Hay días que una no sabe si vive en un país o en una serie de Netflix con demasiadas temporadas. Siempre pasa algo, siempre hay un escándalo nuevo, una comparecencia urgente, una red social ardiendo.

Y mientras aquí, los ciudadanos de a pie, con el corazón cansado y la cabeza echando humo, intentando levantar el país mientras nos llueve por todos lados. Porque, aunque no lo parezca, los que no salimos en la tele también existimos y trabajamos mucho. Es cierto que antes yo también salía, pero ya no.

En medio de ese ruido que no para, nos llegó el verano en junio. Y no es que el calor lo solucione todo, pero al menos baja el volumen. El móvil suena menos, los jefes, clientes, empresas, etc,.. escriben con más pausa, los políticos se esconden detrás de unas gafas de sol carísimas y las noticias parecen repetirse en bucle, como si hasta ellas pidieran vacaciones.

Y ahí, en ese pequeño respiro, una respira. Abre la persiana de su negocio, o de su despacho, o de su ordenador portátil, con los pies llenos de arena y el alma algo más liviana. Porque sí, las persianas siguen abiertas, aunque sea desde la playa. Porque parar del todo, eso no se puede. Pero al menos en verano, lo hacemos con otro ritmo.

Las que tenemos empresa, o responsabilidad, o vocación, que viene a ser lo mismo en distintos idiomas, sabemos lo que es mantener la persiana en alto incluso cuando el cuerpo pide descanso. Y lo hacemos por muchas razones: por compromiso, por necesidad, por pura vocación, por pasión o por tozudez, quien sabe. Pero, sobre todo porque creemos en lo que hacemos. Porque seguimos creyendo, aunque a veces cueste.

Mujeres reales. Como diría nuestra querida Carmen Martín Gaite con toda la guasa del mundo: “Las mujeres hemos salido de la cocina, pero aún no hemos terminado de recoger la mesa”. Y esas, créanme, son las que de verdad están sosteniendo los pilares de este país, sin necesidad de discursos impostados ni banderas que se olvidan al día siguiente.

Y con este calor de julio, mientras todo parece ir más despacio, aquí seguimos trabajando. Porque los impuestos no descansan. Porque los recibos llegan incluso con chanclas. Porque ese famoso “emprender” del que tanto se habla en los foros de innovación viene sin red de seguridad. Aquí no hay vacaciones para la responsabilidad. Pero lo llevamos con dignidad. Con coraje. Y, si me permiten, con arte.

Los impuestos, ay los impuestos… Podríamos escribir un tratado entero. Trabajas, facturas, cumples. Y cuando vas a mirar lo que te queda, tienes la sensación de estar pagándole el spa al que te dice cómo debes vivir tu vida. Porque aquí todo sube menos el margen. Nos hemos acostumbrado a que nos aprieten, a que nos digan que es por el bien común, a que lo llamen justicia fiscal mientras la justicia real hace aguas por todas partes.

Pero ojo, no nos equivoquemos. No es un artículo político. No lo es. Es un punto y aparte. Una pausa necesaria. Una especie de reset emocional que nos permita recuperar fuerza y criterio. Porque el ruido desgasta. Y en este país hay demasiado ruido. Y pocas nueces, que diría el clásico.

Por eso yo me refugio en Málaga. En su luz, en su calma, en su mar que todo lo sana. En ese olor a espetos que se cuela entre el sonido de un teclado o una videollamada. En la calle Larios que brilla hasta en sombra.

Málaga es mi refugio. Mi centro de gravedad. Desde aquí todo parece más manejable. Y cuando quiero otro tipo de paz, cruzo a Levante. Me dejo mecer por la brisa del Mediterráneo levantino, por ese mar que no grita, que susurra, que invita al pensamiento lento y al corazón despierto. Ese donde está la familia que eliges.

Entre Málaga y Valencia, entre el sur y el este, voy encontrando mi equilibrio. Y también mi esperanza. Porque a pesar de todo, de los impuestos, del ruido, del cansancio, sigo creyendo en la gente. En la que trabaja. En la que cuida. En la que no se rinde. En la que abre la persiana aunque esté en chanclas.

Este verano, propongo que hagamos un pequeño pacto. Una tregua con nosotros mismos. No para dejar de lado lo importante, sino para mirarlo con otros ojos. Con más calma. Con más corazón. Que trabajemos, sí, pero también respiremos. Que luchemos, sí, pero sin olvidarnos de disfrutar. Que critiquemos, pero desde la esperanza. Que, como decía Benedetti, “hagamos pausas para cantarnos las verdades”.

Porque al final, no todo va a ser aguantar. También hay que vivir. Y si es posible, con los pies en la arena, el ordenador al sol y la mente puesta en construir. Que este país merece más que ruido. Merece a su gente. A la de verdad. A la que no se rinde aunque le tiemble el pulso.

Y aquí estamos. Sin aspavientos. Sin fuegos artificiales. Solo nosotros, los que abrimos la persiana cada mañana, aunque sea desde la playa. Los que seguimos creyendo. Los que no pedimos imposibles, solo un poco de respeto, un poco de sentido común y menos pamplinas.

El verano no va a cambiar el país. Pero puede cambiarnos a nosotros. Y eso ya es mucho. Bajemos el volumen. Subamos la persiana. Y a vivir, que bastante tenemos ya. Nos decimos en septiembre.