Le había visto ya varias veces, pidiendo dinero de una manera impropia, con timidez, con mucho pudor. Siempre educado y bien vestido, se colocaba en alguna esquina pero no parecía alguien especialmente acosado por la vida, su aspecto no era el de una persona que duerme en la calle, o que está especialmente necesitada de la ayuda de los demás.
Una tarde de junio, cuando cruzaba el cordobés Parque de los Patos, lo vi sentado en un banco, pidiendo dinero sin querer hacerlo, mirando a los ojos de los que pasábamos sin molestar, casi disculpándose.
Así que me paré a charlar con él y tratar de echar una mano a aquel señor tan distinto, tan desacostumbrado, porque tenía curiosidad y porque siempre es necesario ponernos en la piel de los demás antes de odiar a nadie, antes de dejarnos atrapar por el odio ciego, por el desprecio, como si la Historia no nos hubiese enseñado que en situaciones dramáticas y terribles la gente elige vivir, y que esa elección les puede llevar a otra ciudad, a otro país, porque dejarlo todo atrás es la única manera de salir adelante.
Así que me senté unos minutos aquella tarde, que fueron otros minutos otras tardes. No demasiado tiempo, porque hacía calor y yo llegaba cansado de Málaga, cansado y a menudo con retraso por el desastre de RENFE, harto y con ganas de llegar a casa, pero en esos minutos supe un poco más de aquel señor que pedía dinero sin pedirlo, que interpelaba sin hacerse notar, tan educado, tan amable y tan invisible que apenas llamaba la atención de nadie.
Luis Alberto era venezolano, y tenía ochenta años, que no aparentaba. Tuvo que dejar su país atrás, como otros ocho millones de compatriotas suyos, tan sólo para poder sobrevivir, algo que habríamos hecho o que haríamos cualquiera de nosotros.
Había trabajado de todo, me dijo que había sido plumetero, y que había tenido una fábrica de muebles que era maravillosa, donde hacían muebles de gran calidad, pero que todo eso se perdió para siempre. Y ahora vivía en Córdoba con su mujer porque uno de sus hijos tenía trabajo en La Carlota, un pueblo industrial cercano a Córdoba, y se los había traído a esta ciudad calurosa para tenerlos más cerca y estar un poco pendiente de ellos, lo que le permitían el trabajo y su propia familia.
Este señor, que no hace daño a nadie en España, que no molesta a nadie en Córdoba, arrastraba una depresión gigantesca y había decidido salir a la calle a hacer algo, para evitar pasar todo el día en la casa sin hacer nada, para ayudar de esa manera a su mujer, ahorrándole preocupaciones y sinsabores.
Así que pasaba las tardes en ese banco del parque, esperando quizás un gesto, una mirada o una breve conversación, porque su vida y sus recuerdos se habían quedado en Venezuela, y no hay mayor tristeza que la de vivir sin más horizonte que un televisor encendido o las vistas de un pequeño balcón que da a una calle desconocida a un océano de distancia de las calles y los parques en los que una persona fue feliz.
Una tarde le invité a un helado, y aceptó. Así que pudimos hablar un poco más, aunque no lo suficiente. Desde entonces no he vuelto a verlo, ahora que bajo del tren y cruzo el parque con la esperanza de encontrármelo y tratar de hacer su tarde un poco más agradable, con palabras y con afecto, no con monedas irrespetuosas.
Quiero pensar que no le habrá pasado nada, que con este calor ya veraniego y cordobés ha decidido quedarse en casa o salir a otras horas, cuando la sombra de los árboles es más protectora y no se corre el riesgo de sufrir por las altas temperaturas.
A estas alturas poco se puede esperar de quienes se han dejado seducir por los mensajes de odio y por el desprecio a los demás. No se trata de escribir desde la moralina ni de dar lecciones, ni de aparentar nada. Dedicar unos minutos a una persona desconocida que está sentada en un banco del parque no es un gran compromiso, no cambia nada, pero al menos es un gesto que ayuda a entender, a comprender, a ponerse en el lugar de esas otras personas que tratan de salir adelante en situaciones mucho más comprometidas que las que hemos vivido cualquiera de nosotros a lo largo de nuestra vida.
Y a mí también me sentaba bien ese diálogo, porque sentía que quizás podría transmitirle a ese gran hombre, a ese señor tan mayor y tan valiente sólo una pequeña parte de la buena suerte que me ha acompañado durante toda mi vida.
Confío en que Luis Alberto esté bien y que haya preferido refugiarse en casa en vez de salir a la calle a pasar calor en un banco del parque, para no enturbiar a su mujer, para no dar más preocupaciones a su hijo y a su familia, para no dejarse arrastrar por el demonio de la depresión y sus tentáculos.
Es muy valiente y generoso hacer eso, tener el coraje de sentarte en un banco cualquiera de un parque apenas sombreado en una ciudad que no es tu ciudad tan sólo para salir a flote, sin molestar a nadie, sin llamar la atención, sin más esperanza que la de recibir quizás un gesto amable por parte de un desconocido, mientras le pides al reloj que marque las horas, como en el descuento de un partido de fútbol que has logrado empatar a cero contra un rival muy superior.
Ahora que llega julio y el verano se dispone a achicharrarnos, me pregunto por Luis Alberto con el deseo de que esté mejor, de que pueda disfrutar de algunos buenos momentos, acompañado de esa buena suerte que nos empeñamos en atesorar sólo para nosotros mismos. Te buscaré cada tarde en el banco del parque. Espero que estés bien.