Me tomo la libertad de reflexionar sobre tres aspectos esenciales en la vida de un menor matriculado en un centro escolar. El primero es el impacto que las redes sociales, chat etc., tienen en el menor, y que a veces por desgracia se utilizan para perseverar en el acoso que suele iniciarse en el centro escolar.

Otro de los aspectos sería el papel del tutor o tutora (junto al resto del profesorado) como muro de contención y, por último, e igual de necesario, la implicación de las familias, tanto si el menor es víctima como si actúa como acosador.

El escenario del acoso ha cambiado radicalmente. Ya no se limita al recreo o al aula, las redes sociales amplifican, prolongan e intensifican el daño. Según la American Psychological Association (APA), el acoso cibernético se define como «un daño voluntario y repetido infligido a otra persona a través de ordenadores, teléfonos móviles y otros dispositivos electrónicos».

Esta definición, aparentemente técnica, encierra una verdad estremecedora y, no es otra, que el acoso ya no se termina cuando el alumno llega a casa. El teléfono, las redes, los mensajes o los grupos de chat se convierten en soportes donde la humillación puede repetirse, multiplicarse y quedar grabada. Esta continuidad, invisible muchas veces para las familias y profesores, agrava la angustia, la ansiedad y el sentimiento de aislamiento del acosado.

Los estudios y la experiencia docente coinciden en señalar que las edades en las que el acoso escolar se manifiesta con mayor virulencia son los cursos comprendidos entre 1.º y 3.º de Secundaria.

Se trata de una etapa especialmente sensible, en la que los adolescentes atraviesan profundos cambios físicos, emocionales y sociales, y buscan su lugar dentro del grupo. La necesidad de afirmación y pertenencia, unida a la falta de madurez emocional, puede derivar en comportamientos hostiles hacia otros compañeros.

No obstante, en los últimos años se comienza a observar una situación preocupante, al comenzar el acoso entre menores en edades cada vez más tempranas, incluso en los últimos cursos de Primaria.

Esta anticipación obliga a los centros educativos a actuar con rapidez, desarrollando estrategias preventivas y de sensibilización desde los primeros niveles escolares. Erradicar el acoso antes de que se consoliden patrones de violencia física o verbal es una prioridad educativa inaplazable e ineludible.

Frente a esta realidad, el centro educativo debe actuar como un verdadero muro de contención. En ese muro, la figura del tutor o tutora ocupa un lugar central. Es quien conoce de cerca la dinámica del grupo, detecta los primeros indicios de acoso y puede abrir un espacio de diálogo o derivar el caso al departamento de orientación.

Pero este papel no puede desempeñarse de forma improvisada. El tutor necesita formación específica, apoyo institucional y una coordinación real con el resto del profesorado y con el equipo directivo. Solo así el tutor puede detectar a tiempo, intervenir y acompañar a las partes implicadas.

La actuación del tutor y del profesorado en general no debe limitarse a responder cuando el conflicto ya ha estallado. Es fundamental crear un sistema de alerta temprana en colaboración estrecha con el departamento de orientación, poniendo así en guardia a los tutores y profesores.

Además, el docente debe estar promoviendo en la clase tanto la empatía, la responsabilidad y el respeto como parte cotidiana de la vida escolar. En definitiva, el profesorado debe sentirse respaldado por la dirección del centro, y por las familias para poder actuar con firmeza, sensibilidad y coherencia.

Uno de los mayores obstáculos para combatir el acoso escolar surge cuando los padres y madres del alumno agresor se niegan a aceptar que su hijo o hija pueda estar ejerciendo ese papel. En efecto, cuando el tutor o la dirección del centro convoca a la familia para abordar una conducta de acoso, con frecuencia nos encontramos con reacciones defensivas al estilo de “mi hijo no haría eso”, “seguro que fue una broma”, “el otro también le provocó” ...

Esa actitud denota una sobreprotección absurda (proteger a su hijo de sus profesores y de su colegio) y, por supuesto, no ayuda al menor ni al centro escolar. Al contrario, refuerza en el niño o niña la idea de impunidad y dificulta la resolución del problema. De hecho, las familias deben ser permeables a la crítica, capaces de escuchar y asumir que sus hijos pueden equivocarse. La educación no es una defensa incondicional al hijo o hija, sino un acompañamiento responsable.

Ciertamente, el colegio no puede actuar solo sin el apoyo de las familias, pues cuando eso ocurre el acoso sigue avanzando con paso firme. En cambio, cuando se trabaja en la misma dirección, con comunicación y respeto, la posibilidad de éxito se multiplica.

Mi reflexión final va en la línea por la que el acoso escolar no es un conflicto entre “niños” que se resuelve con el paso del tiempo. Sin duda, es una experiencia traumática que puede marcar la vida de quien la sufre y además deteriora gravemente la convivencia escolar.

En conclusión, educar es una tarea compartida, y si queremos frenar el acoso escolar y reconstruir el respeto como valor esencial, necesitamos un frente común entre escuela y hogar. Solo así ese muro de contención será realmente sólido, justo y protector para todos los alumnos que habitan nuestras aulas y se sientan seguros y felices.