Hubo un tiempo, y no tan lejano, en que Irán permitía a sus mujeres estudiar, trabajar y decidir. Incluso las enviaba al mundo como representantes de su país.

Seguramente muchos ni siquiera saben que Irán tuvo Miss Irán. Sí, como lo oyen, mujeres con nombre y apellido, elegidas públicamente, que participaron en certámenes internacionales de belleza y simbolizaron una etapa de apertura y modernidad.

Ahí están los datos, para quien quiera buscarlos: Afagh Yaghmai, Zohreh Akhbar o Nazli Ghafouri. Mujeres iraníes que representaron a su país en concursos como Miss World, en un Irán que hoy parece casi irreconocible. Seguramente algunos piensen el tópico de que los concursos de belleza son una utilización de la mujer. No es ese el debate hoy. Este es otro artículo.

Igual piensan que esto es una comparación frívola, pero no. Sí es un recordatorio incómodo. Porque desmonta de un plumazo la idea de que “esto siempre ha sido así”. No lo ha sido. El retroceso no llegó de la noche a la mañana, pero llegó. Y se normalizó. Ese es el problema, la normalización a la que no le damos importancia.

Irán no siempre fue lo que hoy vemos en los informativos.

Y recordarlo no es un ejercicio de nostalgia, sino de honestidad. Porque cuando se borra el pasado, se normaliza cualquier retroceso.

En los años sesenta y setenta, como digo, muchas mujeres estudiaban en la universidad, trabajaban, participaban en la vida cultural y decidían cómo vestirse. No era un paraíso, pero tampoco una cárcel. Había libertad. Y eso es clave: la libertad no era ajena a su cultura, sino que les fue arrebatada.

Tras la Revolución Islámica de 1979, el cuerpo de la mujer dejó de ser un espacio personal para convertirse en un asunto público. El velo pasó de elección a obligación. Y cuando el poder decide cómo debes vestirte, ya no estamos hablando de fe ni de tradición, estamos hablando de control.

Y es que no es la tela lo que realmente pesa. Es lo que simboliza.

Durante décadas, muchas mujeres han aprendido a vivir midiendo cada gesto: cómo caminan, cómo miran, cómo se mueven. Han aprendido a sobrevivir sin hacer ruido. Y aun así, han seguido adelante. Estudiando, criando, trabajando, pensando. Porque incluso en los entornos más duros, la dignidad siempre busca una rendija por la que respirar.

El punto de partida más reciente tiene nombre propio: Mahsa Amini.

Mahsa fue detenida por “llevar mal puesto el velo”. Una frase tan absurda como devastadora. Su muerte no fue solo una tragedia individual, fue una sacudida colectiva. Algo se rompió definitivamente.

Desde entonces, muchas mujeres han salido a la calle y han hecho algo que, a los ojos del mundo, puede parecer pequeño, y es quitarse el velo. Pero en Irán, quitárselo no es un gesto estético ni una provocación. Es una afirmación de que existes.

No piden privilegios ni protagonismo. Lo que necesitan y reclaman es normalidad: caminar sin miedo, poder decidir, poder ser. Algo que sorprende es el silencio de muchos colectivos que suelen movilizarse con rapidez. Me pregunto a qué tienen miedo, o tal vez sea cobardía no lo sé, pero me deja perpleja.

El feminismo no puede ser ideología ni extremos. El feminismo son derechos. Los fundamentales.

Lo que están haciendo estas mujeres y todo un pueblo es algo que puede tener un precio altísimo: cárcel, exilio, violencia, incluso sus propias vidas. Eso no es una moda. Eso es valentía en su estado más puro.

A quienes intentan encubrir todo esto como un tema ideológico, les diré que están equivocados. Esto va de algo mucho más básico y mucho más humano, porque la libertad empieza siempre por el cuerpo. Cuando alguien decide cómo debes vestirte, cómo taparte, cómo tienes que amar o cómo esconder tu cuerpo, ya ha decidido muchas cosas más por ti.

Conmueve y apena ver a esas mujeres cortarse el pelo en público. No como espectáculo, sino como símbolo. El cabello, durante años motivo de castigo, se convierte en bandera silenciosa. Ellas no gritan, no necesitan hacerlo. Ese simple gesto habla por sí solo con una claridad que incomoda.

Y quizá lo más incómodo de todo es mirarnos desde aquí, desde la comodidad, y preguntarnos si de verdad esto no va con nosotras. Si creemos que los derechos, una vez conquistados, son eternos, estamos equivocadas. La historia demuestra que no es así. Que los retrocesos no siempre llegan con tanques; a veces llegan envueltos en normas pequeñas, repetidas, normalizadas… y en papel de regalo con lazo incluido.

Las mujeres iraníes no están luchando contra una tela. Están luchando contra el olvido, contra la resignación, contra la idea de que deben aceptar lo que les ha tocado.

Y eso nos interpela a todas.

Porque cada vez que una mujer pierde derechos en algún lugar del mundo, el listón de lo tolerable baja un poco más para todas nosotras. Y porque la libertad, cuando es auténtica, no entiende de fronteras ni de excusas culturales de conveniencia.

Hoy, en Irán, hay mujeres que se quitan el velo.

Y al hacerlo, nos recuerdan algo esencial: que la dignidad no se negocia.