Los españoles generalmente nos vemos compelidos a elegir un bando. Llevamos siglos viviendo juntos en la cuarteada y soleada piel de toro que es España, aunque siempre con la lanza en ristre frente al vecino.

A pesar de todo somos un país maravilloso, aunque aquí lo que se estila es ir a la contra. Muchos piensan que el mundo se divide en buenos y malos. Los que tienen la razón contra los que “no entienden nada”.

Ese es el maniqueísmo férreo que piensa que el mundo es binario y sin grises (blanco o negro). Frente a esta impostura aparece el nihilismo activo que encabeza el genial Nietzsche. Esta corriente filosófica sospecha de la verdad absoluta, destruyendo los dogmas establecidos para demostrar que ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos.

Cierto es que el papel de este nihilismo sería negar para afirmar, destruir para crear, un enfoque perspectivista donde la realidad no es única, sino una suma de interpretaciones.

Llegados a este punto podemos conectar el nihilismo con la teoría de la destrucción creativa del genial economista Schumpeter, que definió este proceso como una "mutación industrial" que revoluciona la estructura económica desde su interior, destruyendo sin cesar lo viejo para crear incesantemente lo nuevo.

Puede ser que en mi condición de emprendedor me sienta más cercano a este relativismo de miras que al maniqueísmo. Sin embargo, si nos vamos a la psicología empresarial, a menudo se cae en el mismo absurdo.

Ocurre, por ejemplo, con la lectura literal de la famosa Teoría X y Teoría Y de Douglas McGregor sobre la actitud de los empleados desde la óptica de sus jefes.

El problema de aplicar el maniqueísmo a las ideas de McGregor es asumir de forma tajante que los trabajadores son inherentemente vagos (X) o intrínsecamente motivados (Y). Desde mi punto de vista, encasillar a los trabajadores en estas dos realidades inamovibles es un reduccionismo absurdo que ignora la complejidad humana.

Volviendo al maniqueo que se cree dueño de la verdad, todo lo simplifica y lo tiene muy claro, no duda. Esto suele preocupar, pues ya lo decía Descartes cuando sentenció: "Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas". Una duda constructiva que no busca el vacío permanente, sino el cuestionamiento de los dogmas preconcebidos.

El maniqueo maneja una lógica un tanto tribal de conmigo, o contra mí. Él/ella tiene la razón, y su razón es moral, no técnica. Por tanto, el que disiente no está equivocado, simplemente está en el bando enemigo o, como se dice ahora, en el lado equivocado de la historia.

El maniqueísmo nace del miedo a lo complejo, por esa razón prefiere decir: esto es bueno y esto es malo. Así, que, podemos aseverar que el pensamiento abierto y plural es la némesis del maniqueo, ya que huye de las verdades absolutas.

Quien entiende esto sabe que tú puedes tener parte de razón, pero yo también la tengo. Y puede que ninguno de los dos tenga toda la razón. Ese pensamiento implícitamente nos lleva a un sano relativismo y a la tolerancia.

Turgueniev a través de su personaje principal de su novela, el joven médico Bazarov, define al nihilista como "un hombre que no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe".

Los españoles siempre hemos sido históricamente más maniqueos que plurales. No hace falta irse muy lejos: derecha vs. izquierda, independentismo vs. centralismo.

Ese maniqueísmo explica buena parte de por qué nos cuesta tanto llegar a acuerdos. Porque pactar con el “enemigo” se percibe como una traición al propio bando. Y en un país de maniqueos, traicionar al bando es el peor pecado.

Ciertamente, el resultado de ese maniqueísmo a ultranza lo pagamos todos los españoles con instituciones bloqueadas, debates imposibles, insulto como argumento y los principales partidos del arco parlamentario pactando con los ultras tanto de izquierdas como de derechas.