Regreso a la oficina tras una reunión de trabajo muy estimulante, con una empresa que mira cara a cara al futuro, cuando paso casi por azar por delante de la oficina bancaria en la que trabajaba un querido amigo fallecido prematuramente.

Podemos concluir que cualquier muerte es prematura, porque incluso llegada la hora del último viaje, cuando sabemos que nuestros mayores ya están cansados y han tenido una buena y larga vida, no queremos que ocurra lo inevitable, no queremos renunciar a su presencia, a los recuerdos, a los besos de buenas noches y las llamadas telefónicas.

Pero en este caso concreto que remueve mi memoria, Jesús era demasiado joven para irse, siempre alegre y vitalista, siempre generoso, dispuesto a gastar una broma, a dar un abrazo, a tomarse la penúltima caña.

No termino de acostumbrarme a las ausencias, que cada vez son más. El hilo de la memoria del amigo que se fue antes de tiempo me lleva a la primera vez que encontré en mi teléfono móvil el contacto de otra gran persona que se había ido unas semanas antes.

Fernando, impulsor de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Málaga, apareció en la pantalla de mi móvil Nokia cuando buscaba el número de otro Fernando, y aquella aparición inesperada me dejó paralizado, porque no la había previsto.

Dejé lo que estaba haciendo, lo recuerdo con perfecta nitidez, y pensé en aquel teléfono al que había llamado tantas veces, en aquella persona a la que había enviado tantos mensajes, en aquella presencia digital, en mi agenda, de alguien con quien ya no volvería a hablar.

Fue un momento de tristeza, los números de teléfono siguen ahí cuando ya no hay nadie al otro lado de la línea. Y cuando pensé en borrarlo no pude hacerlo, porque me pareció feo e indecoroso, casi un desplante, borrar lo que era ya el único vínculo con alguien con quien había trabajado mano a mano para tratar de mejorar las oportunidades de los emprendedores malagueños.

Un vínculo hacia la memoria y los recuerdos, que reaparecen ahora, tantos años después, cuando paso por casualidad por delante de una sucursal bancaria que es, de nuevo, el hilo que me permite reencontrarme con Jesús, pensar en él y en los buenos ratos que pasamos juntos en la Facultad de Económicas, cuando éramos jóvenes y la vida por delante era un prado verde en primavera, abrazado por una brisa perfecta, salpicado de flores y mariposas.

La vida continúa, los vínculos siguen. Incluso los que no se basan en las vivencias compartidas, en el contacto físico. Las redes sociales, que algunos utilizan para vomitar su odio y presumir de su mala educación, me han servido para expandir mis afectos.

Gracias a las redes, sobre todo a Facebook, he conocido a personas estupendas, a mujeres y hombres maravillosos con los que me une una complicidad que va más allá de lo tangible. A muchas de esas personas las he desvirtualizado, en Viena, en Oviedo, en Barcelona o en Córdoba, en encuentros reales a los que hemos acudido con la emoción de los pretendientes primerizos, con la ilusión de las citas a ciegas antes de que se convirtieran en carne de show televisivo.

Con otros he intercambiado los teléfonos, y nos enviamos fotos cuando compramos libros o tomamos cócteles, o disfrutamos de un momento mágico que nos hace buscarnos. Mucha gente no sabe lo que se consigue siendo amable en las redes, evitando las exhibiciones impúdicas de estupidez, utilizando tan solo la buena educación y abriendo las puertas al resto del universo.

Si cuento todo esto, la vida en las redes, es porque también, con cierta frecuencia, nos sorprende una mala noticia, comunicada por los amigos más cercanos de quien ya no estará, y sentimos que hemos perdido algo. Sabemos que ya no volveremos a leer esos comentarios acertados, esas entradas que nutrían nuestro espíritu y nuestro pensamiento.

Somos conscientes del vacío que dejarán esas ausencias en nuestros muros, aunque pensemos en seguir celebrando la vida porque la muerte nunca se detiene. Y un día, por sorpresa, se nos va alguien como Antonio Rivero Taravillo, y lees los mensajes de la gente que le quería, lo que escribe Marina Perezagua en Jot Down, y no dejas de pensar que en las redes, en las mismas redes donde millares de personas estúpidas se empeñan en ensuciar la convivencia, existe también otra familia, otro entorno, otros clavos ardientes a los que agarrarse en los malos momentos de vacío e incertidumbre.

Esas personas que, en medio de la vorágine, te hacen sonreír, te hacen aprender, te hacen pensar o simplemente consiguen que creas que no todo está perdido, y que en algún momento pasaremos las páginas oscuras de estos tiempos de violencia y tinieblas.

No voy a dar ningún consejo, nunca los doy. Pero sí quiero decir que cuidemos nuestras redes, las personales y las virtuales, que dejemos de hacer caso a los que no son capaces de ver más allá de sus prejuicios y sus complejos. Que no renunciemos a la sonrisa del amigo, ni al párrafo protector escrito por alguien a quien no conocemos y a quien nunca conoceremos.

Los cuidados también tienen que ver con todo lo que nos hace mejores, o nos conmueve, o nos hace tener una mínima esperanza. Y prestemos atención siempre a los detalles, a los símbolos, a esas señales inesperadas que tienen la virtud de hacernos pensar de repente en las personas a las que queremos, y en las personas a las que quisimos.

Puede ser una sucursal bancaria, la fachada cerrada de un bar, el escaparate de una librería o una canción que suena en la radio mientras conducimos. Por encima del odio hay tantas cosas que no deberíamos perder el tiempo con quienes sólo nos ofrecen insultos y barro. Puede ser un buen principio, quizás merezca la pena intentarlo.