Es agosto y duermo con edredón. Cuando me levanto, me preparo un café y me dirijo a nuestro huerto a ver si hay más tomates rojos para el desayuno. La temperatura es cálida y creo que hoy será un buen día para ir al parque.
Estamos, por segundo año consecutivo, pasando el verano en Surrey, al sur de Londres. Mientras Málaga se consolida como un hub cada vez más popular para trabajadores remotos, nosotros nos vamos a trabajar en remoto a Reino Unido, escapando de las multitudes y el calor.
Este cambio de escenario no es solo una decisión personal; es también un reflejo de cómo el turismo —y la movilidad profesional que a menudo lo acompaña— se está reorientando. La postal clásica de agosto en Málaga, con sus playas abarrotadas y sus terrazas a rebosar, convive ahora con un visitante distinto: aquel que no busca solo descanso, sino también una base temporal para vivir y trabajar.
El teletrabajo ha difuminado las fronteras entre lo laboral y lo vacacional, y las ciudades que sepan ofrecer una experiencia híbrida —buena conexión, servicios de calidad y un entorno atractivo— serán las que ganen esta nueva partida.
A esta transformación se suma otro fenómeno silencioso: el rediseño de las rutas aéreas y la saturación turística de las grandes capitales europeas. Cada vez más viajeros optan por destinos secundarios que, lejos de ser una alternativa menor, ofrecen autenticidad, escala humana y mejor calidad de vida.
Málaga ha sabido capitalizar esta oportunidad: conectividad creciente, clima envidiable, un tamaño que permite caminarla y una oferta cultural que rivaliza con ciudades mucho más grandes. Todo ello la ha convertido en el refugio perfecto para quienes huyen del estrés y la masificación.
Paradójicamente, esa misma tendencia impulsa a algunos malagueños a hacer lo contrario: cambiar el sol por el verde, el bullicio por la calma, y la familiaridad por el descubrimiento. Vivir un verano en un lugar más fresco y menos concurrido es también un acto de turismo, aunque invertido. El viajero ya no es únicamente el que llega; también es el que se va para buscar otro ritmo.
En esta nueva realidad, el turismo se está volviendo más circular y menos estacional. No se trata solo de atraer visitantes, sino de gestionar flujos, de entender que la experiencia de unos repercute en la calidad de vida de otros. El reto para destinos como Málaga no es únicamente crecer en número de turistas, sino hacerlo de manera equilibrada, ofreciendo espacios y tiempos para todos.
Quizá por eso, mientras corto tomates en Surrey y pienso en un agosto sin sudor constante, me pregunto si el turismo del futuro será menos sobre “estar” y más sobre “elegir dónde y cómo estar”. Porque en el fondo, viajar —o quedarse— no es solo cuestión de geografía, sino de encontrar el lugar donde uno respira mejor. Y eso, ahora, puede ocurrir en cualquier parte del mundo.