Hay películas que entretienen, como esas de "estrenos TV" que todos hemos visto un domingo por la tarde tirados en el sofá. Otras nos hacen llorar, y vaya si lo hacen, dejando sofás empapados de lágrimas. Y luego están esas películas que nos recuerdan quiénes somos y de dónde venimos. Esas son las que no podemos olvidar. La infiltrada es una de ellas. No busca aplausos fáciles ni se mete en discursos políticos, pero nos planta delante una realidad que, por mucho que algunos quieran, ni podemos ni debemos borrar. Porque la memoria no es solo pasado, también es futuro.
Vivimos en un mundo acelerado, donde todo es inmediato y parece que la historia empezó ayer. Pero el cine tiene ese poder de congelar el tiempo, de iluminar lo que de verdad importa, de contarnos historias que no caben en un libro de texto. Como dijo Napoleón Bonaparte: "Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla".
Y ojo, que nadie se confunda. No se trata de reabrir heridas ni de alimentar rencores. Se trata de recordar a los que estuvieron, a los que dieron su vida por algo más grande que ellos mismos: la libertad, la convivencia, la paz. Entre ellos, mi padre, mis primos, mis amigos, mi tío. Esto va de contar historias que nos unan, no que nos separen.
Hay realidades que, si no se cuentan, se evaporan como la espuma. Y con ellas, desaparecen las personas que las vivieron, que sufrieron, que sintieron miedo, pero también esperanza. El cine es la herramienta perfecta para proteger la memoria histórica porque emociona, humaniza y nos hace ponernos en la piel del otro.
Películas como La infiltrada nos devuelven a un tiempo que no está tan lejos, aunque algunos prefieran pensarlo o intenten borrarlo. La cinta de Arantxa Echevarría nos recuerda que hubo valientes que se jugaron la vida infiltrándose en el miedo, el terror y la violencia para intentar cambiar la historia. ¿Cómo no contar eso? ¿Cómo no darles voz? Me sorprende ver las críticas a sus productores y la facilidad con la que, hoy en día, se insulta sin pensarlo dos veces.
No podemos ni debemos caer en la trampa de pensar que el pasado no importa. Importa, y mucho. No para quedarnos atrapados en él, sino para aprender. Para construir. Para que nuestros hijos sepan que la libertad no es un regalo caído del cielo, sino algo por lo que muchos han peleado, sufrido y hasta dado su vida. Como dijo George Washington: "La libertad, cuando comienza a echar raíces, es una planta de rápido crecimiento".
Este tipo de películas no tiene superhéroes ni efectos especiales ni finales increíbles. Sus protagonistas son personas reales, con miedos, con dudas, con vidas que podrían haber sido distintas si hubieran elegido otro camino. Y precisamente por eso, sus historias hay que contarlas, hay que gritarlas.
Necesitamos referentes que no solo sean tendencia en redes sociales o titulares de prensa. Necesitamos recordar a los que trabajaron desde la sombra para que hoy podamos vivir en paz.
Yo creo que este tipo de cine no busca dividirnos, sino todo lo contrario. No señala con el dedo, sino que muestra. Nos invita a reflexionar, a mirar atrás con respeto y hacia adelante con responsabilidad.
No hay que tratar la memoria histórica como un arma, sino como un puente. Debe ser un lazo que nos conecte con los que estuvieron antes y con los que vendrán después. Y el cine es una de las mejores formas de construirlo.
Qué fácil es mirar hacia otro lado y pensar que lo que pasó ya no nos afecta. Pero no es así. Basta con una historia bien contada que nos toque el corazón para darnos cuenta de que somos parte de algo mucho más grande.
No se trata de revivir el pasado, de dividir, sino de aprender de él y de recordar juntos. Porque solo si recordamos podremos valorar lo que tenemos. Solo si contamos estas historias nos aseguraremos de que nuestros hijos sepan que hubo quienes lo dieron todo para que ellos puedan vivir sin miedo. Cada generación tiene la responsabilidad de rememorar. No es pasado, es advertencia.
Que el cine siga haciendo su trabajo. Que nosotros sigamos escuchando y disfrutando en una butaca.