiciones económicas de entrada al mercado laboral.

Nos vamos a Olsztyn, pues, y llevamos semanas mirando el clima -lluvioso y poco amable-, el entorno, los sitios para comer. Tres de nuestros sobrinos ya hicieron su Erasmus en Polonia, así que en casa hay familiaridad con el Soplica, ese brebaje polaco que causa furor entre la juventud hispana desplazada.

Además, las redes sociales funcionan y una empresa ha creado ya un grupo de whatsapp con los 50 chavales españoles que pasarán el curso en esa ciudad polaca, e incluso ha organizado un encuentro específico para Erasmus españoles de la zona en Gdansk, en un garito llamado Búnker y que parece haberlo sido, del que ya hemos visto fotos y preguntado si dispone de salida de emergencia, porque creemos que no la tiene. Cosas de padres.

La chavalería Erasmus anda emocionada y eufórica, por supuesto. Todos los planes son de viajes, fiestas y turismo, por encima de estudios y convalidaciones.

Entre los planes más locos está el de ir en tren (unas siete horas de viaje de ida) desde Olsztyn a una fiesta de Halloween en Cracovia. Ya hay gente que lo ha pagado: bendita juventud.

Una idea descabellada que nos ha recordado a todos los Erasmus españoles que nos encontramos cuando España jugó en octubre de 2021 la final de la UEFA Nations League contra Francia (que perdimos 2-1), un partido que nos pilló de casualidad a mi mujer y a mí en Milán, y que congregó a decenas de estudiantes españoles en Italia, jóvenes que habían cogido los trenes más lentos, incómodos y baratos para poder ver el partido de la Selección.

Por cierto, España juega el sábado 26 contra Inglaterra en Wembley, y a Polonia nos llevamos todos nuestras camisetas nuevas, con la segunda estrella, compradas en internet para la ocasión.

Intentaremos ver el partido en una cervecería checa que ya hemos localizado, quizás con otros estudiantes españoles, con el mismo espíritu con el que aplaudimos las victorias en el Mundial.

Yo me pedí el 7 de Ferrán, porque en el colegio fui el número 7 de mi clase muchos años (Agudo, Aragón, Aranda, Bandera, Bañares, Bautista, Benítez…) y me gusta ese número. Que Ferrán metiera el gol definitivo es un añadido agradable, y nos hace ilusión ejercer de españoles en Polonia.

Nueve meses de separación, con alguna pausa, no son plato de gusto de nadie. Sabemos que volveremos de Olsztyn con un pequeño vacío en la familia, pero con la alegría de comprobar que las vidas de nuestros hijos siguen su curso.

Es sólo un paréntesis necesario, pero se nos hará largo. Tan largo como la distancia que separa Córdoba de Olsztyn, esa ciudad polaca de la que nunca habíamos oído hablar y que ahora estará en nuestra cabeza a diario. Como nuestro hijo.