Hay quien reconoce su tierra en una foto. Una la reconoce con los ojos cerrados.

Me basta el olor. Esa mezcla monopolizada entre el espeto y el salitre que no se da, y miren que he olido playas, en ningún otro rincón del planeta. El humo de las sardinas clavadas en las cañas, subiendo despacio hasta enredarse con el mar. Si me vendaran los ojos y me soltaran en cualquier orilla del mundo, sabría si estoy en casa antes de abrirlos. Por la nariz. Que para esto no me falla.

Y miren la casualidad: una nació un 20 de junio, con el verano ya llamando a la puerta y la primavera diciendo ahí os la dejo.. Será por eso que el mar y yo nos entendemos desde el primer día. Llegamos casi a la vez, y sin avisar.

Quien me conoce sabe que el mar me enloquece. No es un capricho ni una pose de las que ahora se llevan en Instagram, es casi una necesidad. Es una prioridad para vivir, para respirar, para volver a ser una cuando el mundo aprieta y empuja.

De pequeña, mi playa era la de la Térmica y la Misericordia. Allí siguen protegidas aquellas chimeneas, que entonces, los que peinamos ya alguna cana recordamos bien. El agua salía más caliente, porque la cogían del mar para enfriar las tuberías y luego se la devolvían tibia y mansa, como pidiéndole perdón. Aquello era una terma. Pero una terma malagueña, con su salitre y su sol, no un balneario de esos de postal y batín blanco. Nos bañábamos en agua caliente sin saber que estábamos dándonos un lujo de pobres. Y éramos felices, ya lo creo, lo éramos.

Recuerdo llegar y no poder esperar. Antes de pisar la arena ya me había quitado la ropa y echado a correr. Seis años tenía una, las plantas de los pies quemándose en la arena ardiendo, sin importarme nada de nada, con un solo objetivo metido en la cabeza: el agua que veía con las chirivitas del reflejo del sol. Mi madre detrás, corriendo tras de mí con esa angustia tan de madre que entonces ni oía y que solo ahora, con los años, entiendo y que daría una vida entera por escuchar su voz de fondo y oírla. Pero, solo veía el mar.

Y al tocarlo, dejarme envolver. Esa sensación que no sabría explicarles con palabras de manual, porque sencillamente no las hay: la libertad. El agua que te abraza y te dice que todo está bien, que aquí no pasa nada, y que el mundo entero, si te descuidas, se queda esperando en la orilla mientras tú te vas un rato a ese sitio que solo conoces tú.

Luego, la vuelta a casa. Si era media tarde, en el autobús, con la piel tirante de sal y la cabeza ya soñando con el domingo siguiente. Y si la cosa era de “echar el día”, entonces tocaba coche y nos íbamos más lejos: al Rincón de la Victoria, a la Cala del Moral. Aquello, para una cría, era una expedición en toda regla. Un acontecimiento. Un día entero robado al mar.

He viajado. He visto mares de muchos colores, unos preciosos, no se lo voy a negar. Pero ninguno huele a esto.

Remedios Cervantes tras su primer baño este verano de 2026.

Remedios Cervantes tras su primer baño este verano de 2026. Cedida

Y aquí viene lo que de verdad quería contarles desde este balcón. Esto no va solo de Málaga. Va de eso que cada uno lleva grabado en el cuerpo sin haberlo pedido, esos lugares que no están en el mapa sino en la memoria: el olor de la cocina de una abuela, el sonido de una puerta vieja al cerrarse, la luz de una calle cualquiera a las siete de una tarde de junio. Cosas que no se eligen y no se olvidan. A todos nos huele a algo la infancia. A mí me huele a salitre y a sardina.

Ya lo dejó escrito Manuel Alcántara, malagueño como una y escritor, en su «Biografía»: «Málaga naufragaba y emergía… / Manuel, junto a la mar, desentendido; / hubo una vez un niño en la bahía». Pues eso, Don Manuel. Hubo una vez una niña en esa misma bahía, quemándose los pies por llegar antes que nadie al agua. Y mire usted por dónde, aquí sigue.

Por eso me hace una gracia tierna que ahora Málaga sea Capital Europea de la Cultura Gastronómica y que, de todo lo que tenían para elegir, hayan escogido el espeto como símbolo. Cien actos, tres estrellas Michelin que ya sumamos en Málaga, la ciudad entera puesta de gala. Y todo, fíjense qué cosa, arranca de un hombre clavando cañas en la arena con las claras del día. Lo de siempre sosteniendo lo nuevo. El humilde espetero, de pronto, embajador de Europa. Me alegro por él. Se lo ha ganado a fuego lento, que es como se ganan las cosas que valen. Con el sudor del verano en su frente.

Pero, entre nosotros, el espeto no necesitaba ningún título para ser nuestro. Igual que el mar no necesita que nadie venga a certificarlo para devolvernos, de un solo chapuzón, a los seis años.

Este 20 de junio cumplí otro año más de la mano del verano. Y no pedí gran cosa. Pedí lo de siempre: llegar a la orilla, salir corriendo, ahora un poco más despacio, qué le vamos a hacer, y tirarme al agua como cuando tenía seis años y mi madre venía detrás llamándome a voces.

Pero este año, además, mi Málaga me ha hecho un regalo inesperado. Nos lo ha hecho a todos los boquerones.Volvemos a Primera. Y quien no sea de aquí quizá no lo entienda, pero hay alegrías que no caben en una clasificación deportiva. Hay ascensos que se celebran como se celebran las buenas noticias de la familia.

Gracias a este equipo, a este vestuario, a esta afición que nunca dejó de creer y a una Rosaleda que ha seguido latiendo incluso en los días más difíciles. Porque las ciudades también tienen alma, y la nuestra viste de blanquiazul.

Hay lujos que no se compran, oigan. Se heredan. Como el olor del espeto al caer la tarde, el sonido de las olas rompiendo en el rebalaje o ese orgullo difícil de explicar que sentimos cuando pronunciamos la palabra Málaga.

Y este verano tiene un aroma especial. Huele a sal, a hogar, a recuerdos… y también a Primera División.

Nos vemos en la orilla. En el rebalaje. Allí donde empiezan los veranos, donde descansan los recuerdos y donde siempre acabamos regresando los malagueños.