Juan José Millás ganó el Premio Nadal de novela en 1990 con una obra cuyo título siempre me resultó tan inquietante como atractivo: La soledad era esto.
Los resúmenes actuales hablan de la metamorfosis de una mujer adicta al hachís, a la que engaña su esposo, y que experimenta un proceso de transformación al descubrir y leer los diarios de su madre, que tenía sus propios problemas, pero con el alcohol.
A veces la realidad pesa como una losa de mármol, una losa funeraria que sepulta cualquier atisbo de esperanza y de normalidad.
Leyendo los comentarios en redes o en noticias de las webs de los medios de comunicación, fluye la idea de la soledad y la losa: los insultos, la falta de empatía, la crueldad o la ausencia de piedad están tan extendidos que se hace difícil sentir que formamos parte no ya de una sociedad cohesionada, sino que la misma idea de comunidad ha perdido sentido, a no ser que sintamos la pertenencia a través de entidades como un club de fútbol, o del orgullo de ser de un territorio, o la militancia en causas que exigen una entrega por encima de dudas, de críticas, de preguntas.
Tres niñas y cuatro mujeres mueren ahogadas al volcar un cayuco, ya a punto de llegar a Canarias, y un señor que se presenta con su nombre y apellidos, y como traductor jurado, escribe en los comentarios del periódico que publica la noticia: “Nadie las invitó a venir a nuestras vidas. La responsabilidad es suya, no nuestra”.
El hallazgo en las costas del Caribe de 12 cadáveres en otro cayuco cuyo destino probable era Canarias motiva a otro amable lector, orgulloso vecino de un pueblo de Gerona, a escribir aliviado que sus impuestos no servirán para mantener a esos inmigrantes.
Una columna escrita desde las entrañas por Nuria Labari sobre la cosificación sexual de las mujeres desde edades cada vez más tempranas enciende el victimismo agresivo de varias decenas de lectores varones, que proporcionan un vibrante ejercicio de mansplaining sobre lo que es una mujer-mujer y sobre todas las patrañas que ha escrito Labari sin conocimiento de causa.
La confesión de Lola Índigo sobre sus nulos deseos de convertirse en madre no invita a quienes leen la entrevista -o tan sólo el titular- a investigar qué hay detrás de esa afirmación, a interesarse por los estudios que siguen avalando que la maternidad penaliza las carreras profesionales de las mujeres: los comentarios devienen en un tumulto donde prevalecen los insultos, porque las ideas expresadas por Lola Índigo o Nuria Labari deben ser sepultadas como los cadáveres de los inmigrantes que no tienen la suerte de llegar a nuestras costas.
Convivimos con todas esas personas, forman parte de nuestro día a día. En la farmacia, una vecina con un crucifijo a la vista nos explica que la gente que vive en la franja de Gaza se merece lo que les está pasando.
Me pregunto de dónde ha salido tanta inhumanidad, qué capítulos de la Biblia me he perdido. Da igual lo que digan los obispos, valientes en sus últimas manifestaciones públicas. Hace falta un chivo expiatorio -como dedujo René Girard-, y nada mejor que el extranjero, el inmigrante, esa persona de otro país, de otro continente, de otro color de piel y que habla otro idioma.
O no. Porque como explicó hace poco Najat El Hachmi en el Círculo de Economía, quizás en algún momento alguien tendrá que explicar quién va a cuidar a nuestros mayores y a limpiar sus culos sucios en la noche; quien va a recoger tomates, pepinos, lechugas y fresas por el salario mínimo bajo el calor insano de los invernaderos; quién va a trabajar en la sacrificada hostelería, para que España siga siendo la taberna de Europa y millones de turistas disfruten de nuestras tapas y nuestra sangría; quién va a resolver los trabajos sucios, incómodos y mal pagados que ya nadie quiere, porque todos hemos querido para nosotros y para nuestros hijos una educación que les permita aspirar una vida mejor. Incluso en el extranjero.
No es casualidad que la violencia verbal de nuestros vecinos se desate contra la inmigración, o contra el feminismo. Hay una estrategia detrás, que trata de convertir a los perdedores en víctimas, como ha señalado el sociólogo alemán Andreas Reckwitz.
¿Qué las condiciones de trabajo son malas? La culpa es de los inmigrantes. ¿Qué no encuentras lo que quieres al salario que quieres? Te roban el trabajo los inmigrantes. ¿Recortas en la sanidad pública? Son los inmigrantes los que se cuelan por delante de los españoles. ¿Violaciones cometidas por jóvenes españoles? Las redes se llenan de bulos atribuyendo lo sucedido a jóvenes inmigrantes.
Las comunicaciones policiales -lo acabamos de ver en el atropello masivo de Liverpool- se han visto obligadas a cambiar: el conductor era inglés, blanco y varón, se apresuró a decir la policía, antes de que otro bulo en las redes sembrara la violencia contra personas inocentes señaladas con las peores intenciones.
Lo mismo ocurre con el feminismo. Lo que supone una interpelación a la convivencia y a los roles tradicionales se ha convertido en el campo de batalla favorito de quienes dicen defender las libertades sin haber leído ni el título de los libros de John Stuart Mill.
Me resulta difícil comprender o entender ese odio visceral a las mujeres que escriben y opinan, a las mujeres que nos enseñan a todos a mirar y pensar de una manera diferente, más inclusiva y empática.
Digo, y escribo y afirmo que a mí el feminismo me hizo mejor, sencillamente mostrándome el camino para ponerme en el lugar y en la cabeza y el cuerpo de otras personas, que no tienen que ser ni mi madre, ni mis hermanas ni mis hijas. No debería ser tan difícil leer y tratar de asimilar lo que muchas mujeres valiosas nos están queriendo decir.
Así que la polarización era esto. Me siento polarizado por defender los derechos humanos. Por defender una idea de convivencia que no va contra nadie. Por creer en la justicia social, en el respeto a los demás, en la posibilidad de que la vida en común sea más armónica que violenta.
Gracias a los expertos he descubierto que opinar sobre la franja de Gaza me convierte en alguien polarizado, casi un extremista. Y lo peor es que, como en aquella terrible película -La invasión de los ultracuerpos-, la sensación de soledad es cada vez mayor. Sí, la soledad era esto.