Hubo un tiempo en el que nuestras abuelas se alumbraban con un quinqué. De esos de cristal, con su mecha, su aceite y su llama temblorosa que hacía sombras en las paredes. No había más. Ni bombillas LED, ni Alexa, ni tarifas reguladas ni mercado libre. Solo el silencio, la paciencia… y una luz amarillenta que daba calor y recogimiento. Yo recuerdo hacer con ellos figuritas con las manos proyectando la sombra en las blancas paredes encaladas de mi abuela. No sé si volveremos exactamente a eso, pero con el apagón que se nos vino encima en España, mejor no tirar el quinqué, por si acaso.
A lo tonto, y sin encendernos nosotros antes que la factura, nos han dejado a oscuras. Y no me refiero solo a la electricidad, sino a la falta de información, de previsión y de respeto por los ciudadanos. Porque esto no es una serie de Netflix donde se va la luz y todos jugamos al escondite. Esto va a traer consecuencias, y no pequeñas precisamente.
¿Qué ha pasado?
Para el que tenga la memoria con lagunas o solo “a ratos”, ya que con tanto ruido una noticia tapa a otra, como la conexión del router en estos días, resulta que España ha sufrido un apagón eléctrico a gran escala, que nos ha dejado sin suministro a miles de personas, ha colapsado servicios y ha pillado a la Administración, como de costumbre, con el paso cambiado, como bailando la yenka. No se trata solo de un fallo técnico o un pico de demanda. Aquí hay una mezcla de desinversión (no en sueldos por cierto), falta de mantenimiento (tal vez poca atención) y mala gestión (igual ese día no se estuvo demasiado atento a los botones jjjj), aderezada con una pizca de incompetencia institucional.
Y claro, luego vienen las consecuencias. Que si hospitales que tienen que tirar de generadores, comercios que pierden género y clientes, personas mayores solas en casa sin ascensor, respiradores ni teléfono fijo, niños sin clases, negocios sin TPV, y gente sin poder ni calentar un café. España 2025, señoras y señores bienvenidos.
¿Y quién paga esto?
Pues tú, yo y el de al lado. Porque el coste lo pagamos los ciudadanos, como siempre. Lo vamos a pagar en facturas, en reparaciones, en pérdidas y en salud mental principalmente. Porque una cosa es que se te vaya la luz cinco minutos, y otra que te pases largas horas sin poder trabajar, sin cobertura, sin saber si es un fallo puntual o el principio de algo más grande.
Y mientras tanto, los de arriba tirando balones fuera y tarde. Que si es culpa de empresas privadas, que si de otro, que si esto no se podía prever. ¡Claro que se podía prever! Como se prevé que un coche sin frenos va a acabar estampado. Lo que pasa es que no escuchamos, no atendemos y además es que invertir en infraestructuras no da votos, pero da tranquilidad.
Volver al quinqué
Lo triste de todo esto es que muchas personas han tenido que tirar de linternas, de velas, de quinqués rescatados del trastero de la abuela. Como si estuviésemos otra vez en la posguerra. “El progreso consiste en el cambio”, decía Miguel de Unamuno, pero parece que aquí vamos hacia atrás como los cangrejos cangrejeando.
Este apagón no es solo eléctrico. Es un apagón de modelo de país, de prioridades, de sentido común. Es la prueba de que estamos montados sobre un sistema frágil, mal diseñado y peor gestionado. Un país no se puede construir a base de parches ni de promesas incumplidas.
¿Y ahora qué?
Pues ahora nos toca apretarnos el cinturón otra vez, reclamar responsabilidades que seguramente no se den y organizarnos para no quedarnos totalmente vendidos la próxima vez. Porque esto no ha sido un hecho aislado. Esto es una señal. Una de esas alarmas que no suenan porque la luz también se las llevó por delante.
¿Y los damnificados? Pues a tramitar reclamaciones, a tirar de seguros que se escurrirán como anguilas, y a escuchar cómo los responsables se van de rositas. Como siempre. Los grandes discursos y las excusas, eso sí, bien iluminados con focos LED de última generación en las ruedas de prensa. Qué paradoja amigos.
¿Dónde está el Estado?
Esa es la pregunta del millón. El Estado tiene la responsabilidad de garantizar los servicios básicos: la energía, la sanidad, la educación, la seguridad. Y no puede escudarse en lanzar el balón a otro para ver si lo recoge y de paso que no se hable de lo que de verdad importa. Porque no somos los ciudadanos lo que tenemos que pedir disculpas por ir ese día en un tren, en un ascensor, ir a diálisis, estar en urgencias. Etc. etc. Es el estado el que debe proteger a los ciudadanos de sus propios fallos.
Y aquí el fallo ha sido estrepitoso. Lo saben ellos, lo sabemos nosotros. Se ha llevado a cinco vidas por delante a consecuencia de esta oscuridad. Respeto. Pero ya se sabe: en este país la memoria es corta y el marketing, largo. Y se lo dice alguien que se dedica precisamente a eso, a la comunicación. Nos entretendrán con promesas de compensaciones, con comisiones de investigación que no llegarán a nada, y mientras tanto, nosotros a oscuras. Literal y figuradamente.
Un futuro incierto (pero con chispa)
Pero no todo es negro. La luz, aunque débil, aún existe. Está en la gente que se organiza, que ayuda, que no pierde el humor ni siquiera cuando tiene que cenar bocadillos fríos a la luz de una linterna, en las vías de un tren parado en la nada o palpando las paredes de un túnel del metro para poder escapar de él. Está en los barrios, en los pueblos, en esa resiliencia tan nuestra que convierte cada problema en un chascarrillo.
Desde este país, desde nuestras casas y nuestros negocios, desde nuestras vidas a veces tan precarias como valientes, seguimos adelante. Porque si algo hemos aprendido los españoles, es a salir del paso con lo que tenemos. Aunque sea un quinqué, aunque sea a oscuras, aunque sea sin que nos lo pongan fácil.
Como diría mi abuela: “Niña, mientras haya una vela, que no te falte la fe”.