Según la mitología griega, la diosa Leto estuvo entre los muchos amoríos del omnipotente Zeus. Enfurecida, la esposa de éste la persiguió sin descanso hasta que Leto se convirtió en codorniz y se refugió en la rocosa isla de Delos, donde dio a luz a sus hijos, Artemisa y Apolo. Los hermanos no tardaron en vengar a su madre, y para dejar aún más clara su estirpe divina, declararon la isla sagrada.
Este carácter santo de Delos fue tan respetado que en el 462 antes de Cristo se prohibió nacer o morir allí. En consecuencia, tanto las sepulturas como las mujeres embarazadas se trasladaron de inmediato a una isla cercana (suponemos que en cargamentos separados).
Desde entonces, el día a día en Delos debió de convertirse en algo un poco azaroso. No tanto por los alumbramientos, sino por la imprevisibilidad de la muerte. Puede que se dieran casos como el de aquella señora cuya familia la subió al avión ya fallecida, tratando de eludir el escrutinio de las autoridades. Claro que en el siglo V no existían las sillas de ruedas, y los muertos debían de pasar, en todo caso, por borrachos.
Y es que, aunque se quiera, algunas expectativas son imposibles de cumplir, por mucho que lo digan la ley o sus representantes. Por desgracia, es la situación que se encontró hace poco una madre durante el juicio por el asesinato de su hijo, cuando el juez le espetó que dejase de llorar.
No hace falta trabajar en un juzgado para comprender la tensión que se respira en una sala. Jueces y abogados deben de operar bajo una presión considerable. Pero, desde ese mismo prisma, sobrecoge semejante reacción. ¿Qué se espera de alguien que ha perdido a un hijo? ¿Que declare pulcramente y con distancia de los hechos y luego vaya con paso medido a validar el ticket del parking?
Dejando de lado los detalles del proceso, esta y otras situaciones similares ponen de manifiesto una carencia importante de nuestro sistema de justicia: la consideración de las víctimas.
Aunque parece una obviedad, y en ninguna proclama se nos olvidaría mencionarlos, en la práctica los derechos de las víctimas son algo difuso. El acusado no tiene obligación de decir la verdad en el juicio, y a partir de ahí puede articular una defensa que cuestione o incluso desacredite falsamente a quien le denuncia.
Es una consecuencia del sistema garantista, concebido para evitar condenas injustas, pero sus efectos deben tenerse muy en cuenta, porque mientras él dispone de herramientas legítimas para protegerse, la víctima soporta un escrutinio que a menudo añade exposición y más daño al que ya ha sufrido.
Nuestro aparato judicial encausa a quienes cometen delitos, y los perjudicados por ellos no encajan muy bien en esa matriz, más allá de que se dicten a su favor ciertas compensaciones económicas. Pero las víctimas y su dolor siguen existiendo después de terminar el juicio y dar carpetazo al expediente. Existen también cuando los condenados salen de la cárcel con reducciones de penas de difícil comprensión, y algunas hasta se los cruzan por la calle.
Tenemos presidios que posibilitan a los internos estudiar carreras universitarias, recibir visitas vis a vis, con diferentes menús alimentarios, algunos hasta con gimnasio y piscina, porque en España el objetivo no es castigar, sino reinsertar.
Las víctimas, en cambio, se ven más limitadas. No solo como eternas perdedoras, porque a menudo lo que les han quitado resulta insustituible, sino porque nada pueden exigir, más allá de cierta compasión.
Una compasión mediada por su buen comportamiento: discreto en toda circunstancia, no vaya a molestarse nadie. No hay un reglamento que especifique cómo vamos a reintegrarlas a ellas en la sociedad; quedan sufriendo en un limbo inmerecido, perdidas en esa zozobra de tener que vivir como si nada hubiera pasado. Como si fingir alejara el dolor, igual que al trasladar los sepulcros los delios pretendían negar la muerte.
Al salir de la cárcel, los reclusos tienen derecho a un subsidio que les ayude a reorganizar su vida. De nuevo, un recurso razonable: su pena ha terminado y es tiempo de volver a empezar. Pero las víctimas nunca terminan su condena. Y no hay mecanismos de reparación ni reconocimiento que la acorten.
No dudo que la gente llora en los juzgados. Seguro que mucho, y con motivo. Aunque, en justicia, algunos llantos tienen más razón que otros.