Los dos hermanos.

Los dos hermanos. Cedida

Cultura

Finito y Keroseno, los hermanos rondeños que transformaron el suicidio de su madre en arte: “El duelo no tiene un guion”

Ambos han aprendido a reírse de su herida: “El duelo es personal, nadie debería decirte cómo sufrir”, piensan los artistas, que estarán el próximo día 22 de mayo en Sevilla con su obra La voz y la herida.

Más información: El duelo tras el suicidio de un hijo adolescente: la historia de Rocío y la estrella de Luis, que se quitó la vida con 12 años

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Las claves

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Los hermanos Pao y Mario, conocidos como Finito y Keroseno, transformaron el suicidio de su madre en un proyecto artístico que aborda el duelo y la salud mental.

A través de libros, redes sociales y una obra de teatro, exploran el duelo sin tabúes y con humor, desafiando los juicios sociales sobre cómo debe vivirse el dolor.

Defienden que el duelo es personal e intransferible y critican la victimización, abogando por cuidar a los supervivientes en lugar de buscar culpables.

Su experiencia inspira a otras personas a hablar de traumas y salud mental, y a encontrar sentido y compañía en momentos difíciles.

Pao tenía trece años cuando se sorprendió a ella misma riendo a carcajadas en una verbena, apenas unos días después de enterrar a su madre. Entre el bullicio del pueblo y las miradas ajenas, una culpa adolescente la golpeó con fuerza: "¿Por qué me estoy riendo si no me toca?", pensó.

Su madre se había suicidado en Ronda tras varios intentos previos, algunos presenciados por ella misma. Dieciséis años después, esa pregunta (qué dolores está permitido mostrar y cuáles deben ocultarse) se ha convertido en el motor del proyecto artístico que comparte con su hermano Mario.

En el universo digital son Finito y Keroseno (@finitolaimpaciencia y @paokeroseno), dos artistas rondeños que han construido una comunidad fiel utilizando la performance, la ironía y un humor punzante para poner sobre la mesa la salud mental y otros tabúes sociales.

Desde 2018 residen en el extranjero, buscando aire fresco y distancia de una sociedad española que perciben cada vez más difícil de digerir. Allí han logrado transformar el silencio de años en un libro, Enterrando traumas infantiles, una secuela que ya está en camino, Enterrando traumas adolescentes, y una obra de teatro, La voz y la herida, que recorre España y que tendrá próxima parada en Sevilla el día 22.

La conexión se realiza por videollamada. "Aquí estamos mucho más enfocados en nuestra movida", explica Pao con una sonrisa. "En España hay demasiada vida social, demasiado ruido; necesitábamos apartarnos para poder crear", añade Mario.

Lo primero que llama la atención al escucharles es la naturalidad con la que cuentan algo tan terrible como la muerte traumática de su madre. "Para mí fue una muerte anunciada", dice Pao.

Antes del desenlace hubo varios intentos previos, algunos delante de ellos. El primero lo presenció ella misma una noche, durmiendo en la habitación de su madre. Después de aquello, le hizo prometer que no diría nada, que no volvería a pasar. Pero aquello no fue el final: en los días siguientes llegaron nuevos intentos, hasta que finalmente acabó con su vida.

Los dos hermanos, de pequeños.

Los dos hermanos, de pequeños.

Los hermanos reconocen que, antes de llevar a cabo su cometido, hubo señales. Cambios de humor bruscos, delirios y decisiones impulsivas. "Empezó a decir que el psiquiatra y el dentista nos querían matar, o que quería separarse cuanto antes para irse a Barcelona", explican los artistas, que recuerdan, sobre todo, la relación obsesiva de su madre con el ordenador, con foros y blogs donde encontraba "respaldo" para sus pensamientos.

"Aquello era 2009 o 2010", apunta Mario. "Nadie hablaba todavía de algoritmos ni de cookies, pero ya estaban ahí. Y ella sentía que internet le confirmaba lo que pensaba". El paralelismo con el presente les resulta inevitable. En Benalmádena, la muerte reciente de Ángela, una niña de 14 años, ha vuelto a poner el foco en las señales digitales que a veces preceden a una conducta suicida.

