El equipo más representativo de España, el Real Madrid, juega sin españoles, mientras que los equipos cuyas aficiones silban sistemáticamente el himno español (Barcelona, Athletic de Bilbao, Real Sociedad) son los que sostienen las convocatorias de la selección nacional, junto al Atlético de Madrid, logrando importantes éxitos.
La situación es tan paradójica que da para pensar y escribir, y este artículo, que tendría que haber sido enviado hace una semana, propone un acercamiento sin estridencias al entramado ilógico de las emociones que rodean al fútbol español, y a la sociedad española.
Florentino Pérez entregó a un Barcelona quebrado y en crisis la prioridad nacional de articular la selección que nos representa a todos en las competiciones de países. En los últimos partidos, los medios deportivos han comenzado a señalar que el Real Madrid ha alineado a once jugadores no seleccionables, puesto que Brahim, que sí que es español, ha preferido jugar con la selección de Marruecos, la misma que consiguió en los corruptos despachos de la FIFA una Copa de África que todos los aficionados al fútbol sabemos que pertenece a Senegal.
A finales de la temporada pasada, cuando los seguidores madridistas ya no podían culpar a la inquina de Luis Enrique de la ausencia de jugadores blancos en La Roja, el dueño y señor del Real Madrid fichó a Huijsen para intentar revertir una situación estratégica que se le había ido de las manos por sus propios errores.
En poco tiempo, un Barça arruinado y al borde del colapso, ha demostrado que La Masía era una fábrica formidable de jugadores de alto nivel. Uno mira las alineaciones del Barcelona y está viendo a la selección española, lo que nos lleva a la primera gran paradoja: es la cantera futbolística catalana la que sostiene los éxitos internacionales de España. Y digo que es una paradoja porque las aficiones que pitan de manera infantil y estúpida el himno español en las finales de la Copa del Rey son las mismas que se ilusionan con el equipo nacional y aplauden cuando sus jugadores favoritos meten los goles.
La situación ha llegado a un punto que desafiaría los conocimientos lógicos de los mismísimos Bertrand Russell o Ludwig Wittgenstein. Recuerdo una final de la UEFA Nations League en la que el madridismo iba con Francia y aplaudió los goles de Mbappé y Benzema, porque a España la dirigía Luis Enrique y no había convocado a todos los españoles que por entonces apenas jugaban en el Real Madrid.
Por no hablar del dramón artificial y mediático en torno al Balón de Oro no ganado por Vinicius y sí por el español Rodri, pilar de la selección española. En este sentido, que un entrenador español haya dejado en el banquillo a Carvajal, uno de los pocos seleccionables por España en el Real Madrid actual, entra de lleno en el terreno del psicoanálisis, o de la crónica negra.
Para poner más madera, desde algunos medios se ha propuesto impedir que los equipos cuyas aficiones piten el himno nacional compitan en la Copa del Rey. Me parece una propuesta extravagante y claramente anticonstitucional, pero también me parece extravagante, absurdo y deleznable el comportamiento de unas hinchadas que, sin embargo, se alegran cuando Oyarzábal mete un penalti decisivo con La Roja, cuando Unai Simón evita un gol cantado, o cuando Lamine Yamal, Gavi, Pedri, Cubarsí y demás jovenzuelos nos hacen recordar los mejores años del tiki-taka. ¿En qué quedamos, señoras y señores? ¿Por qué pitan el himno, si luego les gusta que gane España?
La otra gran paradoja del asunto es que se vea con agrado y satisfacción que un equipo pueda alinear a once extranjeros, y que se discuta la aportación de la inmigración a la economía española. Ya sé que se trata de un debate envenenado, pero si un equipo puede tirar de refuerzos extranjeros para ser más competitivo, quizás también lo pueda hacer un país, sea el que sea, cuya economía necesita del impulso demográfico de la inmigración.
Todos los estudios serios que he leído ponen de manifiesto que España no sería líder de la Eurozona sin la llegada de cientos de miles de personas procedentes de medio mundo. Y la idea de aprovechar las ventajas de esta fuerza laboral sin permitir su acceso a cobertura sanitaria o a derechos de ciudadanía tiene un nombre desde hace varios siglos: se llama esclavismo.
Es cierto que no me siento amenazado por la competencia desleal de la población que ha nacido en otro país, como también lo es que me gustan los derechos humanos, y que me gustan para todos. El posicionamiento firme de la Iglesia Católica en estos días me ha hecho pensar de nuevo en los orígenes del cristianismo y en determinadas manifestaciones religiosas, que respeto y disfruto, pero que quizás deberían dar lugar a una reflexión colectiva, honesta y madura, sobre los mensajes que trasladan a la sociedad esas ostentosas demostraciones públicas, y también sobre los mensajes que comparten en sus redes sociales privadas algunos de sus más fieles sirvientes, creyentes que parecen desconocer o ignorar el mensaje de Cristo.
Es otra de las paradojas de este debate emocional que tiene que ver con la identidad, por una parte, pero que sobre todo tiene que ver con una forma de hacer las cosas que prefiere dividir a unir, enfrentar a dialogar, y sembrar odio en vez de favorecer la convivencia. Cuidado con todo esto.
Pero volvamos al fútbol, que es el leitmotiv de este artículo. Cuando la Real Sociedad ganó la Copa del Rey frente al Atlético de Madrid, lo hizo de nuevo basándose en una cantera bien cuidada, en el acierto de jugadores muy jóvenes entre los que ya se vislumbran algunos futuros internacionales con España.
Vaya alegría, como espectador y como aficionado a la selección nacional. Si el equipo que más representa a nuestro país no cuenta con jugadores españoles, ni siquiera con su propia cantera, difícilmente logrará que los propios niños españoles se identifiquen con él. Un error de bulto.
¿Todo vale para ganar? Bueno, el madridismo dirá que sí, pero es que tampoco lo han hecho. Cuando gestionas algo que es mucho más que una marca, hay que hacerlo con criterios más sólidos que la simple cuenta de resultados deportivos, o la demostración de poderío financiero. Y en este sentido el inefable Laporta le ha dado un buen repaso al infalible Florentino. Los sentimientos también cuentan, incluso en el millonario fútbol contemporáneo. Que alguien hable de prioridad nacional con el Real Madrid. Es quien de verdad lo necesita.