Un niño de 11 años baila con gafas de sol en la proa de una embarcación tradicional indonesia. Detrás de él, decenas de hombres reman a toda velocidad. Él, mientras tanto, se mueve con absoluta tranquilidad. Internet lo ve y dicta sentencia: esto es aura infinita.

El niño es Rayyan Arkan Dhika y participaba en el Pacu Jalur, una competición tradicional de Indonesia. No estaba intentando hacerse viral ni, mucho menos, “farmear aura”. Pero internet reconoció en aquella imagen algo muy concreto: carisma, presencia y una manera de parecer cool sin aparentar esfuerzo. Y lo llamó aura.

Después llegaron los “puntos de aura”. Hacer algo espectacular podía darte +10.000 puntos. Tropezarte delante de todo el mundo, -5.000. Intentar parecer demasiado cool, probablemente aura negativa. Internet había conseguido convertir algo tan intangible como el carisma en una métrica. Y entonces apareció el verbo: farmear.

Quienes venimos del gaming conocemos bien el término. En un videojuego, farmear significa repetir acciones para conseguir recursos, experiencia o puntos. Farmear aura es, por tanto, hacer cosas que aumenten tu reputación, tu carisma o tu capacidad de impresionar a los demás. Podría haberse quedado en otro meme más de TikTok, pero ocurrió algo muchísimo mejor: el meme salió de la pantalla.

En los últimos meses han proliferado en distintos países las llamadas batallas de farmeo de aura.También en España y este mismo viernes en Málaga. Esto es: dos jóvenes se colocan frente a frente, rodeados por decenas o incluso cientos de personas, e intercambian gestos, poses, memes y referencias culturales. Uno hace mewing (marcar la mandíbula). Otro responde con el Siuuu de Cristiano Ronaldo. Aparecen poses de anime, códigos de TikTok o memes que apenas sobreviven unas semanas. El público reacciona y, de alguna manera, todo el mundo sabe quién está ganando.

O casi todo el mundo.

Porque si no conoces los códigos, probablemente solo veas a dos adolescentes haciendo movimientos absurdos en mitad de una plaza. Si los conoces, ves referencias, provocaciones, respuestas, ironía y contraataques. Una batalla de aura no enfrenta realmente a dos personas. Enfrenta su capacidad para manejar el idioma y los códigos de su comunidad.

Ahí aparece también la inevitable brecha generacional. “Qué estupidez”, “qué vergüenza”, “esta generación está perdida” y el siempre recurrente “les mandaba a todos a hacer la mili”. Oigan, antes de emitir sentencias deberíamos hacernos una pregunta: ¿cuántas veces confundimos “esto es absurdo” con “yo ya no entiendo el código”?

Porque, si eliminamos el meme, el mewing y el six-seven, lo que encontramos debajo es antiquísimo: jóvenes reuniéndose en la calle, jugando, compitiendo, intentando impresionar a otros, creando códigos propios, buscando reconocimiento y construyendo pertenencia. ¿Les suena? No han inventado nada nuevo. Han cambiado la interfaz.

A mí esto me parece superinteresante. No porque sea una moda gamer, sino porque no hace falta estar jugando a ningún videojuego para estar pensando como un gamer.

Detrás de estas batallas hay una lógica profundamente gamer: puntos, ranking, competición, reputación, recompensa, estatus, farmear, subir de nivel. Hemos tomado algo tan antiguo como el reconocimiento social y, casi sin darnos cuenta, lo hemos convertido en una mecánica de juego. Lo extraordinario no es que los jóvenes utilicen referencias de videojuegos, sino que utilizan sus lógicas para interpretar cosas que ocurren fuera de ellos.

Durante mucho tiempo hemos hablado del videojuego como producto de entretenimiento. Después empezamos a entender el gaming como una industria. El siguiente paso es verlo, por fin, como infraestructura cultural: una cultura capaz de generar lenguaje, comportamientos y formas de interpretar el mundo que ya existen mucho más allá de la pantalla.

Farmear. Subir de nivel. Desbloquear. Ser NPC. Tener una skin. Completar una misión. Conceptos que pertenecían al videojuego se han incorporado con absoluta naturalidad al lenguaje cotidiano. Y esto debería hacernos pensar que llevamos mucho tiempo midiendo la importancia del gaming contando jugadores, horas de consumo o facturación, cuando existe otro potente indicador, que parte de su lenguaje utilizamos incluso cuando no estamos jugando.

El gaming ya no solo suma jugadores. Está construyendo gramática. Y cuando una forma cultural consigue que sus palabras, sus códigos y, sobre todo, sus lógicas nos sirvan para interpretar el mundo fuera de su soporte original, deja de pertenecer únicamente a su industria. Se convierte en cultura general y transversal.

Hay además otra paradoja interesante. A primera vista, farmear aura parece una expresión extrema del individualismo digital: mírame, fíjate en mí, valídame. Pero si nadie entiende tu gesto, no ocurre nada. Necesitas una comunidad capaz de reconocerlo, alguien que sepa por qué aquello es gracioso, inteligente o cool. No hay aura sin comunidad.

Por eso estas batallas hablan menos de ego de lo que parece y bastante más de pertenencia. El participante no está diciendo únicamente “mírame”. También está diciendo: “Yo hablo tu idioma”. “Entiendo tus códigos”. “Soy de los tuyos”.

Y entonces aparece otra contradicción porque durante años hemos escuchado que los jóvenes ya no salen, que viven pegados a una pantalla y que apenas se relacionan. Ahora toman códigos nacidos en internet, convocan a cientos de personas y ocupan plazas y parques para jugar con ellos. Y una parte del mundo adulto responde: “No. Así tampoco”. Pero, ¿qué nos pasa?.

Nuestro problema es que seguimos esperando que los jóvenes regresen a nuestra manera de relacionarnos. Pero ellos no están volviendo al mundo físico abandonando internet. Se han llevado lo digital con ellos.

Y esta es una de las claves para entender la cultura actual. Un meme nace online, se convierte en gesto, el gesto llega a una plaza, alguien lo graba, el vídeo vuelve a TikTok, otros lo reinterpretan y empieza la rueda otra vez. La frontera entre lo digital y lo físico se vuelve cada vez menos importante porque, para quienes han crecido así, nunca fueron dos mundos diferentes.

No sé cuánto durarán las batallas de aura. Probablemente poco. Internet crea y abandona fenómenos culturales a una velocidad extraordinaria. Pero tampoco importa demasiado. Lo relevante no es la moda, sino lo que nos permite observar: cómo se construye hoy la identidad, cómo se genera pertenencia, cómo los códigos del gaming se incorporan a la cultura general y cómo, tantas veces, los adultos interpretamos que aquello que no entendemos no tiene valor.

Esto no quiere decir que sea nuestra responsabilidad conocer cada meme, pero sí conservar y fomentar la voluntad de comprender.

Yo sigo pensando que la verdadera prueba de que el gaming se ha convertido en cultura no es que cada vez juegue más gente a videojuegos, sino que ya no hace falta estar jugando para pensar como un gamer.