Hay aprendizajes que no caben en un boletín de notas, ni se pueden medir con una prueba objetiva. Son aprendizajes que se instalan en el alumno y dejan una huella indeleble que le acompañará para siempre. El viaje solidario a Senegal que han vivido nuestro alumnado de Novaschool ha sido exactamente eso, una experiencia educativa y emocional de alto impacto, de las que transforman para siempre.
La expedición guiada por Chema del Río, psicólogo y director del área de Orientación del Grupo Novaschool, junto a la profesora de secundaria Hannah Hick de Novaschool Sunland, el maestro de primaria de Novaschool Añoreta Gora Gueyes y un grupo de 14 intrépidos alumnos/as, tuvo un propósito claro, que no fue otro, que acompañar y apoyar a niños y niñas de la escuela de primaria de la recóndita aldea de Thiadiaye y un orfanato en Pouponnière de la aldea Mbour.
A partir de ahí, lo que ocurrió fue algo que solo se entiende al observar una sociedad en la que las carencias son visibles, cotidianas y, con demasiada frecuencia, cargan sobre los más vulnerables, que suelen ser por desgracia los menores de edad.
La adolescencia en la mayoría de nuestros alumnos y alumnas suele vivirse dentro de una burbuja llena de confort, entorno conocido y seguro. Sin embargo, este viaje solidario a Senegal ha roto esa cápsula, al observarse de cerca lo que significa vivir con recursos limitados, con servicios escasos, con necesidades básicas que aquí damos por sentadas.
Y esa exposición no fue un “golpe de pena”, sino un despertar de conciencia, al sentir que la desigualdad no es una idea abstracta, sino que tiene rostros concretos e historias reales. Pude hacer ese viaje solidario en primera persona el año pasado y sé de lo que hablo.
En este viaje nuestros alumnos han podido sentir que ayudar no supone estar por encima de nadie, más bien ha enseñado justo lo contrario, acompañar desde la dignidad. Convivir, jugar, escuchar, colaborar, compartir tiempo. En estas aldeas, descubrieron algo que solo se aprende cuando se convive de verdad, me refiero a que la falta de recursos no elimina la alegría, ni borra la imaginación, ni reduce la humanidad de nadie.
Ese aprendizaje es una vacuna contra el paternalismo de las sociedades avanzadas. Y también es una escuela emocional cuando se reconoce al otro como igual, comprender sin invadir, aportar sin convertir el gesto solidario en un escenario para el ego. Es cuando uno llega a comprender que el que da suele recibir mucho más de lo que entrega.
En mi rol de profesor observo en el aula que muchos de los adolescentes arrastran complejos silenciosos, provenientes a veces de la inseguridad de compararse con sus iguales. Eso los lleva a tener vergüenza al hablar en público, temor a no encajar, etc. A veces lo disimulan, gestionan y lo superan y otras no, y esos miedos terminan por acompañarlos toda la vida.
En un viaje como este ocurre algo increíble y es que el foco se desplaza. De pronto, la pregunta deja de ser “¿qué piensan de mí?” y pasa a ser ¿qué puedo hacer yo para ayudar? Y ahí aparece el empoderamiento real, el que no nace de una frase sino de una evidencia vivida.
Sin duda, nuestros alumnos y alumnas han vuelto con el yo reforzado porque han demostrado capacidad a la hora de adaptarse, convivir, resolver imprevistos, sostener la incomodidad, gestionar emociones, trabajar en equipo, actuar con responsabilidad.
Ese “yo puedo” se convierte en un recurso interior que ya no se pierde, una especie de músculo psicológico que queda entrenado para toda la vida y no se olvida. Además, esta experiencia también ha reeducado el deseo. Al volver, muchas cosas se miran con otros ojos, tales como el agua, la comida, la ropa, el tiempo libre, la tecnología, incluso las quejas cotidianas. Y comprender genera sentido en el adolescente que descubre que su vida puede ir más allá de lo inmediato.
Y aquí está el núcleo del mensaje cuando afirmo que un colegio no debe limitarse a que el alumnado aprenda contenidos y supere materias. Eso es imprescindible, sí, aunque no es suficiente. Los centros educativos —con el profesorado al frente— deben trabajar para que el alumnado madure y lleguen a la vida adulta con fortaleza, con autoestima sana, con valores y con resiliencia. Que sean personas capaces de proponerse metas y caminar hacia ellas con confianza, personas comprometidas.
Como si la experiencia necesitara un capítulo final para consolidar todo lo aprendido, el regreso también se convirtió en una prueba. El sábado 28 de febrero la expedición se encontró con un problema serio. Me refiero a la reducción del espacio aéreo por mor de los ataques de Estados unidos e Israel a Irán, y el caos de cancelaciones convirtieron su vuelta en una auténtica misión imposible.
El vuelo Dakar–Madrid se canceló in extremis y reubicar a 19 personas, la mayoría alumnos de Bachillerato y, por tanto, menores de edad, parecía un objetivo imposible, y regresar a las casas en la que estaban pernoctando no era una opción viable.
Nos pusimos manos a la obra todo el equipo con el objetivo de poder volar esa misma noche al primer destino europeo, y desde ahí acercarse a España, y de inmediato poder distribuir el regreso final a las ciudades de destino de los alumnos: Málaga, Valencia, Almería y Granada. En medio del desconcierto se tomó una decisión rápida y eficaz: cambiar Dakar–Madrid (vuelo cancelado) por Dakar–París. Y una vez en París todo fue coser y cantar.
Esa noche del 28 de febrero quedó marcada por el desorden global del tráfico aéreo, en un contexto internacional de cierres y restricciones que afectaron a miles de viajeros. El episodio fue, además, una lección práctica de serenidad, liderazgo y gestión de crisis al mantener al grupo unido, priorizar la seguridad, tomar decisiones ágiles y sostener el cansancio emocional sin perder el control. Chapó por los profesores y el líder de la expedición.
Estoy convencido de que este viaje solidario a Senegal ha dado un retorno emocional a todos los alumnos que lo han vivido en primera persona, y seguro que al resto que han tenido la oportunidad de conocer todas las experiencias vividas. Por tanto, bien está lo que bien acaba y felices de la misión cumplida.