La vi cuando ya estaba acomodado en mi asiento del autobús. De edad próxima a los sesenta, con el pelo corto, intentaba plegar una silla de ruedas para meterla en la zona del equipaje, sin ayuda, cargada también con varias bolsas de ropa, alguna maleta pequeña y un total de seis bultos.
Ni siquiera me dio tiempo a bajar, porque logró colocar la silla de ruedas y dio la vuelta para meter todo lo demás por la otra parte del bus, y cuando subió por fin sólo pude ver que se quedó en la parte delantera, quizás en la segunda fila, pero la pantalla de la televisión no me dejó ver con quién iba.
Pensé en mi madre, a la que ahora paseamos en silla de ruedas, y que hay que tener mucho valor para hacer un viaje en autobús en esas condiciones. Más tarde me di cuenta de que no se trataba de tener valor, sino de necesidad, claro. No se viaja por gusto cuando tienes tantos impedimentos, tantos inconvenientes.
La conexión ferroviaria entre Córdoba y Málaga sigue interrumpida por la caída de un talud a la altura de Álora. Así que durante todo el mes de febrero, para celebrar que llevo cinco años viviendo en Córdoba y trabajando en Málaga, me he desplazado en autobús entre ambas ciudades, cortesía de la implacable gestión de recursos humanos de la organización en la que trabajo, alérgica a la aplicación de medidas de conciliación familiar acordes con situaciones excepcionales como las que hemos vivido con el frente de borrascas.
Para regresar a casa, los jueves por la tarde, no ha quedado más remedio que coger el bus que hace hasta diez paradas, la primera en Antequera y la última en Aguilar de la Frontera, recorriendo la Córdoba profunda y facilitando la comunicación entre los pueblos y las capitales. Casi tres horas y media, ahí es nada.
Me quedé dormido aquel día hasta que enfilamos la provincia cordobesa. No estuve muy pendiente de la señora de la silla de ruedas, mirando por la ventana los destrozos causados por las sucesivas borrascas. Había decenas de pinos abatidos en la ribera del Genil, pasado El Tejar, cultivos anegados y olivares cargados de agua. Entramos en Lucena y seguimos camino de Fernán Núñez, en ruta por la antigua carretera nacional que conectaba Málaga y Córdoba.
Se bajaron en Aguilar. La mujer acompañaba a un señor mayor que se movía con mucha dificultad. Creo que eran padre e hija. Sólo el conductor les prestó auxilio para descender del autobús, así que me moví con rapidez por el pasillo y bajé sin dudarlo para echar una mano: sacar la silla de ruedas y desplegarla, ayudar a aquel señor a sentarse, descargar todos los bultos de la otra parte del autobús, mirar a sus ojos, sonreír.
No es necesario tener una madre mayor para saber lo que significa mover a otra persona en una silla de ruedas, de la misma manera que no es necesario haber tenido hijos para saber lo que supone desplazarte con niños pequeños en transporte público.
Se me ocurrió decir que ya nadie ayuda a los demás, y aquella mujer me dirigió una mirada que quizás intentó ser de gratitud, pero ese sentimiento, sepultado bajo densas capas de cansancio, de agotamiento y desesperanza, no logró abrirse paso hasta sus ojos. Me dijo que venían desde Almería, nada menos, y fue esa revelación la que me hizo comprender que si estaban allí era por absoluta necesidad.
Al subir al autobús todo seguía en su sitio. Un par de pasajeros tuvieron la decencia de bajar sus miradas, pero la mayoría -sobre todo los más jóvenes- seguía pendiente de sus móviles, aislados en sus pantallas y auriculares, ajenos todos a cualquier cosa que no tuviese que ver con ellos mismos. Cuando alguien necesita ayuda se vuelve invisible, y no estoy hablando de esa necesidad que irrumpe o que salta a la vista, de las personas que piden dinero, de quienes duermen en las calles.
Nadie ve ni quiere ver esa necesidad que no se exhibe, nadie piensa ni por un segundo que es muy posible que un señor mayor que utiliza silla de ruedas pueda requerir de un minuto de atención para bajar la escalera de un autobús, aunque la situación transcurra delante de sus narices, a uno o dos asientos de distancia.
Esa invisibilidad está generalizada en determinados contextos. Lo he visto semana tras semana, cada vez que cogía el tren de regreso a casa, lo veo cada vez que subo a un tren, sea el destino que sea. Observo la cola de pasajeros, miro a los acompañantes del vagón cuando ya he subido, y con frecuencia coincido con personas mayores sobrecargadas de equipaje, con turistas desorientados, con madres sobrepasadas que llevan con ellas a sus niños pequeños y todo lo necesario para esos chiquillos, que suele ser demasiado.
La gente los adelanta en el andén, sin verlos, corriendo veloces hacia sus asientos numerados, o se baja del tren con esa urgencia tan inexplicable, tan contemporánea, y cuando alguien se ofrece a echar una mano, con las maletas, con los niños, con información, con lo que sea, recibe de entrada una mirada de incredulidad, y sólo más tarde una sonrisa abierta y agradecida, porque ya nadie espera tampoco nada de nadie, acostumbrados todos a seguir el acelerado ritmo de la vida, incapaces de mirar alrededor y de parar unos segundos tan sólo para que las cosas no terminen de despeñarse por el abismo del sálvese quien pueda.
No es desconfianza. Es individualismo, es aislamiento. Los desconocidos no importan. Todos sospechamos, más o menos, que casi nadie nos va a echar una mano si tenemos un problema que no es evidente y estamos rodeados de extraños. Parece el signo de los tiempos.
Volví a mi asiento en el autobús con muy mal sabor de boca. Llegué a casa, deshice la maleta y salí a comprar una tarta, porque ese día mi hijo mayor cumplía veinte años. Por la noche, después de cenar, soplamos las velas y nos besamos y abrazamos, porque vivimos juntos pero nos vemos poco, castigados a estar separados, condenados por mis superiores a vernos apenas la mitad de cada semana. Tardé en dormirme, pensando en demasiadas cosas. Si no te quejas en voz alta, casi a gritos, en cierta manera también te vuelves invisible a ojos de los demás. Incluso de tu entorno más inmediato y cercano.