"Los algoritmos son muy crueles", dice Mario. "Si tú estás triste, el móvil lo sabe. Por la noche te enseña otro contenido distinto del de la mañana. Un adolescente que ha nacido con un móvil en la mano no puede darse cuenta de eso. Nosotros sí, porque vivimos el cambio".

Pero no todo en el comportamiento de su madre era ruido. Con la perspectiva de los años, Mario y Pao recuerdan que ella parecía habitar un tiempo distinto, como si fuera consciente de que su estancia tenía una fecha de caducidad. "Nos daba consejos muy adelantados para nuestra edad; nos hablaba de drogas o de protección como si supiera que no iba a estar para decírnoslo cuando fuéramos adultos", reflexionan.

Esa sensación de que ella "ya había cumplido su propósito" al traerlos al mundo les ha ayudado a transformar el rencor por su muerte en una aceptación casi mística, entendiendo que su madre simplemente terminó su camino antes de tiempo porque ya "había logrado su objetivo".

El timón perdido

Pao recuerda con precisión el momento en que entendió que su vida había cambiado para siempre. "Me pellizcaba para ver si era real. Quería despertarme de aquel mal sueño. Sentí que el timón de mi vida había desaparecido, pese a que para mí era una muerte anunciada".

En los meses previos, los papeles se habían invertido: ella, casi una niña, vigilaba a su madre. Cuando murió, no fue solo la pérdida; fue la constatación de que la familia se había desestructurado en muy poco tiempo. "Y eso resulta muy duro para alguien de esa edad".

Mario lo vivió de otra manera. "Yo llegué a sentir paz. Una conexión rara con ella". Esa misma noche les llevaron a Córdoba, lejos del pueblo y del revuelo, y recuerda haber mirado las estrellas desde el coche y haberle hablado a su madre. "Ahora, con los años, pienso que de niño procesé la muerte de manera natural. El problema vino después, cuando empecé a notar que la sociedad espera un guion de mi dolor".

Ese guion es uno de los temas a los que vuelven una y otra vez. La gente esperaba que lloraran en público, que se ajustaran a una idea preconcebida de lo que es el duelo. "El duelo es personal e intransferible. Ni siendo hermanos lo vivimos igual. Y aun así, te juzgan por cómo lo expresas", explican.

Una imagen de los dos hermanos.

Una imagen de los dos hermanos.

Si algo defienden los dos con vehemencia es la decisión que tomó su padre tras la muerte de su mujer: no convertirles en víctimas. "Nuestro padre se encargó de que no fuésemos los pobrecitos del barrio", dice Mario. Y eso, dicen, les salvó. "La victimización es una trampa. Si desde pequeño te enseñan que la atención llega cuando sufres, creces pensando que necesitas victimizarte para que te quieran. Y creo que parte de lo que les pasa a algunos adolescentes hoy tiene que ver con eso".

El entorno, sin embargo, no acompañó. Hubo enfrentamientos familiares, juicios, incluso amenazas. "Lo más curioso", recuerda Pao, "es que los directamente afectados éramos los hijos, y nosotros lo llevamos mejor que los adultos. Cuando pasa algo así, lo último que hay que hacer es buscar culpables. Esa persona ya no está. La responsabilidad o el deseo de morir ha sido suyo. Lo que toca es cuidar a los que quedan".

En su discurso no hay lugar para los adjetivos que suelen rodear al suicidio. Para ellos no es un acto de valentía ni de cobardía, sino una decisión individual que debe despojarse de juicios morales. Para los hermanos rondeños, la búsqueda eterna del "por qué" es un pozo sin fondo que solo impide cuidar a los que aún respiran.

Romper el silencio

Durante diez u once años, en su casa no se habló del tema. Fue su padre quien marcó el tono: seguir adelante y no convertir a sus hijos, aunque suene duro, en los hijos de "la que se suicidó". Y ellos lo asumieron.

Hasta que se mudaron fuera de España y empezaron a vivir juntos otra vez. Llegó la pandemia y el aburrimiento les llevó a grabar vídeos en redes sociales. Las preguntas de los seguidores —"¿sois hermanos de verdad?, ¿con quién vivís?, ¿y vuestra madre?"— les empujaron a hablar. El primer vídeo contando su realidad lo grabaron riéndose, como en aquella verbena. "Y ahí entendimos que teníamos algo que decir", resumen.

