He dejado pasar unos días antes de escribir sobre el Informe PISA 2025, que dibuja una debacle cognitiva en casi todo el mundo, y eso incluye a España.
He leído con interés a los verdaderos expertos, que los hay, y he tratado de evitar a todólogos, opinadores de guardia y señaladores de culpables, una especie en expansión dentro del columnismo independiente.
También están los encubridores de responsabilidades, por supuesto, pero esta tribu suele operar en los rincones periodísticos del Madrid exitoso que todo lo hace bien, y no presta su atención a estas minucias educativas.
La publicación de los resultados de cada Informe PISA devuelve a España su estampa machadiana: de cada diez cabezas, nueve embisten y apenas una piensa.
En ciertos foros afines, la prisa por interpretar PISA ha llevado a voceros apresurados a apuntar hacia las Comunidades Autónomas, donde se ejercen las competencias en la materia cuestionada.
Las leyes educativas, con la LOMLOE a la cabeza, las pantallas, los móviles y la inteligencia artificial engrosan este año la lista de los sospechosos habituales, acompañando a la inmigración, la falta de recursos o la desmotivación del profesorado.
Hay tantas interpretaciones sobre los malos resultados que cansa leerlas una a una, pero publiqué ese mismo día una reflexión en LinkedIn que nadie me ha contestado hasta la fecha: mi propia hija menor, que acaba de entrar en la universidad, participó en la oleada de PISA correspondiente al año en que hizo cuarto curso de la ESO.
Los resultados fueron malos, pero este año las notas de corte para entrar en las universidades públicas -en las privadas se entra pagando, ya saben- han subido como si no hubiese crisis educativa y todos los estudiantes de bachillerato hubiesen estudiado como fieras. ¿Es esto coherente?
Una posible explicación está en el éxito de la Formación Profesional, que atrae a cada vez más estudiantes cuyas aspiraciones no son universitarias, pero sí laborales. El caso es que los mismos chavales que fracasan en su año PISA pelean luego con uñas y dientes para entrar en las universidades españolas y extranjeras, y eso me parece digno de una investigación más profunda.
Hablando de mi hija, creo que he sido el único padre que ha comprado a sus hijos los libros de lectura obligatoria en la ESO y Bachillerato, ya fuesen la taimada Celestina, la triste Marianela o incluso Bodas de sangre. En otros tiempos, recuerdo a padres y madres visitando librerías de segunda mano para comprar esos libros, usados, y revenderlos a final de curso.
El saber sí que ocupa lugar, y más en los minipisos que forman hoy la deteriorada oferta de vivienda. Pero ahora aquella buena práctica, que quiero pensar que acabaría con algún ejemplar adoptado en una estantería llena de fotos infantiles y trofeos deportivos de segunda fila, ya ni siquiera existe.
Los chavales se descargan los libros en versiones pirata digitales y sus felices padres y madres pueden evitarse el trastorno de pisar una librería, así como pagar la próxima cuota mensual de Netflix.
Porque PISA no sólo retrata a nuestros estudiantes: es un cuadro descarnado, un Francis Bacon inquietante y violento de todo un país. Lo que importa es, primero, un título, y después una buena red de contactos, porque quien no tiene padrino no se bautiza, y en el mundo de las relaciones laborales más vale caer en gracia que ser gracioso.
Con mi hija, en Madrid, comiendo antes de ir al teatro, me dijo que un profesor les había pedido que se definieran con una palabra, y a mí para ella me gustaba “inconformista”, a pesar de que en ninguna organización que yo conozca se valore a quienes no obedecen, porque se prefiere siempre a los que inclinan la espalda y se limitan a cumplir órdenes, sin cuestionar la jerarquía o las instrucciones absurdas o las malas prácticas o los favoritismos internos.
Mucha palabrería sobre el pensamiento crítico y la necesidad de crear buenos profesionales, pero lo cierto es que con demasiada frecuencia, lo que de verdad aprecian los jefes mediocres y el mercado son actitudes y aptitudes que nada tienen que ver con el talento, la valía o la independencia de criterio.
Fue una charla intensa, que nos hizo ver con esos mismos ojos críticos El Club de los Poetas Muertos, en el Teatro La Latina. Mucha gente mayor y muy pocos jóvenes, porque eso de ir al teatro, o al cine, o a ver películas en versión original subtitulada es propio de snobs, culturetas o gente indeseable. Lo mismo que comprar libros que forman parte del canon de la literatura española. País.
Pero no todo está perdido, digan lo que digan los sepultureros de siempre. Gracias a mi joven y estimulante amigo Gael he podido conocer a Juanmi, estudiante de ingeniería informática y aficionado a la poesía.
A este otro joven, valiente y desacostumbrado, le emocionan los versos de Elvira Sastre, Whitney Hanson (primera vez que oigo hablar de ella), Lorca, Miguel Hernández, Alejandra Pizarnik. Así que cuando vaya a La Cala del Moral, en Málaga, a pasar un fin de semana con mi madre, ya he quedado en llevarle unos libros de Ángel González, de Luis Cernuda, de Jaime Gil de Biedma.
Le pediré que lea o que le recite a quien él quiera ese poema irrepetible que es Me basta así, que yo mismo recité de memoria a mi mujer en nuestra boda, consiguiendo así la foto memorable que preside el salón de nuestra casa en Córdoba.
Le confiaré que muchos fans de Joaquín Sabina, que cantan de memoria todas sus canciones, puede que no sepan que Donde habite el olvido es uno de los mejores poemas de Cernuda.
Y quizás leamos juntos a Gil de Biedma, para recordar que, en aquellos años triunfales que ahora quieren regresar, media España ocupaba España entera / con la vulgaridad, con el desprecio / total de que es capaz, frente al vencido, / un intratable pueblo de cabreros.
Me encantaría una prueba PISA para adultos, para directivos, abogados, economistas, altos ejecutivos, políticos de todos los niveles, trabajadores, médicos, empresarios, periodistas (por supuesto), ingenieros, veterinarios, químicos, profesores. Quizás, cuando veamos nuestros propios resultados, lleguemos a la desoladora conclusión que nadie quiere señalar, porque la verdad no sólo es incómoda, la verdad duele. Por eso preferimos evitarla.