La cafetería estaba casi vacía a esa hora temprana. Un hombre sostenía el móvil con una mano mientras con la otra removía distraídamente el café. Deslizaba el dedo hacia arriba una y otra vez, haciendo scroll en una conocida red social desde la que creía informarse de lo que ocurría en el mundo. Titulares breves, vídeos cortos, frases incendiarias. Cada publicación parecía confirmar lo que ya intuía antes y quería leer: alguien tenía la culpa. Siempre alguien.
Cerró la aplicación con una mezcla de alivio y enfado satisfecho. El mundo, una vez más, había quedado reducido a una explicación sencilla. Demasiado sencilla como para ser verdadera, pero lo suficientemente cómoda como para no exigirse pensar más.
Ese gesto cotidiano encierra una de las dinámicas más peligrosas de nuestro tiempo: la necesidad de encontrar un enemigo para no tener que enfrentarse a la complejidad de la realidad.
Vivimos en una era de sobreinformación, pero también de pensamiento superficial. El llamado cerebro trivial, acostumbrado a estímulos rápidos, emociones intensas y respuestas inmediatas, tiene dificultades para sostener el esfuerzo que exige el análisis crítico. Pensar de verdad cansa. Dudar incomoda. Aceptar matices desestabiliza. Cuestionar creencias propias da demasiada pereza. Frente a ello, el enemigo aparece como una solución perfecta.
El enemigo simplifica la realidad. Ordena el caos mental. Permite dividir el mundo en compartimentos morales claros: buenos y malos, víctimas y culpables, nosotros y ellos. Allí donde el análisis requeriría tiempo, datos y reflexión, la narrativa emocional ofrece descanso. No es necesario comprender, basta con señalar.
Esta dinámica no es accidental ni inocente. El populismo, y de manera especialmente eficaz el populismo de la extrema izquierda, ha sabido convertir al enemigo en una herramienta política de primer orden. No gobierna tanto quien propone soluciones, como quien logra definir a quién hay que odiar. El adversario ya no es una opción política distinta, sino una amenaza moral, un culpable absoluto, un obstáculo para la felicidad colectiva.
Cuando el ciudadano acepta ese marco, el pensamiento crítico queda anestesiado. Las preguntas desaparecen. Las contradicciones se justifican. Los errores propios se perdonan en nombre de una causa superior. El seguidor deja de analizar para empezar a creer, deja de razonar para empezar a repetir. Y cuanto más simple es el relato, más fácil resulta su difusión.
El enemigo cumple además otra función esencial: proporciona identidad. Para quien no la ha construido desde valores, mérito o responsabilidad individual, definirse contra algo resulta mucho más sencillo que definirse a favor de algo. “Soy quien soy porque no soy como ellos”. Esa identidad negativa refuerza la cohesión del grupo y elimina la disidencia interna, que pasa a ser vista como traición.
Así, el pensamiento crítico no solo es innecesario, sino peligroso. Pensar demasiado puede romper el hechizo. Puede hacer visibles las incoherencias, los fracasos, los abusos de poder. Por eso el populismo necesita mantener al ciudadano en un estado de agitación emocional permanente: indignado, asustado, enfadado. Emocionado, pero no lúcido.
Una sociedad madura debería aspirar a lo contrario. A ciudadanos capaces de convivir con la complejidad, de aceptar que los problemas reales no tienen soluciones simples ni culpables únicos. A personas que prefieran la verdad incómoda a la mentira reconfortante.
Tal vez uno de los mayores signos de progreso no sea la ausencia de conflictos, sino la ausencia de enemigos fabricados. Cuando una sociedad deja de necesitar culpables externos para explicarse a sí misma, empieza a recuperar algo esencial: la capacidad de pensar por cuenta propia.
Porque pensar de verdad incomoda. Obliga a dudar, a asumir contradicciones, a renunciar a certezas cómodas y a enemigos prefabricados. El enemigo es útil: anestesia la conciencia, simplifica el mundo y nos exime de la responsabilidad de comprenderlo. Pero cada vez que delegamos el pensamiento en una consigna, cedemos un poco de nuestra libertad. Y cuando una sociedad deja de pensar por sí misma, ya no necesita cadenas: se gobierna sola desde el miedo, la emoción y la obediencia disfrazada de convicción.
Quizá el verdadero acto de valentía intelectual no consista en defender lo que creemos, sino en atrevernos a ponerlo en duda cuando la razón y el sentido común llaman a la puerta.