Hace unas semanas me llamaron desde Zafra, mi ciudad natal, para invitarme a firmar ejemplares de Lechuza blanca sobre Argos en su Feria del Libro. Aunque tenía comprometido estar en la de Málaga, al final pudimos cuadrar fechas y participaré en las dos. Será una semana intensa, seguro, como todas cuando llega el buen tiempo. Es lo que tiene la primavera: desde marzo hasta julio, cuando el mundo empieza a girar un poco más despacio, la vida bulle.

A quienes no están familiarizados con la mitología griega, mi novela les suena a veces un poco exótica, casi inverosímil. La historia de Clitemnestra y de las mujeres de su tiempo parece irreal, inflada en su tragedia. Y es curioso, me parece, que alguien esté conforme con que aparezcan caballos alados y cíclopes parlanchines en un relato, pero le cueste aceptar que lo que les ocurrió a estas reinas sucedía, aunque con nombres distintos, y que, incluso peor que entonces, sigue sucediendo.

No hay que ir lejos para comprobarlo, por desgracia. En enero de 2026 se aprobó un nuevo código penal en Afganistán que institucionaliza la violencia de género y refuerza el control masculino dentro del ámbito doméstico. Entre otras medidas, establece que fracturar el brazo de una mujer -generalmente la esposa- se castigará con quince días de cárcel. Además, legitima el “castigo correctivo” dentro del hogar y deja las agresiones sin sanción si no hay lesiones visibles.

Por si quedara alguna duda de la consideración de la mujer bajo el régimen talibán, el maltrato animal está penado con más firmeza que esos exiguos quince días de cárcel. Y no es necesario recurrir a un antiguo oráculo para saber que las denuncias de mujeres hacia sus maridos, por motivos obvios, serán inexistentes.

Hay dentro de la ONU quien califica lo que se vive hoy en Afganistán como un apartheid de género, y no sin razones: ¿qué ocurriría en cualquier país del mundo en el que, por motivos de raza, la mitad de los ciudadanos estuvieran legal y sistemáticamente privados de sus derechos fundamentales, como la educación, la salud o la integridad física y psicológica?¿Qué ocurriría, por ejemplo, si tras un terremoto esos ciudadanos fueran excluidos de las labores de rescate, quedando abandonados entre las ruinas, porque las normas de segregación vigentes y la ausencia de personal sanitario de su clase dificultan la atención médica? ¿Bajo qué parámetros resulta admisible la esclavitud institucionalizada?

Se podría decir que esta situación es una rareza en el mundo, una desviación, o que la rigidez ideológica del gobierno se encuentra en la base del problema, pero eso no es totalmente cierto. Si observamos la evolución del régimen talibán desde su primera etapa (1996–2001) hasta la actual, la diferencia no es tanto de naturaleza como de ritmo de implantación. En el primer emirato, la exclusión de las mujeres fue inmediata y abiertamente visible. Ahora, en cambio, el proceso ha sido más gradual, con un lenguaje inicial de moderación que va desapareciendo a medida que las restricciones se consolidan y la comunidad internacional mira hacia otro lado. Sin embargo, en ambos casos persiste el mismo principio: la definición de lo femenino como un espacio que debe ser controlado y limitado.

Este constructo no es único del país asiático, ni de nuestro siglo. Desde hace mucho tiempo, los regímenes autoritarios usan la exclusión y la subordinación de la mujer como base sobre la que edificar políticas de control social, bajo la excusa del “orden”, el “honor”, la “decencia” o incluso la “familia”, como si invisibilizar el maltrato doméstico y el matrimonio forzado no estuvieran en la antítesis, precisamente, de lo que se afirma proteger.

Es así como la vida de Clitemnestra, y de otras reinas míticas, no solo cobra sentido, sino que nos lanza una importante advertencia: los derechos se conquistan, pero también se pierden. Y al igual que Clitemnestra y sus compañeras, muchas afganas siguen buscando modos de resistir su cautiverio: leyendo a escondidas, reuniéndose en la clandestinidad, estableciendo precarias redes de apoyo y esperando que no las olvidemos.

La primavera es una época de renacimiento, de impulso de nuevos proyectos; también de esperanza. Personalmente espero, aunque tengo mis reparos, que las terribles situaciones que se viven hoy en lugares como Afganistán, bajo la excusa de una ideología o una religión, queden en mitos desdibujados por el tiempo. Y que sean las afganas, o sus descendientes, quienes los escriban en libertad. Felices lecturas.