Septiembre es un mes en el que suelen empezar los nuevos ciclos. Recuerdo que hace unos años veía los anuncios de las colecciones que arrancaban este mes, dando a entender: Ahora que estamos con ánimo, arranquemos con algo nuevo.

En este mes, más allá del inicio del curso escolar, aumentan las contrataciones, cambian los mercados, se retoman responsabilidades y se mira todo a través de un prisma diferente.

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que este septiembre de 2026 el protagonista está siendo el riesgo que conlleva el avance de la inteligencia artificial (IA) y la importancia del papel de la ciberseguridad.

Los primeros días del mes, Google Málaga, con su centro de ciberseguridad, publicó nuevas vacantes para perfiles técnicos y de desarrollo, centrados en la seguridad.

También Bernardo Quintero, a través de su LinkedIn, hizo eco de los premios entregados en ciberseguridad, apoyados por el propio Google y la Universidad de Málaga; estos hechos le han dado el protagonismo a Málaga en ciberseguridad. Por lo que, afortunadamente, en esta región nos hemos venido preparando para las amenazas digitales, brindando más formación y siendo punteros en esta disciplina.

En estos últimos días, creo que todos hemos leído o escuchado acerca de las palabras de Jacob Coxon, investigador que ha dimitido de Anthropic, en las cuales transmitía que tenía un miedo genuino ante el crecimiento de la IA y el impacto negativo que podía tener para la humanidad, a tal punto de poder llevarnos a la extinción. Haciendo una analogía, sería como aquel asteroide que hace 66 millones de años impactó contra la Tierra y, después de una serie de sucesos, acabó con los dinosaurios.

En el panorama actual, ¿somos nosotros mismos los que estamos creando el asteroide sin darnos cuenta de que a la larga seremos los dinosaurios?

Las personas que están a la cabeza de la carrera de la IA, tales como Sam Altman y Elon Musk, consideran que tenemos que reducir la velocidad de su aplicación hasta lograr tener una regulación acorde.

En este caso me pregunto, y no solo yo, ¿vamos tarde? ¿Es posible regular algo que ya se ha extendido y que en mayor o menor medida usamos todos los días? ¿Sería como intentar ponerle puertas al mar?

Desde mi experiencia personal trabajando en tecnología y producto desde hace ya casi dos décadas, os puedo decir que este es un tren, posiblemente el AVE, que ya está en marcha y a mucha velocidad. Ya no hay que actualizarse cada X meses; ahora hay que hacerlo diariamente para poder gestionar y organizar nuestro trabajo contando con las herramientas de IA y sus avances para no pasar a ser obsoletos.

Hoy es un tren, pero mañana será un cohete; más allá de aprender, debemos ser flexibles para “desaprender”, ir iterando continuamente, pero sobre todo, no perder nuestro criterio humano.

Allá por noviembre de 2022, se empezaron a popularizar los prompts al público en general con el lanzamiento de ChatGPT de OpenAI. A continuación, cuando ya nos familiarizamos con las peticiones o prompts, fuimos evolucionando hacia la definición del contexto, para pasar a la multimodalidad y al razonamiento (alimentando a los LLM), hasta llegar al boom de los agentes.

Logramos avanzar mucho con las automatizaciones y las integraciones y, actualmente, ya contamos con los sistemas autónomos o, lo que es lo mismo, hemos abierto la caja de Pandora.

Hemos llegado a un punto en el que, aunque utilicemos toda nuestra inteligencia para ser más eficientes en la implementación de casos de uso, siempre habrá un agente, un skill o un grupo de agentes que serán más rápidos que nosotros.

Quiero señalar que a estas alturas, lo que cobra mayor relevancia es la estrategia, junto con el criterio personal para la toma de decisiones y el uso eficiente de la IA. Esa parte humana, esa experiencia e intuición que nos permiten discernir si estamos ante un problema real que afecta al negocio o, simplemente, ante un pequeño error o fallo que hay que solucionar; o lo que es lo mismo, saber priorizar.

Rescataría, desde luego, la innovación y el je ne sais quoi que nos permite crear un producto para nuestros usuarios reales, LAS PERSONAS, escucharlas, empatizar, ponernos en sus zapatos, conocer sus dolores y construir soluciones, que en muchas ocasiones recaen en el aprovechamiento de los recursos ya disponibles, en una buena organización y en utilizar un poco el ingenio.

En mi primer artículo para este diario, Hiperconectividad: ¿Cuándo perdimos la imaginación? también hice una reflexión al respecto, en la que mencioné la importancia de no dejarnos robar nuestra creatividad.

Lo que está claro es que la revolución de la IA es tan importante como, o más que, la revolución industrial, que me perdonen los historiadores; es una nueva era que cambiará y está cambiando no solo la forma de hacer las cosas, sino también la manera de verlas y asumir la cotidianidad. Solo espero que esta era cenozoica en la que nos encontramos no pase a ser “la vieja era — la era pre-IA”.