El humor es su sello. Un humor que ellos mismos definen como absurdista, "porque la vida también lo es; que tu madre se suicide es un absurdo total", señala Pao, y que les ha valido una legión de seguidores fieles. "No buscamos la risa fácil", aclara Mario. "Es nuestro código entre hermanos. Lo que queremos no es que la gente se ría, sino que vea que es posible mirar la herida desde otro sitio".

Esa mirada se concentra ahora en la obra de teatro que estrenaron hace unos meses (todas las fechas con sold out) y que llevarán a Sevilla el próximo 22. En ella aparecen desnudos en escena, "literalmente, porque también nacemos en escena", recorren su historia dando saltos en el tiempo e intervienen psicólogos y otros profesionales de la salud mental. Cuentan cosas que nunca habían contado en redes. "La gente sale y nos escribe que se lleva la obra a sus propios traumas. Eso es lo bonito: no hablamos solo de nosotros, es lo que mucha gente siente".

Una imagen de los dos hermanos.

Una imagen de los dos hermanos.

Para Pao, además, la muerte de su madre es inseparable de su transición de género. Fue ella quien le pintó las primeras uñas y le puso los primeros vestidos cuando aún era un niño. "Sabía antes que nadie lo que yo era. Y a veces hasta me enfadaba, porque me lo soltaba con una naturalidad para la que yo no estaba preparada". El nombre artístico, Keroseno, viene de ahí: "Es el combustible que hace volar a los aviones. Mi psicóloga me dijo, cuando empecé a transicionar, que me excusara en Keroseno. Y Keroseno empezó a llevar tacones por mí".

El nombre de Finito, por su parte, surge de la ironía rondeña. Es una parodia de la estética del toreo, un guiño a figuras como Finito de Córdoba, pero vaciado de tradición y rellenado con la irreverencia de una generación que prefiere usar el capote para abrazar la diversidad antes que para perpetuar el pasado.

Un mensaje a los que están al borde

Al final de la conversación se les pide un mensaje para alguien que esté pensando en quitarse la vida. Pao no duda: "Que se espere un poco más. Que encuentre el legado de su vida, el sentido de estar aquí. Que se agarre a un clavo ardiendo, a una persona, a algo que tenga pendiente. La solución no puede ser tan drástica".

Mario añade algo más práctico: "A veces lo mejor es coger la maleta. Mudarse, cambiar de aire, empezar de cero en otro sitio. La familia y el entorno cercano pueden ser, sin saberlo, parte del problema. Hay que darse la oportunidad de imaginarse en otro lugar".

A las familias que han perdido a alguien por suicidio les piden lo mismo: dejar de buscar culpables. "En la mayoría de los casos no hay respuesta. Y mientras la buscas, dejas de cuidar a los que se han quedado".

Una imagen de los hermanos.

Una imagen de los hermanos.

Antes de colgar, recuerdan una conferencia que impartieron sobre abrazar el dolor, en la que una madre que había perdido a su hijo se atrevió, por primera vez en años, a leer en voz alta un poema que le había escrito. "Eso es lo que necesitamos y por lo que nos movemos cada día con nuestro arte. Además impartimos conferencias y otros eventos ligado a ello, para ayudar a los que lo necesitan", dice Pao. "Que la gente entienda que no está sola. Que escuchar a alguien que ha pasado por lo mismo, a veces, ayuda más que cualquier otra cosa".

Hoy, dieciséis años después, están convencidos de que su madre, desde algún lugar, celebra su éxito. No se sorprendería de ver a Pao con tacones ni a Mario sobre un escenario. Al contrario. "Ella se reiría mucho de vernos así", aseguran. Porque, al final, el mayor homenaje que han podido hacerle no ha sido levantar un altar de lágrimas, sino convertir su ausencia en un motivo para que otros, al escucharlos, decidan esperar un poco más, agarrarse a un clavo ardiendo y, simplemente, seguir viviendo.

Si necesitas hablar, el teléfono 024 atiende llamadas relacionadas con conductas suicidas las 24 horas, todos los días del año, de forma gratuita y confidencial.