En una de las escenas más divertidas de la irreverente película La vida de Brian, de los Monty Python, el líder del Frente Popular de Judea, Reg, trata de arengar a su militancia en una reunión clandestina, afirmando que los romanos habían robado a sus padres y a los padres de sus padres, para preguntar a los allí presentes qué les habían dado los romanos. La escena se puede volver a ver en YouTube -¿Qué han hecho los romanos por nosotros?- y el líder judío se encuentra con las respuestas sinceras de su ingenua militancia: el acueducto, el alcantarillado, las carreteras, la irrigación, la educación, la enseñanza, el vino, los baños públicos y el orden público nocturno.

Hoy es 1 de Mayo, Día Internacional del Trabajador, y quizás podríamos formular una pregunta similar, en un momento de feroz anti-sindicalismo y de triunfo entre los jóvenes y los nostálgicos de un tiempo pasado (que sólo fue mejor para una parte de la sociedad) de unas ideas que parecen ignorar -por desconocimiento, ignorancia o intereses políticos, o quizás por una combinación de los tres factores- de dónde han salido algunas ventajas y logros vinculados a la vida laboral, y que disfrutamos gracias al empeño de quienes, en su momento, lucharon para conseguir condiciones de vida y trabajo más humanas.

Puede que sea importante recordar, además, que muchas de estas conquistas se toparon con la oposición frontal de los grandes empresarios. Un caso paradigmático es el del trabajo infantil, tan bien descrito en algunas de sus obras por Charles Dickens, que no fue regulado en Inglaterra, patria de la revolución industrial, hasta 1878. Esta normativa estableció que la edad mínima para trabajar se situaba en los diez años, y que los menores de entre 10 y 14 años sólo podían trabajar media jornada o días alternos. Todo un logro que provocó sonoras protestas industriales, grandes aspavientos y anuncios sobre el terrible declive del Imperio británico.

A los sindicatos debemos, entonces, algunos hechos que hoy nos parecen naturales y que disfrutamos con entusiasmo. Las vacaciones pagadas se reconocieron en España por primera vez durante la Segunda República -sí, en 1931, un derecho a siete días de descanso retribuidos-, aunque fue el gobierno socialista de Francia, con León Blum al frente, el que las institucionalizó y marcó la pauta al reconocer por ley el derecho de los trabajadores franceses a disfrutar de dos semanas de vacaciones pagadas al año. Gracias a esta conquista de la izquierda, hoy olvidada, se propulsó el turismo, que durante muchos años estuvo reservado a la aristocracia y la clase alta, y que tras la Segunda Guerra Mundial se convirtió en una industria dirigida a una parte mayoritaria de la población, gracias a los viajes baratos y a la mejora de las condiciones de vida y laborales de millones de trabajadores.

Otra conquista importante es la que se refiere a la jornada laboral, lo que ha permitido pasar de las 60 horas semanales de los primeros años del siglo XX, sábados incluidos, a las jornadas actuales, que facilitan, en la medida de lo posible, vivir para trabajar, más que trabajar para vivir. Sobre las condiciones salariales, las ventajas de la negociación colectiva o el correcto reparto de los resultados de la actividad económica de manera que se garantice una adecuada justicia social, también podríamos reflexionar este 1 de Mayo. Y sobre la defensa de los derechos laborales, los argumentos contra despidos improcedentes, la conciliación de la vida personal o familiar, los permisos de maternidad y paternidad o la posibilidad de atender a nuestros hijos y familiares mayores gracias a los días contemplados para eso, también.

He conocido a unos cuantos directivos que pasaron de ver a los sindicatos como parásitos a pedirme los teléfonos de Comisiones Obreras cuando sus propios puestos de trabajo, o los de sus mujeres, sufrieron la amenaza del despido en tiempos de crisis económica. Es una contradicción habitual: pensar en las instituciones de forma individual, y sólo valorarlas cuando su existencia nos conviene o beneficia. En este sentido, quiero resaltar hoy un gran aprendizaje que me trasmitió Javier González de Lara, actual presidente de la Confederación de Empresarios de Andalucía, en un momento no muy lejano de fuertes críticas hacia las organizaciones empresariales y sindicales: la Constitución Española de 1978, heredera del espíritu de los Pactos de la Moncloa de 1977, reconoce a los agentes sociales en su artículo 7, por detrás de los partidos políticos (art. 6), pero por delante de las Fuerzas Armadas (8), y otras muchas instituciones.

Sin duda, la actividad sindical debe orientarse al mantenimiento de sus conquistas y a la ampliación de derechos siempre que sea posible y de manera sensata. La estructura económica de 2025 no es la de hace cien años: hoy muchos empresarios son autónomos, y todos conocemos casos sangrantes de abuso de unos derechos nacidos para proteger al eslabón débil en casos de injusticia. El mal uso individual de los derechos y los avances conseguidos de manera colectiva en el ámbito laboral sólo puede llevar al descrédito, lo que obliga siempre a pensar en términos de justicia y de integridad, no sólo de clase o de espíritu corporativo. Flaco favor se hace a la convivencia y a la paz social si se anteponen los intereses de unos pocos, a partir de su poder de negociación, sobre los intereses generales de la sociedad, o sobre el sentido común.

En todo caso, la conmemoración del Día del Trabajador es una buena oportunidad para leer algo o estudiar sobre el camino recorrido hasta nuestros días, sobre el papel de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), sobre la importancia decisiva de la negociación colectiva y muchas otras cuestiones que hace no tanto tiempo parecían inalcanzables.

La concertación social ha estado en la base de los más intensos períodos de prosperidad económica de los países. Los avances tecnológicos, el protagonismo de la inteligencia artificial, la integración laboral de la inmigración, el imparable ascenso de las mujeres (y las resistencias que esto suscita) o el éxito de ideas y propuestas que promueven las bondades de la desigualdad natural están ya ahí, sobre la mesa. Hoy la ejemplaridad y la transparencia son más importante que nunca, para poder seguir reivindicando con argumentos el papel de las organizaciones sindicales en el bienestar cotidiano de millones de personas trabajadoras, sea cual sea su opinión política, su voto, su ideología.