Pilar García en el Comedor de Santo Domingo.
Pilar García, de empresaria a la exclusión social: “Los autónomos no tenemos derecho a nada”
A sus 63 años, acude al comedor Santo Domingo en busca de ayuda y denuncia que es invisible para el mercado laboral.
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Hubo un tiempo en que el dinero abundaba en su casa. Su padre, bróker dedicado a las finanzas y dueño de varias empresas, en especial una promotora. Su madre, licenciada en Filosofía y Letras, ejercía la docencia de forma altruista y no profesional por los prejuicios sociales. Se casó, le fue bien a nivel profesional y siguió estudiando. Hasta que todo cambió.
Pilar García era una ejecutiva con más de 800 personas a su cargo. Asegura que ha tenido varias empresas: una franquicia de oro de inversión, un restaurante, ha trabajado como gerente en un estudio de arquitectura y en la Bolsa.
Pero pronto descubrió que los másteres son papel mojado cuando las cosas van mal. “El Estado parece ir en contra de los que emprenden, pagas muchos impuestos pero no cotizas; si te pones enfermo, todo se derrumba y arramblan con tus bienes sin importar los puestos de trabajo que hayas creado. Los autónomos no tenemos derecho a nada”.
Su colapso fue la COVID-19 y los malos tratos que sufrió. “Te obligan a cerrar el restaurante con la bodega llena, pero hay que seguir pagando 1.800 euros de luz por las neveras y los sueldos de los empleados. La ruina es inevitable”.
La única solución que le dieron fueron créditos con intereses abusivos que eran imposibles de pagar. A esto se sumaron, según afirma, los supuestos malos tratos de sus socios. Colapsó y le sacaron en camilla hacia el hospital porque no podía respirar por la ansiedad.
Al llegar a los 63 años, denuncia que se ha vuelto invisible para el mercado laboral: prefieren contratar a jóvenes. Un trabajo simple le cambiaría la vida, pero su situación se agrava por los problemas físicos que padece: ha perdido la visión en ambos ojos, está operada sin cristalinos y sufre de espondilitis, una forma de artritis a largo plazo. “No estoy lo suficientemente ciega para la ONCE ni tampoco tan coja o vieja para una pensión”.
Le inculcaron valores: el esfuerzo, el trabajo y, en resumen, la meritocracia. Dejó voluntariamente de ver a sus nietos para no destruirlos. “Están en una edad difícil donde le venden esa película. Si ven a su abuela, que era su dios, se derrumban. He beneficiado a toda mi familia cuando he podido. ‘Esfuérzate, que ya verás’, dicen en la escuela. Gran parte de los universitarios están parados. ¿Les digo que he perdido la casa, la empresa, que he perdido dinero…?”.
Hace poco consiguió trabajo de bróker online. El sueldo era de 3.000 euros. De miles de personas que se presentaron a las pruebas de selección, ella fue la que hizo el mejor examen; pero tuvo que renunciar porque sus ojos se infectaban al estar frente a una pantalla todo el día.
Se postuló para cuidar ancianos. “Mi currículum es un hándicap, y ni aunque me lo invente: cuando me ven sin dientes, piensan que soy una viciosa o alcohólica. ¿Llevar toda la vida pagando impuestos para acabar así? No me pagan unas gafas ni unos dientes”.
El Estado le da la espalda y le niega el Ingreso Mínimo Vital porque asegura que posee más de 25.000 euros por la herencia de su padre. Dice que es la casa donde vive su madre y se niega a echarla para repartir la propiedad entre los cuatro hermanos.
“Me dieron un cheque de 1.500 euros para higiene y comida, pero me lo embargaron al momento porque debía dinero a la Seguridad Social por mi etapa de autónoma”. No podía recibir la ayuda tampoco porque necesitaba un domicilio y una cuenta bancaria, todo ello perdido al arruinarse.
Llegó a tal punto que no tenía ni papel higiénico ni medicinas. Si iba al médico, le decían que no comía bien. Llevaba un año comiendo bocadillos y miraba a la doctora: “¡Señora, que se me están cayendo los dientes de comer bocadillos, no se moleste en recetar, no lo puedo pagar!”, le decía.
Pensó en el suicidio. Investigó cómo hacerlo de la manera menos dolorosa; pero el día que iba a llenar la bañera, le cortaron el agua por impago. “Me detuve a pensar en que mi hija tendría que pagar la factura de mi entierro. Busqué ayuda por Internet y di con el comedor Santo Domingo”.
El comedor social, la Iglesia y su casera: sus apoyos
La imagen que tenía del comedor Santo Domingo es la de un lugar al que acuden bandidos o delincuentes, muy lejos de la realidad. Ahora va todos los días, menos los domingos. “Mi aprendizaje ha sido enorme, vienen todo tipo de personas y a todos los tratan genial. Te hacen darte cuenta de que no eres un despojo”. Le llegaron a pagar el alquiler durante tres meses.
Su casera es una señora anciana que se lesionó la cadera. Le deja quedarse en la casa a cambio de que la ayude y la acompañe al médico. “En cuanto se recupere, me voy a la calle. El comedor no me va a pagar el alquiler toda la vida”.
Pero entiende que allí se va a comer, no a hacer amigos. “Hay todo tipo de personas y muchas miran qué pueden obtener de ti. Es lógico. Todos los seres humanos hacemos eso. Cuando yo estaba delante de un cliente, lo miraba y pensaba cuánto puedo conseguir que invierta”.
En Santo Domingo conoció a un empresario que era dueño de un negocio de cocinas para restaurantes. “Imagínate lo que iba a vender durante la pandemia. Acabó aquí”. Le concedieron una residencia y tuvo suerte porque tenía más edad que ella. También se encuentra con gente joven extranjera que acude a buscar ayuda.
Después de todo, no le echa la culpa a la COVID-19, sino a sí misma: “No he sido lo suficientemente fuerte para afrontar los desafíos de la vida. Los empleados tienen que cobrar, pero ¿y los autónomos? Todo el mundo tiene derecho menos los empresarios”.